La educación se ha convertido en un mercadeo, en vez de ser un derecho igual para todos

El omnipresente urbanocentrismo contaminador será difícil que no rija, igualmente, el saneamiento que necesita la estructura general del sistema educativo. En realidad, el urbanocentrismo rige la educación española casi desde siempre.

Quien vea la serie de HBO El cuento de la criada podrá entender que la imaginación distópica también puede ser educativa. Las vueltas que da la protagonista para que predomine la supervivencia por encima de imponderables políticos, culturales, religiosos y sociales, merecen ser seguidas. Aunque sea lenta, la introspección que desarrolla la serie en torno a la capacidad de desmontar una situación estructural gravemente lesiva para los derechos elementales, es muy meritoria. Margaret Atswood, la creadora de la novela original, da  toda una lección sobre cómo agarrarse a cualquier resquicio del ser humano -todo ser humano- para apoyar una rebelión profunda que favorezca situaciones dignas de ser vividas que den sentido al vivir.

Urbanocentrismo

No solemos ser capaces de ver ese resquicio en lo que nos rodea. Puede que nuestra sensibilidad haya sido educada de tal modo que, incluso cuando nos hablen del Pin parental y cosas como las que se deducen de unos Presupuestos como los que acaba de aprobar la Comunidad de Madrid, dudemos de si hemos tenido razón alguna vez. Sostener otro modo ver y ser consecuentes es contrario a la placidez acomodaticia y nos puede parecer muy correcto ser indiferentes. Es muy posible. Pero si queremos cambiar algo que merezca la pena, o simplemente tener la esperanza de que pueda cambiarse, es necesario cambiar el chip y descubrir las incongruencias en que nos hayan educado. Es un propósito difícil, claro, pero es posible.

La dificultad de cambiar es patente, por ejemplo, cuando pensamos en el paisaje rural que hemos construido. Difícil admitir que no es algo natural, sino algo construido, histórico, con determinados ingredientes humanizadores y no otros. Ahora es asunto inevitable lo de la España vacía como algo que hubiera caído del cielo. No hay momento en que alguien no eche su cuarto a espadas sobre ese grave problema, cada vez más amplio, en que se entrecruzan una demografía en proceso de envejecimiento acelerado y, como causa y efecto, un paisaje rural cambiante en funciones y morfología vegetal. La mención siempre acaba conduciendo al lamento por el deterioro de los servicios a que todo ciudadano – viva donde viva- tiene derecho. Las escuelas y la sanidad se llevan la palma, como símbolo explícito del abandono rápido en que está incurso el rural. Y mientras esperan a ver quién sea el último en la soledad de la aldea, en el plató se entona, nostálgica, alguna loa de Virgilio, y se repite la escena de Nerón con Roma ardiendo a sus pies, en el 64 d. C., antes de construir su Domus aurea.

Llegados a ese punto, los contertulios habituales suelen enardecerse con el neoliberalismo para dogmatizar -de contrario modo, por supuesto- sobre los efectos que opera sobre el entorno más o menos bucólico que, como personas urbanizadas, tienen naturalizado de sus turistificados recuerdos. No es fácil, cuando esto sucede, dejar de ser el urbanita pensante, con discurso genérico y estandarizado, que, después de la globalización, todos somos iguales, nos encontramos en situaciones iguales, tenemos dificultades y necesidades muy semejantes y, por tanto, que las soluciones de urbanitas pueden remediar la incómoda situación que plantea el hábitat rural. Puede verse masivamente en el tratamiento que estos días se está dando a  los problemas de los agricultores, sus reivindicaciones… y, sobre todo, a las posibles vías de arreglo. Será difícil en este nuevo teatrillo ver a alguien que trate de recordar que este presente, urgido de expeditivos apaños, es fruto de un largo urbanocentrismo, un modo de ver muy asentado desde los años cincuenta principalmente, en que fue precisamente el plantear la vida con criterios urbanocéntricos -y no con una atención integral al territorio y sus gentes-, el causante de la situación actual, cada vez más frágil. Nunca dirán que aquellas migraciones masivas a las periferias de Madrid, Bilbao y Barcelona, sobre todo, son irreversibles.

