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La emboscada de la inmatriculación: la ermita que la iglesia quitó a un taxista

La batalla de un hombre para conservar su patrimonio frente al clero: Andrés Jesús Palomo compró una ermita casi en ruinas, propiedad de su familia, y la restauró durante diez años. Cuando el templo situado en las montañas de Málaga ya estaba arreglado, el obispado decidió quedárselo.

Cuando los tres curas llegaron a la ermita, Andrés Jesús Palomo pensó que aquello era un poco raro. Como cada Domingo de Ramos, estaba todo preparado para la romería, misa y procesión, pero allí, en ese modesto templo de 200 metros cuadrados perdido en los montes de Málaga, ya había un sacerdote, solo uno, igual que siempre en esa fecha. Esta vez, en cambio, se sumaron otros tres. Palomo, dueño del inmueble, no los había visto nunca. Llevaban cámaras de fotos.

Sin hablar con nadie, los curas se dedicaron a tomar imágenes del edificio, que Palomo había restaurado durante los últimos diez años con su dinero y sus manos. Fotografías de las sólidas vigas del tejado, de los bancos de madera, del reluciente suelo, de las blancas paredes, de la imagen de la Virgen de los Dolores y de los servicios para mujer y hombre, recién instalados. Fotografías de las nuevas verjas, de la pila bautismal, del coro y del púlpito.

Pocos meses después, en 2013, la Diócesis de Málaga acudió al Registro de la Propiedad y se quedó la ermita, inscribiéndola a su nombre mediante su sola palabra. «Yo no entendía nada», recuerda Palomo. El inmueble había sido de su abuelo, que lo compró a un vecino en 1955; después de sus tíos, que lo heredaron, y por último de él, que lo adquirió en 2003 y lo registró en 2007. De un día para otro, pasaba a ser de la Iglesia Católica, sin aportar ningún documento. «Pertenece esta finca al Obispado de Málaga desde tiempo inmemorial, no pudiéndose determinar las circunstancias relativas al título o modo de adquisición», se limita a señalar la escritura.

Un sistema anómalo

«Hay que tener mucho estómago para asimilar todo esto –explica Palomo-. Después comprendí que habían esperado a que la ermita estuviese arreglada, y que por eso habían estado allí los tres curas tomando fotos. Para comprobarlo y tener pruebas». El obispado, por su parte, subraya que ha «actuado conforme a la ley».

Tiene razón. Una norma permitió hasta 2015 a la Iglesia Católica quedarse con cualquier inmueble que estimara oportuno sin necesidad de presentar ningún documento. Bastaba su firma. El sistema, conocido como inmatriculaciones y absolutamente anómalo en el contexto internacional, fue derogado tras una sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos y ha sido objeto de largas negociaciones entre la Conferencia Episcopal y el actual Gobierno, que el pasado enero llegaron a un acuerdo: los prelados reconocieron que la titularidad en casi mil inmuebles a su nombre era dudosa.

Palomo confiaba en que el pacto sirviese para que la Diócesis de Málaga admitiera el error con la ermita y todo quedase por fin resuelto, pero el templo no aparecía en el listado de los bienes en discusión. Por eso ahora, mientras se prepara para acudir a los tribunales, ha decidido contar su historia.

La ermita aparece dos veces inscrita en el Registro de la Propiedad. Primero por Palomo y después por la Diócesis de Málaga.

Inmatriculación por el obispado en 2013 / Ampliar

El documento que otorga la propiedad al obispado reconoce que no se ha podido determinar de dónde procede su «título».

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Inscripción en el Registro de la Propiedad por Andrés Jesús Palomo en 2007 / Ampliar

La inscripción que atribuye el dominio a Palomo, en cambio, deja claro que suyo es el «título de compra».

«Ya me ocupo yo»

Para llegar a la Ermita de Verdiales, nombre del inmueble en discordia, hay que salir de Málaga por el norte, coger la A-45, dejar la autovía, atravesar un humilde barrio de casas bajas y después enfilar una estrecha y serpenteante carretera sin asfaltar. La ermita está arriba del todo, con el Mediterráneo a un lado y las montañas al otro. No hay ni muros ni vallas, y muy pocos se aventuran hasta aquí, salvo los ciclistas, como una pareja de hombres de mediana edad que acaba de llegar y se sorprende de que las puertas del templo estén hoy abiertas.

-«Pensaba que había entrado agua por la lluvia de estos días y que estábais recogiéndola», dice uno, con la respiración entrecortada.

-«No, aquí no va a entrar agua en una pila de años. Ya me ocupo yo», contesta Palomo.

Grande, de sonrisa fácil, encargado de obra hasta que la anterior crisis le forzó a dejarlo y empezar a trabajar de taxista, Palomo ha construido su vida alrededor de este lugar. Huérfano desde los siete años al fallecer sus padres de cáncer, se fue a vivir con su abuelo, que era el propietario de la ermita y tenía otra finca un poco más abajo. Aquí se crio, cuidando de los almendros cercanos y de los animales, que dormían en el propio templo, entonces en muy mal estado: pavos, burras, gallinas, conejos, palomas y algún que otro pato. Aquí se casó. Aquí ha invertido miles de horas, restaurando casi por completo el inmueble y gastándose por el camino «algo más de 30.000 euros».

