La historia oculta de El Cañaveral o cómo se profanó la segunda casa de descanso de Salvador Allende: esclavitud o abusos a menores

Escribo estas líneas ante todo porque a mí me llama poderosamente la atención que, luego del tremendo reportaje que publicara https://interferencia.cl/  -La historia oculta de El Cañaveral-, nadie del establishment haya pronunciado palabra alguna respecto de cómo se profanó la segunda casa de descanso de Salvador Allende.

Me ciño en lo que expongo a continuación estrictamente a la información consignada en la investigación o reportaje citado, cuya realizadora es la notable periodista María José Jarpa, a quien de paso se le agradece por su contribución con la memoria.

La casona El Cañaveral, conocida también como la segunda casa de descanso de Allende, de propiedad de la Payita,  fue confiscada por la dictadura militar el año 1973 para transformarla en un hogar o asilo de niños socialmente deprivados.  Su primer período fue administrado por Carabineros de Chile. Va del 73 a 1981.  Al respecto, solo quiero subrayar un hecho: la tortura sistemática que aplicó un “tío”, un “cuidador” de niños, de nombre Leopoldo Santelices Valdivia, a no pocos niños, cada vez que estuvo de turno. Solo a modo de muestra, cito:

“… crees que alguno de esos muchachos de El Cañaveral pudo olvidar ese jueguito tuyo de tortura inquisidora con la que te ensañaste por años con nuestro querido compañero Rogelio Fernández Pérez? ¿Atarlo de los pies y colgarlo con una soga con la cabeza hacia el piso? ¿Dejarlo colgado verticalmente durante horas  -todo un día a veces-?  ¿Y festinar con la desgracia de este niño? Aún te veo balanceándolo como si se tratara de un péndulo humano y  dándole mil vueltas sobre su eje como si el niño fuera un artista circense que divierte al mundo en la cuerda de la muerte, pero aquí tu juego era doblemente perverso pues Rogelio no era un artista circense sino un niño físicamente vulnerable que, al lado de tu envergadura, parecía un muñequito de trapo con patitas de lana.  Y nosotros, que éramos niños, no atinábamos a nada. Éramos tu mudo auditorio. Nuestras risas no eran risas, cabrón;  eran muecas que apenas disimulaban el terror que provocaba en nosotros tu sadismo y el  vil espectáculo que hacías con la dignidad de Rogelio”. Testimonio publicado en El Universal, de puño y letra de un exniño interno de El Cañaveral. Consúltese  además esto.

María José Jarpa no reprodujo en su totalidad en su reportaje, en https://interferencia.cl, el testimonio precedentemente citado, testimonio que le fue entregado personalmente por un exinterno de El Cañaveral, exinterno que toma la palabra aquí y que suscribe por tanto la autoría de la presente carta.

Pero en fin, ese internado, llamado Javiera Carrera, reducido en ciertos momentos (que no fueron pocos) a escondite de un torturador de niños, dio paso a otro: “Aldea de Hermanos”. Éste se inauguró, obviamente en la misma casona El Cañaveral, el 1 de enero de 1982.

Tal período estuvo a cargo de una Fundación católica, entidad “especialista” en el “cuidado” y “educación” de niños. Sus socios -directores y vicepresidente-, sus fundadores, ¡cuidadores de niños!, “¡educadores de niños!”, tenían antecedentes penales. Ellos son, según cita María José Jarpa,  y según lo que yo fehacientemente recuerdo (porque alcancé a vivir un tiempo bajo su mandato)  Adriana Stegmann González y Hernán Sibona Bascuñán (matrimonio).

A saber (cito a  https://interferencia.cl/),  “… el vicepresidente de la fundación, Hernán Sibona, tenía prontuario por el delito de giro doloso de cheques. También  el consejero Raúl Díaz Escobar, con un prontuario por hurtos reiterados y Raquel Flores -quien no aparecía como miembro del directorio o el consejo-, quien tenía una causa judicial por falsificación de instrumento público”.

El padre Gaspar Handgraff, cofundador de este internado,  según indica a la periodista dehttps://interferencia.cl/,  acusa (cita textual): “…a fines de 1989 los sacerdotes decidieron retirarse de la Aldea de Hermanos debido a las intenciones del matrimonio Sibona-Stegmann de lucrar con el organismo”.

