La dignidad de la muerte

La vida humana no es digna si termina con indignidad. Uno sabe de muerte en las almohadas. Madrugadas hospitalarias con la muerte apoyada en las clavículas. Por eso aboga por la decencia existencial que la convierte en el último acto del propio devenir vital. “El hombre es un ser-para-la-muerte”. Lo afirmaron los existencialistas a mediados del siglo pasado, proclamando una verdad grabada sobre la dimensión de la temporalidad. Pero fue sólo una visión desencarnada de la unicidad de cada ser humano. Más exacto es decir que el “hombre es un ser-para-su-muerte” Morirse es un verbo reflexivo. Cada uno muere su propia muerte. Y a cada uno hay que adjudicarle la posibilidad de convertirla en una creación luminosa para culminar así la propia existencia.

El gobierno promete para marzo promulgar una ley que otorgue el derecho a ejercer la muerte como el acto supremo de plenitud personal. Pero ya han aparecido voces y prensa de la derecha dispuestas a condenar. Hay que permanecer a la espera de una repulsa inmediata del episcopado. Seguramente Martínez Camino está ensayando la anatematización eclesiástica contra todo el que apoye esa ley. Nos dirá que la muerte es dolor expiatorio, ofrenda al dios antropofágico, que disfruta con la tortura redentora del sufrimiento y oferta el cielo a cambio del estertor en la tierra. Y esa derecha, que tiene siempre la tentación de apropiarse la totalidad de la opinión pública, ya nos ha dicho que se trata de una ley que no está exigida por la sociedad, que es ajena a las preocupaciones de los españoles y una nueva cortina de humo para tapar preocupaciones reales como la economía y el paro. El cerebro nacional, según esta miope visión, es tan estrecho que sólo le cabe una sola fijación. Y todo lo que no contemporice con esa preocupación hay que desplazarlo para otro momento. España no puede pensar en varias cosas a la vez.

La muerte no nos llega. Se va haciendo. Como el amor, la pena, la alegría. Nos vamos muriendo, no por el paso del tiempo, sino por la madurez vital que aflora en cada actitud humana y humanizante. Como la primavera. Va tallando su perfil en cada rosa, en el suspiro de los claveles, en la cintura de los trigales verdes. Crece la muerte en la vida hacia la resurrección laica de una existencia entregada. Cuando llega ese parto de luz, sobran forceps deformantes de dolor. Urgen manos que unifiquen la tierra con la tierra, que acomoden el tiempo a una eternidad de polvo enamorado.

Pero ya hay quien asegura que esta ley divide a los españoles. Todo es división para algunos: el estatut rompe España, Educación para la ciudadanía estropea valores inmutables, la Ley de memoria histórica reabre heridas en realidad nunca cicatrizadas, la retrasada Ley de libertad religiosa desestructura el espíritu cristiano configurador de España, la familia se estrella contra sí misma por los derechos conseguidos por los homosexuales. Todo rompe, divide, separa. España deja así de ser una, grande y libre. Y este anuncio de una ley que dignifica el momento cúspide de la vida está ya dividiendo a los españoles a las pocas horas de ser anunciada. Algunos están empeñados en trocear de antemano la opinión y una vez resquebrajada esconder el bisturí que la practicó.

No hablamos de una Ley que atraiga votos, que consiga adeptos, que pertenezca a derechas o izquierdas. Se trata del dolor último. Y eso sólo pertenece a la íntima humanidad de cada uno, a la vivencia de cada ser en cuanto hacedor de la propia vida. La muerte coloca al hombre en el abismo del hombre. Es la sola soledad de la existencia.

Rafael Fernando Navarro es filósofo

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