La Iglesia frente al Estado: ¿Derechos o privilegios?

No nos extrañe que frente al problema de la presencia de la Iglesia católica en la sociedad española, surjan opiniones encontradas. Venimos de un pasado en el que ha tenido un papel hegemónico, impositivo y excluyente.

A ese pasado, ha seguido un proceso secularizador, el de la racionalidad moderna, que reclamaba la emancipación de la tutela de la Iglesia y, en ocasiones, su marginación y desaparición pública. Este proceso ha ido generando poco a poco el nuevo concepto de laicidad y ciudadanía. La laicidad es una condición que debe configurar el actuar de todo ser humano. En medio de circunstancias que nos diferencian y nos oponen, estamos constituidos con una dignidad común que nos identifica como humanos, semejantes, y nos capacita para la convivencia.

Vivimos un tiempo nuevo donde muchos se ven obligados a perder poder, privilegios y dominio para que otros, los más, ganen en igualdad, justicia, libertad y convivencia. Situarse en este tiempo es entender que vivimos en una sociedad secular, laica y plural. Si todos somos iguales, si las minorías religiosas en España son un 3 % siendo aún mayoritaria la religión católica, si la práctica de la libertad religiosa es un derecho y el Estado es gestor y garante del bien común, nadie debe tener trato de favor. El Estado debe ser aconfesional y laico, pero no antirreligioso ni laicista (en el sentido de proscribir la religión). El PSOE, en su programa y acción de gobierno, no lo es.

En España, estamos en proceso de cambio. Es preciso asimilarlo paciente y pedagógicamente, contando con las obstrucciones contumaces de quienes han vivido en otra época y se empeñan en seguir en ella. Lo describió con acierto Gregorio Peces-Barba, cuando, preguntado por opiniones de obispos españoles, contestó: "Es la misma doctrina del siglo XIX. Son enemigos de las libertades modernas… Si pudieran, serían como los islamistas radicales, no en el tema de la violencia extrema, pero sí en la pretensión de mandar por encima del poder democrático legítimamente elegido". Respecto a los signos religiosos, dijo: "Me parece que la presencia del crucifijo en la presentación del Gobierno es un anacronismo. No haberlo retirado responde a la voluntad de no irritar más la piel de los señores obispos. Pero es incoherente, como los actos religiosos celebrados en medio de actos públicos".

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