Salvo que nos pusiéramos en otra utopía no imposible pero muy complicada, en que el cambio climático y sus derivaciones acabaran dando un vuelco al hábitat hegemónico, en primera línea de playa o en ciudad muy aglomerada. Y que los jóvenes de más talento de cada comunidad autónoma, especialmente las de mayor declive, entendieran que no merece la pena coger el autobús o el AVE de continuo para dejar su esfuerzo creativo en conurbaciones de gran densidad. Ese reequilibrio está lejos de suceder. Entre otras cosas, porque ese urbanocentrismo  que ha sido el eje director de todas las decisiones que en estos 70 años últimos hemos tomado, se ha hecho constitutivo de nuestro modo de ver, pensar y actuar, hasta el punto de que solo nos dejará tranquilos cuando hayamos vaciado el campo de cualquier resabio cultural anterior. Escuchen las propuestas que se lanzan de continuo y verán que no es fácil revertir ese criterio director dominante. Como no será fácil tener la metafórica constancia de June -la protagonista como criada en la República de Gilead, esa sociedad fundamentalista en que las mujeres son meros instrumentos en manos de un Estado totalitario-  que se precisaría para cambiar lo aprendido sin darnos cuenta.

¿Y la escuela?

Bastante antes del libro de Sergio del Molino (2016), Delibes (1978), Llamazares (1988) y, entre otros, Avelino Hernández en su gran ensayo sobre Soria (1982), hicieron un llamamiento fuerte, además de hermoso, a que abandonáramos esta obsesión del urbanocentrismo que, irremisiblemente, repercute en la escuela. Los datos que, a modo de ejemplo, refleja Galicia en este momento debieran bastar para repensar bien qué merece la pena y qué es puro hablar por hablar. La cantidad de gente gallega envejecida sobrepasa el 25%, y la población de menores de 0 a 5 años es inferior a la de los que andan entre 6 y 11 (18% es la de aquellos y 20,2% la de estos. La aceleración del proceso de envejecimiento está ahí. La consecuencia inmediata es decidir qué hacer con las escuelas de infantil y Primaria y, en algunos casos, con el alumnado de Secundaria obligatoria (ESO). Y vienen, también, las concernientes al cómo hacer, en que están implicadas la Consejería correspondiente, los Ayuntamientos y, sobre todo, los maestros y maestras de los distintos niveles educativos.

Quienes hayan nacido en pueblos y aldeas del rural habrán visto esto desde pequeños las sucesivas fases de desatención y desigualdad que el urbanocentrismo impuso a sus escuelas. Hoy permite observar, además, el escaqueo que a este ámbito educativo ha ofrecido la tan cacareada “libertad de elección de centros”; posibilita apreciar mejor cómo sus beneficiarios explícitos, los centros concertados, tan solo le han prestado alguna atención mínima y con rentabilidad asegurada. Qué hayan hecho o hagan los maestros de la Pública en situaciones carenciales como las de la escuela rural debiera ser motivo de elogio y apoyo, y no faltarán palabras que lo recuerden. Pero, pese a ellas, pronto verán de nuevo cómo el criterio urbanocéntrico impone criterios restrictivos de mantenimiento, aunque muchos de los proyectos más innovadores de la educación española actual los están llevando a cabo estos profesionales.

El omnipresente urbanocentrismo contaminador será difícil que no rija, igualmente, el saneamiento que necesita la estructura general del sistema educativo. Vigoroso desde Claudio Moyano y vigorizado en el franquismo nacionalcatólico a partir de la LODE (1985) -y cinco años antes la LOECE (BOE 27.06.1980)-, se ha ido imponiendo pasito a paso hasta eclosionar en el neoliberalismo y neoconservadurismo de la LOMCE (2013). Ahora, pondrá a prueba si los proyectos reformistas que parecen estar en marcha son capaces de revertir cuanto está socavando una educación decididamente democrática.  No se olvide que se trataría de transformar un sistema que nos han colado, capaz de sostener como presuntamente iguales hasta tres vías diferenciadas en su seno. Y sobre todo, que ese criterio urbanocéntrico ha impuesto que, en vez de un derecho igual para todos, la educación sea un mercadeo en que cada cual ha de comparar, escoger y pagar -hasta  hipotecarse si fuera preciso-, como si de un bien de consumo más se tratara.

El urbanocentrismo rige la educación española casi desde siempre. En el tiempo corto, no se olvide que el sistema educativo que hoy tenemos en España tiene poco que ver con lo que la Alternativa democrática para la enseñanza planteaba en los años setenta; poco que ver, incluso, con lo que se consensuó al redactar el art. 27 de la CE78.  En aquellos años, todavía no se hablaba de neoliberalismo en España –las ideas de Hayek las deglutiría primero Thatcher en los años ochenta-, pero se peleaba contra cosas parecidas a las que El cuento de la criada presta atención detallada en HBO.

Manuel Menor

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