Con esos mimbres, la Policía reabrió el caso, los forenses practicaron una segunda autopsia al cuerpo de Assaf, y los agentes entrevistaron a los mediums, visitaron todos los pubs de Gales occidental llamados León Rojo y Caballo Negro, e investigaron a un delincuente llamado Tony Fox que pronto fue exculpado. Al final, después de haber gastado 20.000 libras de los contribuyentes en las pesquisas, nada cambió: no había habido matones de por medio y el panadero se había suicidado. "Queríamos estar totalmente seguros de que no había habido terceras personas implicadas", ha declarado a los medios el sargento Mark Webb, de la Policía de Dyfed-Powys. Es lógico. La obligación de las fuerzas del orden es esclarecer los delitos con todos los medios legales a su disposición, pero tomarse en serio las pistas dadas por un médium es un disparate a no ser que se considere al informante testigo directo -normal y corriente- del hecho o cómplice. Y es una irresponsabilidad porque supone detraer medios y recursos de otras líneas de investigación y de otros crímenes.
Éste y todos lo casos –como el de la pequeña Maddie McCann– en los cuales los videntes proporcionan pistas falsas para conseguir publicidad podrían acabarse si el Estado implicado emprendiera acciones legales contra los psíquicos que así actuán por obstaculizar investigaciones y les exigiera, además, indemnizaciones por el coste para las arcas públicas de hacer caso a sus invenciones. Si, encima, algún pariente -aunque fuera lejano- de la víctima de turno se animara a denunciar a estos estafadores por el daño moral que conllevan casi siempre sus afirmaciones, seguro que estos sinvergüenzas se lo pensarían dos veces antes de intentar aprovecharse de la desgracia ajena.