La barca de los ateos

LOS fieles de Albuñol no son mejores que su Arzobispo, que está actuando con prepotencia y arbitrariedad. Ellos también. Ambos están cegados por su razón. Cada uno cree que Dios está de su parte. Aunque ninguno cree en Dios, sino en los

En la vida real, no hay buenos ni malos totales. Pero es que, en el asunto que enfrenta a los de Albuñol con la Curia, parece no haber ni un solo bueno. Ni siquiera el cura. Esa 'trouppe' de fieles que reivindica a un párroco se comporta tan airada y arbitrariamente como presuntamente lo está haciendo el Arzobispo.
Ni uno ni otros siguen el cristianismo en cuyo nombre dicen actuar. Con sus decisiones, el Arzobispo ha demostrado con qué caprichosa y mundana pasión enfrenta los asuntos religiosos. Su ministerio está lleno de parcialidades. Las palabras perdonar, compasión o solidaridad están lejos de su quehacer, aunque adoba frecuentemente sus discursos con ellas.
Pero los vecinos que protestan adolecen de los mismos defectos. Sus creencias están cogidas con pinzas. Han amenazado con hacerse 'ateos' si no se cumple su voluntad. Una infantiloide rabieta. «Si no me compras la Play, no te quiero». El pueblo español sigue siendo menor de edad. Los albuñolenses no están luchando por su fe, que es de quita y pon. Están luchando por un salvador. No luchan por participar más en la iglesia. No luchan por los desfavorecidos. Están luchando por un cura. No por un cura en general, sino por un cura concreto, con nombres y apellidos. El intermediario convertido en diosecillo.
Hay amores que matan. Si yo fuera ese sacerdote, pediría a mis fans que dejaran de jalearme. Les diría que lo importante no son las personas, sino los principios. Daría el ejemplo que no está dando el Arzobispo: un acto de humildad. A fin de cuentas, ¿no dijo Jesús de Nazaret en el Sermón de la Montaña que «bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la Tierra»? Si yo fuera ese cura, tiraría la toalla y aceptaría la arbitrariedad del jefe.
Lo del Arzobispo, desde luego, es claramente una bofetada a la sensatez… y a lo que defiende el cristianismo. Pero también dijo Jesús de Nazaret que «al que te abofetee en la mejilla derecha, ofrécele también la otra». Los fieles, sin son realmente los cristianos que dicen ser, deberían haber puesto la otra mejilla. ¿Cómo? Demostrando que la Iglesia no es un cura, sino ellos y que, con su sacerdote o sin él, pueden ser igual de solidarios. Deberían haberse organizado para hacer lo que hacía el cura y más. Eso habría sido poner la otra mejilla. Pero, en su lugar, se han ido a llorar por ahí, victimistas y felices con su pequeño momento de gloria. Una gloria aparente, porque es indicio de la España profunda: una España que está acostumbrada a ser tutelada, pero que jamás toma las riendas para ser responsable y protagonista. Luchan por el pez, no por la caña de pescar.
Tanto está llorando este grupo que la reivindicación se ha convertido en un sainete. Es patético verlos errar desconsolados de un sitio a otro. Han hecho un ídolo de una figura de barro (lo que somos todos). El Arzobispo también ha hecho un ídolo de una figura de barro. Tanto monta, monta tanto.
Cada vez me alegro más de haber abandonado la barca y ser agnóstico desde que tengo uso de razón. Ni por todos los tesoros del mundo y de la eternidad querría viajar con semejante patrón ni semejantes marineros.

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