La naturaleza de lo sobrenatural

¿No es acaso más natural y más inteligible deducir todo lo que existe del seno de la materia, cuya existencia queda demostrada por todos nuestros sentidos, cuyos efectos sentimos en todo momento, que vemos actuar, moverse, comunicar movimiento, y constantemente generar seres vivos; que atribuir la formación de cosas a una fuerza desconocida, a un ser espiritual, que no puede hacer surgir de su suelo aquello que no tiene, y quien, por la esencia espiritual que se le adjudica es incapaz de hacer algo y de poner algo en movimiento? Nada es más claro que pretendan que creamos que un espíritu intangible puede actuar sobre la materia.
–Paul-Henri Thiry, Barón de Holbach1

El mundo moderno explicado por la ciencia ha existido por sólo una pequeña fracción de la historia humana. La concepción moderna del cosmos comenzó con la Revolución Copernicana hace unos cuatrocientos años. Comenzamos a comprender la muy larga historia de la evolución de la vida sobre la Tierra hace unos cien años y parte del secreto de la vida encerrado en el ADN lo descubrimos hace tan sólo cincuenta años. Es de esperar que poco a poco descubramos los detalles de los procesos que resultan en el pensar y la conciencia.

Durante la mayor parte del tiempo, los aproximadamente dos cientos mil años de existencia de nuestra especie, Homo sapiens, la concepción que teníamos del mundo era mágico-religiosa. Tenemos una habilidad muy desarrollada para ver patrones. Surge de la necesidad de relacionar distintas cosas y experiencias, de encontrar causas, patrones cruciales para la supervivencia de nuestros ancestros. Somos descendientes de aquellos con la predisposición de ver patrones también si no eran significativos. Si nuestros antepasados ante algún patrón, digamos el movimiento de unas hojas en la selva, cometían el error falso positivo de considerar que se trataba de un ente peligroso cuando no había tal cosa, salían corriendo y no pasaba nada, pero el falso negativo no dejaba descendientes. Tenemos la tendencia de encontrar relaciones entre cosas que no las tienen, de ver caras en la luna y las nubes, de suponer agencia a fenómenos naturales o a cosas que ocurren al azar, que lleva a la superstición, a duendes y dioses. Es común, ante un hecho inusual pensar: “No puede ser coincidencia”, pero puede ser.

Este heredado “imperativo paranormal” tiene su lado positivo ya que nos brinda una forma de ganarle a la muerte. La conciencia de nuestra finitud sin una salida nos llevaría a tener que concluir que no hay propósito alguno en nuestra existencia, nada distinto a la vida de una lechuga, y esto (aunque sea cierto) es inaceptable para la mayoría. Lo sobrenatural, los fantasmas, almas, espíritus y asociados, abren un mundo más allá al cual una parte nuestra tiene acceso, y nos permite así sobrevivir sin angustia bajo el sedante paranormal.

Deshacerse de esta herencia es mucho más difícil de lo que parece ya que es parte de nuestro cerebro. Nacemos preparados para el pensar mágico y no para el de la razón. Dice Vetter:

El prototipo de todas las fuerzas o agentes no materiales que concebimos como existentes es el pensamiento subjetivo o el proceso de volición que es la experiencia común de todo ser humano.2

La idea de una separación ontológica entre mente y cerebro habilita la idea de la supervivencia de la mente (alma o espíritu) en otro mundo sobrenatural, luego de la muerte del cerebro en el mundo material. Esta antigua idea apoyada por Descartes queda descartada, (nunca mejor dicho), por las fascinantes investigaciones en neurociencia y psicología cognitiva, que llevan a la conclusión cada vez mejor fundamentada que lo que pensamos y percibimos son meramente el resultado de patrones neuronales que ocurren entre las 87 mil millones de neuronas del cerebro. La neurociencia le está pisando los talones a la religiosidad y a la idea de una permanencia del yo luego de la muerte. Las consecuencias serán mucho más difíciles de aceptar que las de la evolución.

Una razón poderosa por la cual un individuo cree en lo paranormal reside en la experiencia personal. Cuando nos ocurre algo inexplicado, caemos en la trampa, tenemos una experiencia mística o religiosa, ya sea por una coincidencia extraordinaria, un sueño “premonitorio”, o por una alucinación.3

La visión de algo que no podemos explicar (desde luces en el cielo a la falsa levitación de un gurú), la recuperación “milagrosa” de una enfermedad, o el acierto de un “vidente” (con un: era imposible que lo supiera), las veces que pensamos en una persona y la persona nos llama, viajamos a un sitio lejano para encontrarnos inesperadamente con un amigo, o pensamos algo y nuestra pareja lo dice, llevan a la idea de relaciones ocultas y fuerzas extrañas que operan en el universo. Por buenas razones aborrecemos el vacío explicativo y la incertidumbre. Lo inexplicado (aunque no sea inexplicable) nos deja perplejos y la incertidumbre nos causa inseguridad.

