La guerra de Marruecos relatada por Ramón J. Sender

La guerra colonial que desató España contra Marruecos tras la pérdida de Cuba y otras colonias, como Puerto Rico, Guam y Filipinas, a finales del siglo XIX, tenía como objetivos, entre otros, mantener el carácter imperial de un país que perdía poder a nivel internacional y, a su vez, mantener el estado de privilegio y corrupción de unas clases militar y económica que se enriquecían con la guerra. Las potencias europeas se repartían África, y España entró en la puja, permitiéndole intentar hacerse con el control de la zona norte marroquí, una zona montañosa donde ya estaban Ceuta y Melilla; el sur quedaría en manos de Francia. Esta campaña de invasión comenzaría en 1909.
 
Ramón J. Sender, uno de los grandes novelistas de todos los tiempos de la literatura española y también de la literatura mundial, a quien le tocó ir a esta guerra, pero a la que no iban los hijos de los más  pudientes, que pagando cierta cantidad -entre dos mil y seis mil reales- podían librarse total o parcialmente de ella, escribió una obra maestra relatando tales hechos, relatando el horror de la guerra. La obra, Imán, narra la experiencia y tragedia sufrida por un aragonés, como el mismo Sender, que sufre y ve sufrir a seres humanos en una lucha que nada les aporta, que en nada les va a beneficiar y sí, en cambio, los va a destruir, destrucción moral y destrucción física, que los marcará para el resto de sus vidas, a aquellos que puedan sobrevivir a la tragedia.
 
A esta guerra, a todas las guerras, se va por obligación o, lo que es peor, por ignorancia. Y en la guerra no hay valientes, estos se plantaron ante ella, antes de ella, para no ir precisamente a ella.
 
<>, añade el soldado. Efectivamente; los verdaderos valientes hubieran debido comenzar por no venir. Todos han venido por esa cobardía difusa a la que el soldado alude y de la cual él y yo debemos olvidarnos. (1)
 
Los verdaderos valientes, y conscientes de los hechos, evitaron por todos los medios ir a donde no debían, a luchar y morir por otros, por los intereses de otros, a matar gente que no conocían, y con los que nada en contra tenían. Los verdaderos valientes luchan contra las guerras, no van a luchar a ellas.
 
Ya, una vez lanzados al abismo del combate, cuando uno ha cometido o visto cometer actos que el corazón y la cabeza  le indican que no se debieron llevar a cabo, que no debieron suceder, cuando los remordimientos intentan enderezar el desvarío del comportamiento, entonces, entonces aparecen las justificaciones, las injustificables pero poderosas justificaciones sociales. Y al frente de ellas en los tiempos de guerra ha estado siempre muy presente la religión, o al menos los que representan socialmente la religión, las instituciones religiosas.
 
El cura regresa con su auxiliar. Este lleva terciada la bolsa blanca con los óleos. La unción, la evocación del sombrío ritual cristiano, da al peligro una prolongación supersticiosa de fatalismo. Hablan, y sus voces en la noche tienen resonancias civiles. El tema es inaudito en estos lugares:
–          Entonces esos…
–          Desde luego, han salvado el alma.
–          Pues algún moro habrán matao, digo yo.
–          No importa; ha sido en defensa del Patria.
–          Esta tierra, ¿es patria nuestra o la de ellos?
–          Efectivamente, la de ellos; pero todo lugar donde alienta un corazón cristiano es la patria de Dios y debemos defenderla contra los infieles.
Hay una pausa, y añade el soldado:
–          ¡Ah! ¿Entonces esta guerra la ha mandado el papa?
–          No, el rey.
–          Y el que obedece al rey, ¿va al cielo?
–          Sí, porque el rey tiene investidura divina.
–          ¿Cómo?
–          Que representa la autoridad de Dios en nuestra patria.
–          Ya. Siempre me lo he representao a Dios como una especie de rey.
–          Justo.
–          Pero se me ofrece una pregunta.
–          ¿Cuál?
–          Dice usted que si a uno le dan un zumbío en la guerrilla y dice una mala expresión, ¿si se muera va al cielo?
–          Sí.
–          Porque yo he oído jurar a muchos cuando caían.
–          Aunque es una fea costumbre, no importa. Dios no lo toma en cuenta.
–          Y si, es un suponer, estando yo en la guerrilla hablo contra el rey igual que ellos contra Dios y me cogen, ¿me fusilan?
–          Seguramente.
–          ¿Y voy al cielo?
–          De ningún modo, si antes no has hecho acto sincero de contrición.
–          Pues no lo entiendo, porque, según eso, es más pecado faltar al rey que faltar a Dios.
El cura calla un momento, vacila.(1)
 
La  incongruencia moral y religiosa que ofrece Sender de la actuación del sacerdote es demoledora, pero no es incongruente su comportamiento en su sentido social. Porque la misión del sacerdote es ahí, en el fondo, mantener la obediencia y la disciplina del soldado al poder imperante, por muy atroces que sean los actos que le obliguen o le toque hacer. La moral se anula y solo queda la más estricta sumisión a las órdenes de los que ostentan la dirección social.
 
La Iglesia, la Iglesia católica y muchas otras Iglesias más, a lo largo de su amplia y dilatada  historia han justificado y apoyado la barbarie, la barbarie de la guerra. Desde sus orígenes hasta el tiempo de hoy.
 
Según Agustín [San Agustín], el soldado puede y debe matar sin cargo de concien­cia, ¡en ciertos casos, incluso en una guerra de agresión! Quien participa en esas confrontaciones deseadas por Dios «no peca contra el quinto mandamiento». Ningún soldado es un asesino si mata a seres humanos por orden del legítimo ostentador del poder, «antes bien, si no lo hace, es culpable de contravenir y menospreciar la orden»(2)
 
Si un sacerdote en quien confías y al que tienes por representación del bien, te dice que no hay pecado en matar a  alguien en esas situaciones, que se hace por una  gran causa, por una gran motivación, por Dios; entonces el soldado o termina de hundirse moralmente, al no ver ni un solo resquicio de humanidad o justicia por ninguna parte, o termina por volverse realmente un desalmado que ha perdido cualquier conciencia, cualquier remordimiento que le evite continuar con la gran carnicería humana que es la guerra.
 
 
Notas:
1. Ramón J. Sender. Imán. 1930.
2. Karl Heinz Deschner. La época patrística y la consolidación del Primado de Roma. Martínez Roca, pp. 101-141. Para una descripción más detallada de la justificación de la guerra por parte de la Iglesia católica ver además: Mikel Itulain. Justificando la guerra. 2012.

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