La iglesia: ´instintus´ de lo fatal

Hace tiempo que dejé de ser religioso. Pienso que el ateísmo es una forma valerosa de entregarse al mundo. Mientras no vivamos, en constancia, al lado de nuestro cuerpo sagrado, la hostia de la eucaristía nos esperará en esos templos malditos en donde los sacerdotes veneran al pantocrátor como si eso fuera la delectación del mundo.

La Iglesia Católica Española debe el IBI al Estado español. Acumula tanta riqueza que si se repartiera podría acabar con los millones de excluídos sociales que, entre el cartón y el tetrabrik, pasan las horas esperando a que Dios acuda a su cita. Pero Dios no existe. Y esto no es una noticia de Fiedrich Nietzsche, sino una aseveración tan mayúscula como que en Madrid comienza el kilómetro cero de todos los reinos de España.

 La Conferencia Episcopal, esos obispos que van vestidos con faldas escocesas, no pagan los tributos como debería ser. La riqueza de la Iglesia es tan inmensa como la ciudad de México D. F. En ella se tercia la cuaresma como una suerte de inquisición contra todo el ateísmo que perdura innatus entre la población hispana. Hispania es atea, por lo tanto intentar continuar con ese sablazo de la cristiandad que delata su egoísmo y su idiosincrasia semeja más a las bulas medievales que no a una modernidad en donde los españoles nos estamos habituando a la explicación del mundo a través del I + D. La posmodernidad se aleja, como culebras argénteas subiéndose por los cuerpos de la humildad y el marxismo, de estos sacerdotes que depositan sus bárbaras manos sobre los muslos de los niños sin apellido mientras rezan el Ave María. ¡Cuánta hipocresía resiste el embite de estos señores vestidos de negro que se acoplan a las enseñanzas de Cristo como una suerte de alejamiento de pecado¡ Más allá del bien y el mal, la Iglesia Católica desfruta de unos privilegios que hoy por hoy no tienen razón de ser. El euro no es religioso, sino cívico y contemporáneo.
 
Es esa contemporaneidad de esta España malvada la que posibilita que los obispos sigan realizando ese terrorismo de Estado que es intentar vendernos los evangelios desde el interior de las catedrales. ¡Cuánto arte -véase el Códice Calixtino- permanece en esa Caja de Pandora que es el cristianismo¡ ¡Cuánta pederastia está procurando destapar el Papa Francisco¡ La sexualidad de los curas ya salía en el libro “Testimonio”, del cura ateo Jean Meslier, quien criticó en el siglo XVIII a toda esa mesnada de buitres carroñeros que son los sacerdotes. El sacerdocio, hoy por hoy, no es una fuente de vocación, sino la palabra de Dios ejecutada contra la fatalidad. Lo fatal es la muerte. ¡Qué cuartada han hallado a lo largo de la historia a la hora de incrustar el miedo a los homo sapiens que seguimos siendo los hombres en relación con el temor a la muerte¡ Morir no es una realidad, en todo caso, una suposición, un enigma, un contrapelo de los que se aprovecha la teología para medrar sobre el prójimo. La Iglesia desfecha toda su violencia sobre los pobres incautos que siguen considerándose creyentes. Creer en Dios hoy como creer en el BOE, algo inefable, cuarteado, dominguero y festival.
 
Este gran festival que se ha montado la Iglesia debería acabar en un mensaje universal en donde la filosofía y la ciencia destaparan por fin que el origen del mundo está en las estrellas y los agujeros negros, pero nunca en las cuevas ornamentadas en donde viven, como perros adiestrados, los obispos españoles. El obispado desfleca el hilo de Ariadna, por lo tanto deberemos tomarlo como mythos antes que como una realidad segura, urgente, blanquecina y estimativa. La cristiandad únicamente ha corrompido el alma del hombre a base de guerras, de inquisiciones, de esa magia que llevo a la hoguera a Giardano Bruno, allá en la plaza de las flores de Roma. El cristianismo mide su ficción, mientras la ciudadanía se queda atónita cuando se masifica esta tribu de aduladores en sus templos, que son corrales para cerdos. Ser cristiano hoy es ser un cobarde.
 
La Iglesia sólo existe por el miedo a la muerte que el hombre sigue sin evitar por culpa de su chirumen arcaico e histórico. La cristiandad sólo se sostiene gracias a la historia, y tratar de desmontar eso es como si regresáramos a Galileo cuando dijo aquello de eppur si muove. Ser cristiano, mientras relucen cada mañana las Torres de Kío, es como no haber comprendido que Darwin viajó al Nuevo Continente y se trajo unos animalitos y unas plantas para verificar que la evolución de las especies finalmente rompía con esta psiquiatría que es el catolicismo. La religión no es el opio del pueblo, como dijo el autor de “El Capital”, sino la mentira más grande afincada en la historia de la humanidad. ¡Creyentes del mundo entero, haceos quinquis¡ La quincalla verifica la verdadera hostia eucarística con la que se vende la voluntad de poder del ser humano. Llueve en Damasco y San Pablo vuelve a caerse del caballo para preparar al mundo con la mentira más maieutiké ya definida por Sócrates. El vino debe beberse en las tabernas, nunca en las cabañas del odio. Por odio entendemos todo lo que la cristiandad ha ejercido como estrategia para cortar con sus tijeras filípicas las rosas quintas del mundo.
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