La Caverna gijonesa

Anda estos días revuelta la derecha gijonesa. La nueva alcaldesa anuncia que no acudirá a la bendición de las aguas de la bahía porque entiende que el ayuntamiento debe ser laico. Y como si les hubieran herido en lo más hondo de sus intimas partes han reaccionado todos a una abalanzándose sobre la presa que invade la finca de su propiedad.

Tiene malos actores la Caverna en estas lides. El teatro es cultura y en esto la Caverna gasta poco. Actores que convenzan, que atraigan, que apasionen y seduzcan a la clientela y terminen comprando la mercancía. Que de eso se trata.

Por eso cuando esos malos actores gritan y se desmelenan llamando al respeto a las tradiciones, a que la participación de la alcaldesa es un deber con un gran colectivo ciudadano, a que otros socialistas lo hicieron, a que este no es el principal problema de Gijón, a que veremos eliminar la cabalgata de los reyes magos etc. etc. Nada nuevo. Esa mala representación ya la hemos visto demasiadas veces. Además de aburrida, no convence.

Por cierto, y solo con respecto a lo de las tradiciones, es curioso pues ahora resulta que Areces fundador de la fiesta y de la participación en las bendiciones fue nada más y nada menos que un santo mártir de la época de Diocleciano que aconsejado por un tal Pedro que pasaba por Gijón le recomendó semejante ceremonia. De ahí lo de la tradición tan antigua defendida por la Caverna.

Ese es el fondo de la cuestión: Los Intereses. A la Caverna le importa un bledo San Pedro, las bendiciones y sus parafernalias. La Caverna tiene sus máximos intereses en la defensa de un régimen que se sustenta en tres pilares fundamentales: La Banca (el capital financiero), La Monarquía y la Iglesia católica. Un Régimen que le permite mantener el Estado como su finca privada, un régimen que a la iglesia le mantiene sus privilegios y en definitiva un régimen a través del cual mantiene su poder inalterable desde hace siglos.

Y esto que no se lo toquen porque están dispuestos a lo que sea necesario. ¿Alguien lo duda?

Y la verdad sea dicha tampoco les importa mucho tener malos actores en su defensa. Nunca fueron ilustrados y más que del teatro gustan de los toros.

En fin, mala, mala venta tiene esta mercancía por su mala calidad y por sus malos comerciantes. Triste figura la del párroco que en esta baraúnda grita y se desgañita: Oigan, oigan que mi mercancía es buena, que nunca hizo mal a nadie.

José Luis Iglesias, ex-presidente de Asturias Laica

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