La construcción del Estado laico. El laicismo del siglo XXI

El sentido de la presente ponencia es reflexionar sobre el tema que se refiere en el título, con un sentido claramente pragmático. No es su finalidad, por tanto, realizar un trabajo de características académicas al uso, trufado con “citas de autoridad” procedentes de numeros@s estudios@s. Much@s autores inspiran esta ponencia, pero ningun@ será citado. Pretendo exponer, sin embargo, en torno a qué principios fundamentales puede desarrollarse el laicismo, como movimiento social organizado, partiendo de las circunstancias concretas de nuestro país, y cuáles podrían ser, a mi juicio, las actividades concretas que deberían ser objeto de nuestra atención en la etapa actual.

En lo concerniente al estudio del laicismo contemporáneo, han surgido en las últimas tres décadas estudios@s que, desde el campo de lo político, lo jurídico o lo filosófico han deducido diferentes taxonomías de dicho fenómeno. Así, frente a una canónica laicidad “a la francesa” se opondrían laicidades abiertas, positivas, inclusivas, separatistas, autoritarias, anticlericales, de reconocimiento y tantas otras más. Unas y otras serían modelos en los que “encajar” (o con los que explicar) cada realidad nacional concreta, y parece que bastaría con elegir (o rechazar) uno u otro modelo en este amplio “supermercado de conceptos”, al margen de cada realidad específica.

A veces, por el contrario, parece que cada modelo de laicidad recoge las diferentes y complejas realidades nacionales dentro de un sinfín de variables políticas, jurídicas o sociales, sin apenas posibilidad de conexión con otros modelos. En todo caso, aquell@s que más se esfuerzan por esquematizar la realidad, deben reconocer que la laicidad ( y el laicismo) se ha desarrollado en cada país en función de sus particulares características históricas, políticas, jurídicas, económicas y sociales. De ahí que sea sumamente escéptico en cuanto a lo que pueda aportar el reconocimiento de las diversas “laicidades” al desarrollo teórico y práctico del movimiento laicista.

Pero si de laicidad y laicismo vamos a hablar, debo empezar por definir ambos conceptos. Sin pretender anticipar una definición de laicismo de forma exhaustiva, partiremos del laicismo como movimiento que persigue el establecimiento de las condiciones políticas, jurídicas y sociales para el desarrollo pleno de la libertad de conciencia, en un marco de igualdad política y jurídica. Asimismo, la laicidad exige la emancipación de las instituciones jurídico-políticas estatales y de l@s ciudadan@s de cualquier exigencia doctrinaria, sea religiosa o política, y supondría la concreción jurídico-estatal de los principios del laicismo, que más adelante expondré. Puede decirse, por tanto, que el laicismo propugna, por tanto, la laicidad.

El laicismo no es, por tanto, un movimiento que luche exclusivamente contra la irrupción de las creencias religiosas en la esfera pública: todas aquellas convicciones de carácter ideológico que pretendan apropiarse (o servirse) de ella para imponerse a todas las conciencias deben ser objetivo del laicismo.

También es necesario introducir el concepto de secularismo o secularidad, pues suele confundirse con los dos anteriores y exige una delimitación. Más allá de la discusión teórica sobre el supuesto “paradigma de la secularización”, así como el de su correspondiente supuesta crisis, concibo el secularismo como un fenómeno social (no tanto político) que expresa la pérdida de influencia de las religiones, sus creencias y sus organizaciones en la sociedad, en la moral individual, en las costumbres y, en general, en la vida social.

La lucha por el reconocimiento de la libertad de conciencia (que se puede datar modernamente con la Reforma) y por la separación del poder civil y el religioso, aún cuando no es un fenómeno exclusivamente occidental, podemos rastrearlo de una forma sistemática desde el Humanismo renacentista, pasando por las guerras de religión en Francia, la Reforma y las revoluciones americana y francesa. Ésta última es la que más influencia ejercería en la consolidación de los principios del laicismo, tal y como hoy lo concebimos.

Así pues, la situación de la laicidad en cada país es el resultado del proceso histórico puesto en marcha por múltiples individuos, con sus muy variadas experiencias, y en situaciones de poder o subordinación en relación con la tutela ejercida por las creencias religiosas. En todo caso, sucesivos hitos históricos como la caída del Antiguo Régimen, la Revolución Francesa o el surgimiento de los estados nacionales democráticos y constitucionales han influido decisivamente en configurar la laicidad tal y como hoy la conocemos.

En todo caso, el proceso político que mejor ilustraría el surgimiento de la laicidad es la transición del poder político de los estados desde una legitimación basada en argumentos religiosos y teocráticos hasta una legitimación basada en la soberanía popular y, por tanto, en el poder civil. Es desde este aspecto de la legitimidad de las instituciones políticas en los estados actuales desde el que mejor podemos comprender la situación de la laicidad en cada país. Así pues, la laicidad es un proceso en construcción permanente, susceptible de flujos y reflujos, siempre inacabado y siempre perfectible hacia el Estado Laico.

Concebir la laicidad del estado como proceso tiene la ventaja de que nos ayuda a explicar los diferentes grados de secularización de sus respectivas sociedades, teniendo en cuenta asimismo la importante cuestión de si el poder, o la ascendencia, de la(s) iglesia(s) sobre los estados, así como su influencia social, se articula en torno a una o varias confesiones religiosas, así como el grado de hegemonía política que éstas ostentan.

En nuestro país, salvo el breve período de la Segunda República, laminado a sangre y fuego por la conjunción militar-clerical y las fuerzas políticas conservadoras, la legitimación política estatal ha sido de naturaleza teocrática. Hasta bien entrado el último cuarto del siglo XX no ha existido en España una Constitución que reconociera la soberanía popular, dotara de estructuras democráticas al naciente estado y declarara su aconfesionalidad (aunque ciertamente demediada).

Este indudable retraso político, unido a la relativamente reciente inserción de la economía española en los circuitos económicos y financieros internacionales, podría explicar la existencia simultánea de atavismos culturales y sociales junto a la rápida evolución de determinadas prácticas sociales propias del capitalismo avanzado, que se han consolidado en leyes reconocedoras de derechos. Pero dejemos este asunto para los sociólogos. Sólo quiero hacer patente que el grado de laicidad del estado y la secularización de la sociedad son procesos diferentes y no sincronizados.

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