El punto es que el matrimonio Sibona-Stegmann, y otros cómplices, con dineros fiscales, compran tierras en la región del Maule, Talca, negocio respecto del cual el cura Handgraff señala  (cito, nuevamente)  “fue un campo comprado con dinero de la fundación y del que no dieron cuentas claras”.

Pero no solo eso: Durante el período del internado Aldea de Hermanos, bajo su administración, este matrimonio crea negocios en los que utilizaron como mano de obra esclava a los propios niños de ese internado. ¡Impresentable!

La cuestión es escandalosa y no se entiende cómo, ante los crudos datos que María José Jarpa saca a la luz en su investigación, nadie de la autoridad reaccione. Su reportaje hasta hoy no parece tener tampoco resonancia ni siquiera en esa prensa socialmente comprometida.

¿Nadie, ninguna institución del establishment chileno se ha interesado por investigar el paradero de esos dineros que recibió Aldea de Hermanos y que debían ser usados para atender las necesidades de esos niños desamparados? ¿Ninguna entidad estatal  tiene acaso hoy competencia para exigirles a Hernán Sibona Bascuñán y Adriana Stegmann González y sus “socios” que den cuenta de esos dineros? ¿Quién o quiénes de la autoridad estatal de ese entonces –refiero a la dictadura militar y a sus socios del mundo civil, que son gobierno hoy-  pueden explicarle a la opinión pública cómo es que eligieron a sujetos con prontuario para cuidar, educar y proteger nada menos que a niños… a los cuales el “Papi” y la “Mami” , o sea Hernán Sibona y Adriana Stegmann, incluso explotaron; primero mediante la creación de negocios de frutas (cultivadas en la quinta ubicada del otro lado del río de la casona), luego, también, a través de la instalación de chancheras y, finalmente, mediante trabajos pesados tipo trabajo esclavista en las tierras que estos dos sujetos compraron en Talca con dineros (estatales)  que el propio padre Handgraff  -cofundador de Aldea de hermanos- asocia a negociaciones incompatibles con los fines que debía perseguir esa Fundación “protectora” de niños, razón que lo llevó a él y a otros religiosos a alejarse de Aldea de Hermanos?

Como remate, y esto de seguro esta es la peor parte de la historia oculta de El Cañaveral: A estos directores, sujetos turbios, llamados por los niños “Papi” y “Mami” (cruel ironía), el exniño interno, Germán Espinoza, durante su estada en Aldea de Hermanos les informa  que el cura o padre Jean Marc Gagnon   -otro de los “socios” fundadores de Aldea de Hermanos- estaba abusando sexualmente de algunos muchachos. ¿Hicieron algo? No. A ellos no les importó. “…rechazaron las acusaciones sin tomar medidas, según cuenta Espinoza” en el reportaje aquí citado:  https://interferencia.cl/

Para terminar, vaya esta nota de cierre que a mí en lo personal me conmueve hasta el alma:  José Rogelio Fernández Pérez es hoy residente permanente de El Peral, sanatorio mental de Santiago. Era el niño más solo, más débil y más vulnerable de El Cañaveral, no obstante, el más querido por sus compañeritos. Era el niño al que el “tío” Leopoldo Santelices Valdivia  -quien redujo esta casona a su escondite privado para torturar niños indefensos- colgó no una sino muchas veces de los pies de la viga más alta para festinar con su desgracia. Es “el niño péndulo”, citado en El Universal

Le he escrito esta carta pensando especialmente en las víctimas olvidadas de El Cañaveral: los niños. Y si bien en esta casona hubo muchos momentos de felicidad para esos niños, el foco de mi carta refiere no a esos momentos sino a cómo la dictadura en buena medida profanó la segunda casa de descanso del presidente Salvador Allende para reducirla a escondite de un torturador de niños, a nicho de enriquecimiento ilícito de un “Papi” y una “Mami” prontuariados, explotadores de “sus” niños,  y  a  una guarida de un cura pedófilo que abusó sexualmente de niños desamparados.

Gracias, María José Jarpa. Gracias, Felipe Henríquez

Noé Bastías.  Exniño interno de El Cañaveral. Profesor de filosofía

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