En base a estas experiencias personales muchos han construido un altar y algunos, religiones completas. Friedrich Nietzche comenta:

A todos los fundadores de religiones y a sus semejantes les ha faltado honestidad: no han hecho de sus experiencias un asunto de conciencia y conocimiento. ¿Qué fue mi experiencia realmente? ¿Qué ocurrió dentro de mí y en mi entorno en ese momento? ¿Mi razón estaba alerta? ¿Estaba mi voluntad preparada para los engaños de los sentidos y era fiel para defenderse de lo fantástico? Ninguno de ellos se ha hecho estas preguntas. Aun hoy, ninguno de nuestros queridos religiosos las formulan, más bien tienen una sed de cosas contrarias a la razón y no quieren complicarse la vida para saciarla – de manera que sienten “milagros” y “renacimientos” y oyen las voces de los ángeles. Pero nosotros, los otros, los que tenemos sed de razón, queremos enfrentar las experiencias con la seriedad de un experimento científico, hora por hora, día por día. Queremos ser nuestros propios experimentos y conejillo de indias.4

El DRAE define “trascendente” como: Que está más allá de los límites de cualquier conocimiento posible. Algunos (que no piensan) piensan que lo trascendente es algo que se encuentra más allá de los límites de espacio y tiempo, fuera de lo que consideramos el universo y más allá de lo natural, es decir sobrenatural. Si además, como dice el diccionario, “no es posible conocerlo”, entonces deberíamos descartar el concepto ya que no tiene sentido hablar acerca de algo que no es posible conocer. “Paranormal” según el DRAE: “Se dice de los fenómenos científicamente inexplicables estudiados por la parapsicología”. En el mejor de los casos debiera decir “inexplicados”, ya que es un hecho histórico que muchas cosas inexplicadas en su momento fueron luego explicadas (o descartadas).

El DRAE define sobrenatural como: Que excede los términos de la naturaleza, y en el monumental Deutsches Wörterbuch podemos leer lo que decía Kant sobre “übernatürlich”: “sobrenatural ocurre cuando la causa próxima se encuentra fuera de la naturaleza, o cuando la manera en que las fuerzas de la naturaleza actúan en este caso, no están incluidas en una regla de la naturaleza”.5 ¡El gran Kant se equivocaba! Pero, ¿cuál es el significado de “exceder los términos de la naturaleza”? ¿Qué significa “la causa se encuentra fuera de la naturaleza”?

Ciertamente, en todo momento de la historia hay fenómenos que parecen no estar incluidos en una regla de la naturaleza, como lo señala Kant. Antes de Newton no se entendía cómo los planetas se mantenían en órbita alrededor del Sol (algunos opinaban que los ángeles los empujaban) y antes de la mecánica cuántica no se entendía como se mantenía estable un átomo. ¿Eran entonces fenómenos sobrenaturales? En el presente, un “misterio” de la biología es el surgimiento de la vida sobre la Tierra. Simplemente no sabemos (todavía) como ocurrió, y es entonces fácil aducir una causa “sobrenatural”. Pero esto no tiene significado más allá de la retórica y no explica nada. Cuando descubramos cómo fue, será natural. Es posible que necesitemos nuevos conceptos y una revisión de nuestro entendimiento de cómo funciona la naturaleza, como ha ocurrido en el pasado, pero no será sobrenatural.

Una idea muy popular es la de fantasmas (recordemos a la llorona de Lajas) y casas encantadas. Los fantasmas (sea lo que sean) ¿son sobrenaturales? (Lo que sigue también aplica mutatis mutandis6 a la idea de alma, espíritu, ángel o ectoplasma).

¿Si no son parte de la naturaleza, entonces cómo es posible, verlos, sentirlos o exponerlos en una imagen, si son “inmateriales”? (como dicen algunos). Para ser visto un fantasma tiene que emitir o reflejar luz, o actuar sobre nosotros o nuestros instrumentos de alguna forma.

