Inocente tradición

Al ver pasar la alegre comitiva de los escolares con sus nardos para la Patrona, sonreía pensando qué clase -¿Ciencias?- habrían suprimido en el cole para ir tan felices a cumplir con esta inocente tradición.

La alegría infantil me sacó de la lectura de la Carta de la laicidad en la Escuela que el gobierno francés ha decretado para la comunidad educativa de la República. Un sencillo texto de 15 puntos, aplaudido desde todo el abanico político, dirigido al profesorado, alumnado y padres, con los principios laicos de tolerancia y convivencia que deben regir la Escuela.

Un divertido 'atasco' de escolares y nardos en un semáforo lo solventó una eficaz maestra, mientras yo repasaba la Carta donde se dice que incumbe a los docentes transmitir a sus alumnos el sentido y valor de la laicidad y velar por su aplicación, sin manifestar su convicción política o religiosa en el ejercicio de sus funciones.

Iba cavilando que aquí vivimos entre inocentes tradiciones que difuminan la línea que separa lo institucional y lo religioso: ¿Dónde acaba lo civil y comienza el culto en esos cristos alcaldes perpetuos, honores militares a imágenes sagradas, autoridades civiles presidiendo actos en iglesias o la ocupación del espacio público por actos religiosos?

Mientras veía a los chiquillos entrar en el templo, leí en la Carta que la laicidad en la Escuela protege al alumnado de todo proselitismo.

El laicismo no es anticlerical, solo garantiza la separación de Estado y religión. Y, como dice la Carta, no pone trabas a la libertad ni va contra nadie, cada cual es libre de creer o no, pero asegura la igualdad en el trato a todos.

Aún olía a nardos en la calle, y yo imaginé un futuro laico sin Concordato con la Santa Sede y sin referencias confesionales en la Constitución, el Código Civil o la Ley Hipotecaria. Pero soy pesimista, pues si un partido que se dice socialista en el gobierno no solo no impulsó la separación de iglesia y Estado -esencial en toda causa ideológica de izquierdas- sino que tragó con los intereses educativos y económicos eclesiales, ahora me temo lo peor.

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