La ermita solo acoge misa una vez al año, el Domingo de Ramos, dentro de una celebración que incluye también una romería, una breve procesión y mucha música, interpretada por las llamadas pandas de verdiales, un tipo de fandango cuyo origen, campesino, se remonta varios siglos. Palomo, que se considera «más ‘fiestólico’ que católico», está al frente de toda la organización: pedir los permisos, ordenar la llegada de visitantes, vigilar que no ocurra ninguna desgracia, traer al cura desde Málaga. Si la tradición se mantiene viva, es en gran parte por él.

El Domingo de Ramos de 2013, cuando solo habían pasado unos meses desde que la Diócesis de Málaga inscribiera a su nombre la ermita recién reformada, el párroco que siempre oficiaba la ceremonia, un hombre mayor llamado Rafael Gómez Marín, se llevó a Palomo aparte y le dijo:

-«Tienes que entregarme las llaves de la ermita, porque ahora es propiedad del Obispado. Ya ha quedado bien abrochada en el registro».

-«¿Pero qué me está contando, don Rafael? Esto siempre ha estado a nombre de mi familia», le contestó Palomo.

-«No, no, no», dijo el sacerdote, que salió del templo sin añadir nada más.

La Diócesis de Málaga nunca ha llegado a tener las llaves, pero no piensa dar un paso atrás. «Estamos en nuestro derecho. Hemos actuado de acuerdo a la ley, consideramos que la propiedad es nuestra», señalan fuentes del obispado.

«Aquí hay un doble registro, así que un juez deberá determinar quién tiene razón», continúan en la diócesis, sin aclarar por qué no pusieron la ermita a su nombre hasta que estuvo restaurada. Tampoco entran en lo que supone para un particular como Palomo que le digan, sin previo aviso, que lo que ha comprado, inscrito, poseído y cuidado no es en realidad suyo. «No hacemos valoraciones morales», explica el portavoz.

Rafael González Marín, el cura que pidió a Palomo las llaves de la ermita después de que el Obispado la inmatriculara.

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Andrés Jesús Palomo se dirigió por escrito al Obispado de Málaga, convencido de que se trataba de un incomprensible error perfectamente subsanable. La carta data del 10 de abril de 2013 y está redactada por su abogado. La misiva iba acompañada de la nota simple del registro de la propiedad, que certificaba la titularidad del edificio, y conminaba al prelado a comparecer ante la notaría para resolver el entuerto. El obispo no se avino a la petición y se mantuvo en sus trece. «El registrador de la propiedad me admitió que habían hecho mal las cosas», señala Andrés Jesús Palomo. Pero la única solución que le aportó fue que llevara el caso al juzgado. Así lo hizo en 2014. Sin demasiado éxito. El juez aún no ha tomado ninguna decisión y el litigio sigue pendiente de juicio oral.

La Ermita de los Verdiales no figura en el listado de bienes que la Iglesia admite ahora que no son de su propiedad y que inmatriculó por error, como consecuencia de un pacto con el Gobierno de Sánchez, duramente criticado por la coordinadora Recuperando, que agrupa a una treintena de colectivos ciudadanos. Hace escasamente tres semanas, la Diócesis de Málaga declaró públicamente que no había recibido ninguna reclamación de terceros por inmuebles inmatriculados. Lo que, a todas luces, no parece demasiado cierto.

El precedente que derrumbó el sistema

«La ermita es un bien privado, que ha tenido diversos titulares hasta que ha llegado a la familia de este señor», asegura Antonio Manuel Rodríguez, profesor de Derecho Civil en la Universidad de Córdoba y portavoz de Recuperando, la plataforma patrimonialista que reclama que se declaren nulas, por inconstitucionales, todas las inmatriculaciones realizadas desde 1978.

Rodríguez argumenta que el conflicto es «calcado» al que provocó que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) condenara a España hace unos años, cuando los jueces dieron la razón a una empresa ganadera de Palencia en cuyos terrenos hay un templo cisterciense del que la Iglesia se apropió. Los magistrados aprovecharon aquel varapalo para confesar su desconcierto ante el sistema español de inmatriculaciones. «El TEDH considera cuanto menos sorprendente que una certificación expedida por el obispado pueda tener el mismo valor que los certificados expedidos por funcionarios públicos (…) y se pregunta por qué [esta prerrogativa] se refiere únicamente a la Iglesia Católica, excluyendo a otras confesiones», señala la sentencia.

«Judicialmente, el caso de la Ermita de Verdiales debería ganarse sin problemas», anticipa Rodríguez.

Pero Palomo no quiere crearse expectativas. Tampoco parece guardar especial rencor hacia el clero. «Algunos amigos me dicen que le prenderían fuego a la ermita antes de dársela al obispado. Pero yo no. Si al final se la termina quedando la Iglesia, espero que al menos me dejen entrar a verla», dice. «Porque esto –concluye, levantando la vista y repasando el interior del templo- es mi vida».

Imágenes David Castro

Fuente consultada también: Aristóteles Moreno en PúblicoLa Iglesia inmatriculó una popular ermita de Málaga propiedad de una familia e inscrita ya en el registro

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