La radiación electromagnética (que incluye luz) se produce cuando una carga eléctrica (normalmente un electrón) es acelerado, o si es parte de un átomo o molécula, cambia su estado de energía. No hay otra forma. Esto lo que significa es que se genera un automático sinsentido cuando se pretende que se ve algo que es sobrenatural, como los fantasmas y otras apariciones. Para ser fotografiado (en una borrosa imagen) o visto, el objeto debe emitir luz –necesariamente cargas eléctricas en movimiento, y necesariamente natural. Lamentablemente el ciudadano promedio no sabe lo que es “radiación electromagnética”, por lo cual el argumento anterior no es entendido. En el caso extremo podemos decir que el que no sabe nada tiene que creerlo todo. Por eso es tan importante una educación científica.

Ni pensar en cómo arrastran cadenas, y atraviesan paredes con cadena y todo, ni pensar en la razón de utilizar vestimentas. ¿Y si la cadena también es inmaterial para atravesar paredes, entonces cómo es que hace ruido? (como dicen otros). Si los fantasmas son reales entonces son naturales y sujetos a todas las reglas de la naturaleza. Posiblemente sería necesario modificar nuestro conocimiento de estas reglas a la luz de lo que nos dijeran (en un sentido figurado) los fantasmas, pero no son ni pueden ser sobrenaturales.

Podemos generalizar a lo siguiente: En el momento en que se dice que algo sobrenatural actúa sobre algo natural se comete un error, se incurre en una contradicción performativa, (como ya lo señaló Holbach hace años –vea el epígrafe) ya que la interacción solo puede darse por medio de algo natural que sea común a ambos (que muy bien puede ser desconocido), pero es natural y sujeto al estudio científico.

De existir una deidad que de alguna forma actúe sobre el mundo es necesariamente parte de la naturaleza y sujeta a los medios de los cuales disponemos para estudiar su naturaleza (no su sobrenaturaleza). Si no es parte de la naturaleza, entonces no puede interactuar con la naturaleza y no tienen sentido alguno las oraciones, las plegarias ni los milagros. Si no es parte de la naturaleza entonces no existe. Negar esto es simplemente una forma esquiva de evitar la razón cuando va en contra de las creencias que deseamos mantener a toda costa, una forma de quitarle el culo a la jeringa.

La parasicología postula la existencia de facultades extrasensoriales que incluyen la telepatía (comunicación entre mentes), la clarividencia (“ver” objetos distantes) y precognición (“conocer” el futuro), todo esto contenido en la idea de percepción extrasensorial (PES), y la telequinesia (afectar un objeto con la mente).

Por ejemplo, aceptamos el principio de causalidad, es decir que un efecto no puede producirse antes de su causa, pero la “precognición”, la idea de que se puede ver un efecto cuya causa aun no se ha dado, viola este principio, por lo cual cae en lo paranormal. Del mismo modo, la idea de “psicoquinesia”, la facultad de afectar un objeto con el pensamiento (canonizado con el conocido truco de doblar cucharas), sin que medie un contacto u otra influencia medible, va más allá de los principios básicos de la ciencia. También la idea de que un ser espiritual puede separarse del cuerpo y, manteniendo la capacidad de ver y oír (facultades del cerebro y sistema nervioso) puede trasladarse a otro sitio para luego regresar al cuerpo (desdoblamiento, viaje astral, reencarnación) no cuadra con nada que sepamos y parece absurda, aunque se conocen buenas razones cognitivas para que un sujeto sienta este desdoblamiento. No obstante, muchas personas piensan que esto es real. A la luz de lo que sabemos, los fenómenos paranormales resultan de la errónea interpretación de fenómenos que son perfectamente normales. (Cuando no se trata de actos de magia y otros trucos).

Lo paranormal no es, como piensan algunos, meramente un pasatiempo inofensivo. La irracional cacería de brujas le costó la vida y personas marginadas entre los años 1350 y 1750, muerte que solamente llegaba luego de una cruel sesión de torturas:

La manera de comenzar un interrogatorio es como sigue: Los carceleros preparan los instrumentos de tortura y luego desnudan al prisionero. O, si es una mujer, la desvestirán otras de buen nombre con el propósito de descubrir si acaso ha cosido algún instrumento de brujería a los vestidos, como a menudo lo hacen siguiendo las instrucciones de los demonios, con los miembros de un niño que no ha sido bautizado. Mientras se preparan los instrumentos, el juez en persona y a través de otros buenos hombres celosos de su fe, intentarán que el acusado confiese libremente la verdad. Pero si no quiere confesar se le entrega a los carceleros para que lo aten al strappado o a otro instrumento de tortura. Los asistentes obedecen inmediatamente, pero no con alegría sino que igualmente asustados. Luego, por los pedidos de algunos presentes, se le suelta y pone a un lado donde se intenta persuadirlo a confesar, haciéndole creer que en ese caso no se le matará.7

Estas y muchas otras tragedias, grandes y pequeñas, públicas y privadas, son en gran medida producto de creencias sin fundamento, y de una falta de educación adecuada del ciudadano. Supongo que a los de la edad media los podemos disculpar, no tenían suficientes elementos de juicio, los medioevales del presente no tienen tal coartada.

