La dictadura de la iglesia católica y el laicismo (casi) sin voz

Cuando el año pasado, en la primera marcha por un aborto libre, seguro y gratuito, un grupo de asistentes a la manifestación irrumpió en la Catedral de Santiago, en pleno desarrollo de la celebración de San Santiago, con alcaldesa y arzobispo incluidos, se produjo una confrontación ideológica entre el mundo laico y el religioso. Chile declara su laicismo en la Constitución, sin embargo, quienes vivimos en este territorio bien sabemos que esa separación se asemeja más a la de esas parejas que cada cierto tiempo se pelean a muerte, pero que luego “hacen las paces” por el bien superior de los hijos. ¿Pero necesitamos las y los ciudadanos que el binomio iglesia-Estado se reconcilie cada cierto tiempo? ¿Necesitamos a la iglesia? Mis preguntas no encierran odiosidad alguna contra quienes practican una fe religiosa, porque entiendo la religión como un asunto personal. Sin embargo, desde mi ateísmo me asiste la obligación de formular algunas apreciaciones sobre el peso del catolicismo sobre nosotros.

La iglesia católica, como institución política que es, protege una serie de intereses que se relacionan con sus bienes materiales, pero sobre todo con su razón de existir: el poder. Más allá de las leyes divinas que la iglesia dice difundir y defender, esta organización mundial se yergue, desde un estatus suprahumano, como la voz de la verdad, que promueve el bien y lucha contra el mal, y que cuenta con un ejército desarmado de hombres “probos” que son los representantes del todopoderoso en la tierra, algo así como la legión de un súper héroe que ha partido a sus cuarteles de invierno para esperar el arribo de los fieles cuando llegue el día del juicio final.

¿Y qué tiene que ver todo esto con la vida real de las personas que cotidianamente debemos caminar, trabajar, consumir, distraernos y crear lazos afectivos con otras personas? Algunos, los furibundos religiosos que se den el trabajo de leer esta columna, dirán que todo, porque es el “pulento” quien nos ha dado la vida y que por tal motivo debemos agradecerle y venerarlo. Y muchos verán en estas líneas las huellas de las antiguas herejías que la Santa Inquisición en buena hora ajusticiara, con métodos nada santos eso sí, pero el fin justificaba los medios.

Para quienes vivimos fuera de esas apreciaciones celestiales, la vida es un hecho biológico, material, que tiene existencia en un tiempo y espacio concretos. Creemos en la realidad de nuestros actos y de nuestros cuerpos, esto último es una diferencia fundamental, creemos en nuestro cuerpo no como un templo ni como la casa del pecado, sino como la simple evidencia de que estamos vivos sobre el mundo.

Por eso la intromisión en los asuntos “mundanos” en la que permanentemente incurren las iglesias, en especial la católica, resulta para seres laicos, como yo, un absurdo, una expresión de dominación, un hecho violento. ¿Es resorte de la iglesia opinar sobre los actos que en la vida privada las y los no creyentes podamos hacer? ¿Es problema de la iglesia católica que una mujer decida abortar? A estas alturas de la historia hemos normalizado el hecho de que la iglesia paternalista opine sobre todas nuestras acciones e incluso sobre meras intenciones, como la defensa del derecho a interrumpir el embarazo; nos acostumbramos a que todo lo relativo a la sexualidad pase necesariamente por la voz de los gerentes del mundo celestial, quienes se han opuesto a cuanta medida, tímidas por cierto, que los gobiernos han tomado o intentado tomar: promoción del uso del condón para evitar el contagio de VIH, jornadas de educación sexual en los colegios (JOCAS), despenalización del aborto. Frente al bramido eclesiástico, el Estado chileno ha reculado en sus tímidas políticas de salud y educación sexual, porque la Iglesia, separada y todo del poder civil, es un poder fáctico más en nuestro país, capaz de congelar iniciativas en beneficio de sus intereses.

Nuestro país, tan conservador en muchos aspectos, no ha logrado dar el salto hacia el laicismo, porque el catolicismo es fuerte y se introduce en nuestras vidas, nuestras historias, nuestras actividades: universidades de la iglesia, colegios de la iglesia, hospitales de la iglesia, canales de TV de la iglesia, instituciones de beneficencia y caridad de la iglesia y prensa escrita que “le sigue el amén”. Y por cierto, la incestuosa relación entre el clero y los empresarios, y entre el clero y políticos de todos los partidos tradicionales. Todos juntos repartiéndose el poder, conspirando contra la emancipación de los humanos de este lado del planeta.

Como verán, la contienda es desigual, la población laica tiene poco y nada para “difundir la palabra del laicismo”, que no es otra que la libertad. Una sociedad laica logrará más rápidamente el desarrollo y la justicia social, porque una sociedad laica vive en el aquí y el ahora y no está esperando que el salvador se aparezca para rescatarnos del apocalipsis. Nada despectivo, simplemente poner las cosas en su lugar: ¿es usted religioso? lo felicito, pero su religión a mí no me interesa porque es parte de su vida privada. ¿Le importa qué música escucho, qué comida me gusta o cuál fue la película que me causó más terror? No, porque eso es parte de mi privacidad y si le interesara le diría que se ocupe de cosas realmente trascendentes para la comunidad como el injusto diseño institucional de nuestro Estado, que genera pobreza y desigualdad, que impide que las personas se realicen y que obliga a la gran mayoría de la población a vivir en condiciones miserables de semiesclavitud al verse obligada a endeudarse para conseguir algunos de sus simples objetivos.

Nada de esto le interesa en verdad a la iglesia católica, si así fuera, renunciarían a sus millonarios privilegios y dejarían de comportarse tan mundanamente como cualquiera otro país.

Cuando este 25 de julio se reedite la marcha por un aborto libre, seguro y gratuito, la segunda en su especie, la que atravesará la arteria principal de la capital en plena hora punta, las y los asistentes alzaremos la voz para que el imperio de la cruz deje de someternos a sus reglas, para que comience a darse vuelta la tortilla del poder y gire desde lo religioso a lo laico, para que el aborto sea un hecho que en el seno de la familia, de la pareja o en la intimidad de una mujer, se decida realizar, y que no requiera del visado del estado ni signifique el castigo de ningún señor.

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