La pederastia y la corrupción

Para bien o para mal, la Iglesia católica y la corrupción forman parte del paisaje esencial de la sociedad española. De hecho, una de las películas más controvertidas de Pedro Almodóvar, La mala educación, nos sumerge en ese paisaje que no se puede contemplar sino con dolor, con una crítica lúcida y arrolladora a los abusos que sufrieron tantos niños en los colegios de religiosos y a la repugnante manipulación que, aún hoy en día, la Iglesia sigue concibiendo para intentar preservar su decoro, ya de por sí agonizante.

Preguntado el cineasta manchego acerca del génesis de su película, argumentó que no era un ajuste de cuentas con los curas que le maleducaron, ni con el clero en general, pero, en plan profético, puso el dedo en la llaga de un tema que ha estallado con el tiempo y que sus ilustrísimas no pueden ni deben tapar más: la pederastia dentro de la Iglesia Católica.

Tengo la impresión, no obstante, de que a pesar de mi optimismo congénito, los tiros van por otro lado. Y si no veamos lo que dijo hace ya algo más de un año el obispo de Tenerife, con unas declaraciones ofensivas para la moral y la inteligencia. Señaló que hay menores que consienten los abusos sexuales e incluso si te descuidas, te provocan. Curioso chiste el del prelado tinerfeño. Ahora resulta que los más de 3.000 casos de denuncias por parte de niños, son un juego consentido. Hay algunos que quieren confundir pecado o torpeza con delito. Por suerte, la historia tiene memoria.

Y esto lo dice una Iglesia que predica todo lo contrario de lo que hace. Anuncia el amor, la paz, la felicidad y la vida eterna mientras llena de sufrimiento y hasta destruye la infancia y la ingenuidad de unos niños que se acercan a ella soñando con un mundo más justo. Pero lo peor, aún si cabe, es que la cúpula de la Iglesia sabía de esas salvajadas y no indagaba, solo encubría o, en el mejor de los casos, negaba el delito y trasladaba al pederasta de Iglesia. Levanta la alfombra y barre, pensaba. Ejemplo de amor cristiano, criminalizan a las personas homosexuales mientras destruyen la vida de tantos inocentes. Por supuesto que no soy de los que banalizan todo el producto por el mero hecho de que el envoltorio esté manchado hasta los tuétanos. No sería justo para los miles y miles de religiosas y religiosos que entregan su vida por amor y viven con absoluta discreción en África y Latinoamérica, en la mayoría de los casos envueltos en la pobreza y en la austeridad. Por tantos creyentes que no imponen su moral y respetan a los que no creen, por tantos cristianos que utilizan a Dios como símbolo de respeto y no de división. Por tantos, en definitiva, que denuncian las atrocidades de su Iglesia y no esconden a sus verdugos.

Y en estas, a la pederastia de la iglesia y a su hipocresía generalizada, se ha juntado el caso de corrupción desatado en el Partido Popular.

Y como lo de esconder el delito no tiene fronteras, ni banderas, ni ideologías (el PSOE de González puede impartir una cátedra de ello), resulta que la corrupción en el PP tiene la misma sintomatología que la pederastia de la Iglesia Católica. Se intenta esconder todo lo que se puede sin que se pague por ello, intentando salvar a sus correas, sus bigotes, sus matas, sus prelados o sus Bárcenas de turno.

Por supuesto, que la corrupción política, de igual modo que los abusos en la Iglesia Católica, son un hecho tan viejo como el poder. No en vano, si algo caracteriza a la jerarquía de la Iglesia Católica y al Partido Popular es que además de ir de la mano por puro interés, ambos pueden presumir en que el mal es un abuso de poder. Por tanto, si no son capaces de cortar por lo sano sus maldades, que es lo que deberían hacer, por lo menos que guarden silencio. Me temo que esto es pedirles peras al olmo.

Javier Montilla es escritor

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