La defensa de la libertad de conciencia y del laicismo enoja a los neoinquisidores

“España conmemora hoy el XXVIII aniversario de la Constitución de 1978 que, junto a la Constitución de 1931, representa la más alta plasmación en la historia del pueblo español de su voluntad de vivir en un régimen democrático”, afirma el Manifiesto del PSOE con motivo de tan feliz efemérides. “No en vano –continúa el documento-, tras la quiebra del régimen republicano y con él, de la legitimidad democrática, el vivido desde la promulgación de la Constitución de 1978 ha sido el único período constitucional de normalidad democrática y estabilidad política”.

Este texto va acompañado de impecables reflexiones acerca de los valores que patrocina la Carta Magna. Por ejemplo, el de la “libertad de conciencia de todos los ciudadanos”. O, por ejemplo también, el de la “laicidad”. “La laicidad se configura como un marco idóneo y una garantía de la libertad de conciencia donde tienen cabida todas las personas con independencia de sus creencias o convicciones y de su condición personal o social, siendo por ello requisito para la libertad y la igualdad”, precisa el Manifiesto.

Iras reaccionarias
Estas alusiones –la de la II República y la de la laicidad– han provocado las iras de los reaccionarios, a pesar de que sus contenidos se ajustan a la letra y al espíritu de la Constitución. ¿O más bien habría que decir que han protestado precisamente por eso, porque tales contenidos se ajustan a la letra y al espíritu de la Constitución? Aunque desde hace pocos años los ultramontanos, más o menos disfrazados de demócratas, se han erigido en fatuos valedores de la Constitución, no engañan a nadie. Durante la transición, estuvieron muchos de ellos en contra de los principios constitucionales vigentes. O fueron reacios a los mismos, mientras anunciaban ya entonces, y a voz en cuello, el fin de España y la súbita acumulación de todas las desgracias.

Como en sus mejores tiempos
Les enoja el concepto de laicismo. El ABC se ha lucido como en sus mejores tiempos, alineándose significativamente con Libertad Digital, la COPE y el insigne Acebes. ¿Dejará por ello el talibán mañanero de insultar a Zarzalejos? No, en absoluto. El Manifiesto –sentencia el periódico madrileño de Vocento– es “fiel reflejo de una concepción rancia y anquilosada de la izquierda política”. ¿Qué pretende el laicismo para que la caverna se irrite tanto? Recurramos a la asepsia del diccionario: “Doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa”.

Según los Evangelios
¿Preservar a los ciudadanos, a la sociedad y, sobre todo, al Estado de las injerencias religiosas, las que sean, es algo rancio y anquilosado? ¿La exhortación de Cristo, según consta en los Evangelios, de “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” fue también una reflexión rancia y anquilosada? ¿O, por el contrario, lo que Cristo predicó hace dos mil años fue exactamente lo que el laicismo aboga, en la actualidad, fundamentalmente como consecuencia de la Revolución francesa de 1789?

Convicciones frágiles
Esos cristianos que tanto temor tienen a la independencia del Estado respecto a “cualquier confesión religiosa” demuestran la fragilidad de sus convicciones. ¿Es que necesitan del Estado para profesar su religión? Lo cierto en la práctica es que otorgan la razón a los teóricos de las teocracias y son indulgentes –aunque lo nieguen– con los excesos, tan criticados, del islamismo, convertido por desgracia en el referente de muchos Estados musulmanes.

El respeto más profundo
Cristo y sus discípulos no contaron, para difundir su buena nueva, con la protección de los mandamases de su tiempo. Peor aún: las autoridades de aquella época condenaron a muerte a Cristo y lo crucificaron. El laicismo no preconiza persecución alguna. Se basa precisamente en lo contrario, en el respeto más profundo a la libertad de conciencia de todos los seres humanos. La libertad de conciencia, que durante siglos fue acosada hasta extremos de violencia y salvajismo escalofriantes por los inquisidores de turno. La Inquisición ya desapareció por fortuna. Los neoinquisidores, sin embargo, continúan actuando. ¿Laicismo? ¡Va de retro, Satanás!

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