En última instancia, aparte de los muchos argumentos que se puedan esgrimir para demostrar que un particular fenómeno paranormal o sobrenatural es falso, aceptar estas cosas sin fundamento alguno implica necesariamente aceptar que gran parte de la ciencia es errónea; y esto no es aceptable. Como ejemplo canónico aceptar las descripciones antropomorfas de los presuntos visitantes extraterrestres que ofrecen aquellos que dicen haberlos conocido, equivale a rechazar todo lo que hemos aprendido sobre la biología y la evolución de la vida en este planeta (algo que hacen algunos religiosos, pero por otras razones). No es que los científicos, médicos y otros expertos no quieran aceptar estas cosas. Si fueran ciertas pertenecerían al conjunto de descubrimientos más importantes de la humanidad (poderes extrasensoriales, seres de otros planetas, medicinas extraordinarias), merecedores de premios y reconocimientos para sus descubridores.

Lo decepcionante es que la evidencia es pobre en el mejor de los casos, o no existente en la mayoría. No hay tan solo un caso en el cual uno de estos fenómenos haya sido estudiado conforme a los cánones aceptados de un buen diseño experimental y análisis de datos riguroso, que arroje resultados que ameriten ser considerados para estudios adicionales, y muchos en los cuales los errores conceptuales, metodológicos, psicológicos y razonamientos falaces, delatan el fracaso, cuando no se trata de engaño y hasta autoengaño.

Ante los muchos fenómenos paranormales que se presentan a diario es pertinente el argumento de diseño injustificado formulado por Nicholas Humphrey:

Si un fenómeno muestra signos de ser demasiado restringido en su forma y manera de ocurrir, de tal manera que nuestra teoría de sus causas no nos provea de una razón bien fundamentada de por qué toma la forma peculiar que toma, entonces debemos sospechar que la verdadera causa del fenómeno se encuentra en otra parte. Es decir que si la teoría no nos puede decir por qué esto en particular y no aquello en general, debemos entender que se puede encontrar una teoría alternativa –que si la conociéramos – nos diría por qué.8

No se trata de descartar una hipótesis paranormal por medio de una explicación normal de algún fenómeno. Se descarta por lo que no se cumple, por las restricciones inexplicables, sin importar que tengamos o no, una explicación normal del fenómeno. Es decir que no poder explicar un fenómeno de forma normal no implica que sea paranormal.

Llama la atención lo pedestre de todos los llamados fenómenos paranormales. Podemos formular una variedad de preguntas que apuntan a este diseño injustificado. ¿Por qué una persona que dice poder ver el futuro no ve más que lo que cualquier persona bien informada puede “ver”? Es decir, nadie usa estos “poderes” para salvar gente de un huracán, un tsunami o un terremoto específico, indicando dónde y cuándo va a ocurrir. Los usan para “ver” que habrá un divorcio o una boda entre celebridades no específicas, o un terremoto en algún sitio indeterminado (para lo cual no se necesita “poder” alguno). ¿Por qué una persona con poderes mentales no puede más que doblar una cuchara en su mano (ni siquiera puede hacerlo si no hay contacto con la mano)? ¿Por qué una persona que dice que tiene percepción extrasensorial, solamente puede utilizar este poder para ver un dibujo muy sencillo en un sobre como parte de un programa de TV, bajo condiciones sin control?

¿Por qué los milagros se limitan a eventos como la aparición durante la noche de unas lágrimas coloradas (¿sangre?) en la cara de una figura religiosa? ¿Por qué, en un gran accidente con decenas de muertos se salva uno “de milagro” y no todos sin rasguño alguno (lo cual sí sería un milagro)? ¿Por qué aquellos que caminan sobre fuego por tener poderes especiales se queman si pasan cierta distancia? ¿Por qué, al fin, no hacen nada que un buen ilusionista como James Randi no pueda hacer?

Otra cosa: ¿Si durante un paseo por el Viejo San Juan a una persona le cae un florero desde un balcón alto y revienta en el piso a un metro de dónde se encontraba, decimos “se salvó de milagro”; si le rompe la cabeza, no decimos “se mató de milagro”?

