Javier Krahe y la blasfemia

La palabra “blasfemia” da miedo. Porque todos somos blasfemos potenciales si atendemos al significado exacto del término. Y porque, habiendo cientos de dioses y de religiones en el planeta, aun la persona de mente más religiosa es susceptible de emitir juicios irónicos, sarcásticos o negativos contra los dioses de las religiones que no profesa. Un cristiano es fácilmente blasfemo respecto de Alá, Buda, Julat, Tialot o Thor, y un musulmán será blasfemo respeto al dios cristiano o a cualquier dios que no sea el suyo.

Y también da miedo porque es un término subjetivo que criminaliza a cualquiera que emita un juicio o una afirmación que contradiga supuestos que racional y científicamente son indemostrables. De tal manera que cualquier científico e investigador es, en potencia, un blasfemo. Lo fueron Galileo, y Copérnico, y Newton, y Darwin por demostrar realidades científicas que se oponen radicalmente a los preceptos míticos de la religión cristiana. Fueron juzgados y sentenciados por ello. Y cualquier persona que simplemente emita una expresión crítica, o se cuestione analíticamente las religiones es blasfema. El hecho mismo de pensar, de razonar, de buscar la explicación de las cosas es blasfemia, porque, repito, el hecho religioso se basa en preceptos mitológicos e indemostrables que se imponen sin posibilidad de cuestionamiento.

La blasfemia es, en esencia, el modo implacable de todas las religiones para evitar ser cuestionadas, criticadas o debatidas. Y ha sido una herramienta perfecta para garantizar su hegemonía incuestionable a lo largo de los siglos. La Inquisición fue durante siglos, en el caso del cristianismo, el tribunal ejecutor que garantizaba el pensamiento único que la Iglesia imponía en Occidente, vetando y criminalizando cualquier acto o expresión que delatara que no se pertenecía a la secta católica. El hecho de ser judío, o musulmán, o racionalista, o científico, o ateo, o agnóstico, o librepensador, o sabio, o lector, o mujer culta o libre, u homosexual, o enfermo mental, o discapacitado, o humanista, o pensador, o filósofo…. era algo muy cercano a la blasfemia, y exponía gravemente a estas personas a ser juzgadas y ejecutadas por no “seguir la doctrina cristiana”.

Y no es algo tan lejano, en España estuvo vigente hasta 1834, en pleno reinado de Isabel II, aunque fue abolida legalmente por las Cortes de Cádiz en 1812. A nivel efectivo, sin embargo, sigue estando vigente en la institución denominada “Congregación para la Doctrina de la Fe”. Para la Iglesia , blasfemo o hereje es, en realidad, todo aquél que no se adhiere a su militancia. Por tanto, el hecho religioso, en su ideario totalitario, se opone radicalmente a todo diálogo o consenso, niega el pluralismo, rechaza la libertad, la biodiversidad y la investigación científica, veta la racionalidad, el pensamiento crítico, el conocimiento y la búsqueda de la verdad.

Lo que sorprende sobremanera y nos hace sentir en la España oscura de hace tres o cuatro siglos es que, a estas alturas, se haya juzgado a Javier Krahe por un vídeo de hace tres décadas en el que, con sarcasmo e ironía, utilizaba conceptos y mitos religiosos para, de manera surrealista, crear un mensaje artístico alternativo. En la creación y en la emisión de este vídeo no hubo, según aseguran los interesados, intención alguna de ofender el sentimiento religioso. Sin embargo, en el Código Penal español existe un artículo, el 525, que condena las supuestas “ofensas” al sentimiento religioso, y ello enmarcado en la concepción arcaica que algunos sostienen sobre la llamada “libertad religiosa”.

Me pregunto qué impide en este país que se profese la libertad religiosa. La religión católica es increíblemente libre, y además financiada de manera multimillonaria con fondos del Estado, es decir, de todos los españoles; goza de ingentes privilegios de todo tipo, incluida la exención en el pago de impuestos. España está llena de templos y ningún español tiene problemas para asistir a sus cultos ni profesar sus creencias. Los racionalistas, agnósticos, librepensadores, ateos o laicistas no pueden decir, en absoluto, lo mismo, sino todo lo contrario, siendo los que, a todas luces, se encuentran con serias barreras para expresar sus ideas y sus creencias.

¿Cuál es, entonces, la libertad que se vulnera, la religiosa, o la libertad de pensamiento y de expresión? Porque en este país parece que no se es libre de opinar si no se es adepto a la religión. Y parece que los que se sienten ofendidos en su sentir religioso no tienen en cuenta las ofensas, que son muchas, que se emiten en otra dirección. Sorprende también que, como dice Wyoming, la parte ofendida no se conforme con la penitencia de rezar tres Avemarías, en lugar de exigirle a Krhae, por vía judicial, casi 150.000 euros. El caso es que en 2012 parece que hayamos retrocedido a los tiempos bárbaros y lúgubres de Torquemada y de la Inquisición, tiempos en que era el miedo el verdadero protagonista de la vida de las personas.

Coral Bravo es Doctora en Filología

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