Considere lo siguiente: ¿qué significa “ver” y predecir el futuro? En ciertas circunstancias, en condiciones particulares es posible predecir el futuro. No podría guiar un automóvil si esto no fuera cierto. Usted “sabe” que al apretar el pedal del freno el coche disminuirá la velocidad, y en ese sentido restringido usted sabe lo que va a ocurrir (con cierta incertidumbre ya que en ocasiones los frenos fallan). Somos capaces de calcular la trayectoria de un proyectil y predecir dónde caerá, y mientras escribo esto una pequeña nave se encuentra junto al cometa 67P/Churyumov–Gerasimenko luego de doce años de viaje.

Lo que pretenden los videntes (y afines) es que son capaces de “ver” el futuro más allá del sentido científico o estadístico (por más que hagan uso de eso). Pretenden que hay un canal de información que va del futuro al presente, y que ellos tienen una facultad especial para recibir esta información. Esto es una imposibilidad lógica. El futuro no existe (y el pasado tampoco existió). Los eventos futuros no han ocurrido y es simplemente imposible conocerlos directamente. Entre el pasado y el futuro existe una diferencia de acceso epistémico, (lo que podemos saber del pasado y del futuro) consecuencia de la dirección de la flecha del tiempo y la segunda ley de la termodinámica (entropía).

El mundo es como es y no como quisiéramos que fuera. Lo maravilloso de la ciencia, algo que nos deja perplejos, es que a pesar de todas las limitaciones que nos afectan –temporales, espaciales, cognitivas– hemos sido capaces de comprender bastante bien cómo es el mundo. Cómo no sentir asombro cuando constatamos que una ecuación matemática que describe con alta precisión la radiación que emite un cuerpo incandescente en un laboratorio (radiación de cuerpo negro), desarrollada en el 1900 por Max Planck, resulta describir también la radiación remanente del Big Bang con la cual comenzó nuestro universo hace unos catorce mil millones de años, detectada por Arno Penzias y Robert Wilson en 1964. Sobre nuestro diminuto planeta, un punto infinitesimal del universo tanto en el espacio como en el tiempo, hemos sido capaces de entender la historia de cómo llegamos hasta aquí, luego de una inimaginablemente larga historia universal, y esa historia es mucho más fascinante y emocionante que todos los mitos juntos que inventaron nuestros antepasados para explicar el mundo, justo porque no tenían la ciencia.

El conocimiento en general y la ciencia como forma privilegiada de obtener conocimiento, es crucial para el futuro de los humanos (si es que esto realmente nos importa). Sin duda los últimos cien años han sido los más crueles, violentos y salvajes en términos de lo que somos capaces de hacer los unos a los otros, mientras que simultáneamente han resultado en el despertar de la conciencia a un nuevo y maravilloso mundo descubierto por la ciencia. Muchos conocen la triste historia del pasado pero pocos conocen lo que hemos aprendido del mundo, posiblemente porque no se les ha enseñado de forma adecuada.

Al ver los recientes cambios en el congreso de los EE.UU., con políticos influyentes negando la ciencia y en particular el calentamiento global, me viene a la mente lo dicho por Johann Wolfgang von Goethe: Nada es más horrible que una ignorancia activista. (Es ist nichts schrecklicher als eine tätige Unwissenheit). ¡Que Dios nos libre de esa gente!

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  1. Jean Meslier (1729). Superstition in All Ages. D.N. Goodfield, Philadelphia (2009) p.8. (En realidad escrito por Paul-Henri Thiry, Baron d’Holbach (1723–1789), pero por mucho tiempo atribuído a Meslier. []
  2. George B. Vetter (1973). Magic and Religion, Their Psychological Nature, Philosophical Library, New York. P.130 []
  3. Recomiendo el fascinante libro de Oliver Sacks (2012): Hallucinations. Knopf. []
  4. Friedrich Nietzsche: The Gay Science: p. 179 Cambridge Texts in the History of Philosophy. []
  5. Deutsches Wörterbuch von Jacob Grimm und Wilhelm Grimm. 16 Bde. Leipzig: S. Hirzel 1854-1960. []
  6. Del latín que significa “cambiando lo que se deba cambiar”. []
  7. Heinrich Institoris (Kraemer) y Johann Sprenger (1487) Maellus maleficarum, (Martillo de las maléficas), Köln, Area Verlag. p. 402. []
  8. Nicholas Humphrey (1996). Leaps of Faith, Science, Miracles and the Search for Supernatural Consolation. Springer- Copernicus. []

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