Horrores y ‘burkinis’: demagogia de la derecha, perplejidad en la izquierda

Francia ha vivido un verano horrible. Los atentados terroristas de Niza y Normandía han reforzado el clima de miedo, de pánico, de inseguridad. Lamentablemente, la reacción de algunos dirigentes políticos, el ruido de las redes sociales y la intransigencia creciente de un sector de la ciudadanía han hecho poco por serenar los ánimos.

NIZA: DE LA TRAGEDIA AL ESPERPENTO

Lo que empezó como una tragedia en el Paseo de los Ingleses de Niza ha devenido en esperpento. La aparición frecuente en las playas francesas de un bañador que cubre de forma casi integral a algunas bañistas musulmanas, llamado burkini (de burka y bikini), impulsó a una veintena de ayuntamientos del Midi francés a prohibir este tipo de prendas de baño. Las razones esgrimidas por los responsables municipales son, como mínimo, discutibles. Se considera que esas prendas no son «respetuosas de la buena moral y del secularismo», ni consistentes con «las normas de higiene y seguridad de los bañistas en las playas públicas».

El ayuntamiento de Niza, controlado por la derecha republicana, encabezó esta iniciativa supuestamente secular, pero los alcaldes socialistas de otras localidades se han adherido. El primer ministro, el socialista Manuel Valls, se apresuró a respaldar a los alcaldes, afirmando que el burkini es un símbolo de la «esclavización de la mujer musulmana».

La polémica se estaba desarrollando dentro de los habituales límites del debate clásico en Francia sobre la secularidad, la exhibición de símbolos religiosos en lugares públicos y la obligación del Estado a respetar el principio de la laicidad, consagrado en la Constitución.

Hasta que se publicaron la semana pasada las fotos de unos policías municipales obligando a una mujer musulmana que estaba tumbada en la playa de Niza a despojarse de túnica, pantis y velo, para luego multarla y expulsarla del lugar. El debate ha rebasado los cauces políticos y se ha instalado en los medios y redes sociales, con una pasión considerable.

En otro incidente anterior, en esta ocasión en la playa de Cannes, otra mujer recibió un trato parecido. Pero en este caso, el diario británico THE GUARDIAN aseguró que, según una periodista francesa, testigo presencial de lo ocurrido, algunos de los bañistas aplaudieron a los policías e increparon a la mujer con gritos de «vete a casa» (1).

Se han alzado numerosas voces denunciando la «humillación» a la que se vio sometida la mujer de la playa de Niza. Lo más revelador es que las protestas por la actuación policial no se han limitado al ámbito musulmán. Una organización feminista, Osez Les Feminism, ha señalado que las medidas restrictivas impuestas por los ayuntamientos convierten a las mujeres víctimas de una doble discriminación: si el patriarcado musulmán les priva de sus derechos por la aplicación de unos supuestos principios religiosos, el Estado «les somete a opresión religiosa» y les niega sus «libertades fundamentales».

CRÍTICAS DESDE EL EXTERIOR

La semana pasada el NEW YORK TIMES publicaba un artículo de análisis sobre las razones de este empeño del Estado francés en vigilar la indumentaria. Algunos de los expertos sobre el Islam en Francia aseguraban que el asunto del burkini  iba más allá de unas normas públicas de vestimenta, e incluso del encuadramiento de la práctica religiosa. El asunto clave es la identidad nacional, un concepto del que ha hecho bandera la derecha y que ahora parece generar contradicciones también en la izquierda. Cada vez que el país se ve sometido a presión relacionada con el mundo islámico, se produce una intensificación de estas normas restrictivas sobre la vestimenta. De lo que se trata, según estos especialistas, es de «presionar a los musulmanes franceses para que se desprendan de cualquier sentido de identidad comunitaria y adopten la identidad francesa»; la convivencia de una y otra no es posible (2).

El NEW YORK TIMES apoyó este análisis con un editorial en el que calificaba la actitud oficial francesa de «fanatismo» y «paternalismo» y denunciaba que detrás del «lío delburkini» se esconde «una conveniente distracción de los problemas que los líderes franceses no han sido capaces de resolver: alto desempleo, deslucido crecimiento económico y la persistencia real de la amenaza terrorista» (3).

Otros medios han vertido comentarios más ácidos, como una periodista del Buzzfeed:«¿Esto es la laicidad?, ¿es esto ser liberal?, ¿hombres que obligan a una mujer a desvestirse?». Uno de los twitter más agudos muestran fotos de monjas bañándose con sus hábitos con la pregunta: «¿serían ellas obligadas a despojarse de sus vestimentas?». O una foto comparativa de buzos y mujeres en burkini.

La polémica ha alcanzado tal dimensión que el propio Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon ha criticado el incidente de la playa de Niza, «afirmando que debe respetarse la dignidad de todas las personas, y no parece que en este caso haya sido así».

En este río revuelto, la propia creadora del burkini, la modista australiana de origen libanés, Aheda Zanetti, proclama en un artículo para THE GUARDIAN, que creó esta prenda para «dar libertad a las mujeres musulmanas, no para que se la arrebataran», y se pregunta «quienes son mejores, los talibanes o los políticos franceses» (4).

La inhabitual dureza de estos medios anglosajones ha escocido en Francia. El diario LE MONDE se refiere este jueves a la «incomprensión de la prensa internacional», pero reconoce que las fotos de Niza han provocado «indignación».  En realidad, algo más.

Se empieza a apreciar algo parecido a una marcha atrás en Francia. El primer ministro Valls, sin retractarse de su apoyo a la prohibición del burkini, ha criticado la actitud xenófoba detectada en el incidente de la playa de Cannes. En parecidos términos se ha expresado el Ministro del Interior. En declaraciones a la emisora de radio EUROPE-1, la ministra de Educación, Najad Vallaut-Belkacem, de origen argelino, se ha manifestado opuesta al burkini, pero ha señalado que las actuaciones policiales constituyen «una deriva peligrosa para la cohesión nacional». Su antecesor en el cargo, Benoît Hanon, candidato socialista a las primarias presidenciales, se ha mostrado mucho más crítico con estas medidas por considerar que no favorecen un clima de tolerancia y respeto.

En cambio, el también candidato presidencial, pero de la derecha, el ex-presidente Sarkozy, declaró al magazine de LE FIGARO que «permanecer impasible» ante el burkinisupondría «otra retirada» de Francia, y defiende que las actuales medidas sobre restricción de vestimentas en la enseñanza primaria y secundaria y edificios oficiales se extiendan a las universidades y a compañías privadas (5).

Así de emocional se dibuja la rentrée. Lo que se temía se está empezando a producir. El terrorismo ha hecho saltar las costuras de la sensatez y la serenidad. La derecha cada vez se diferencia menos de la extrema derecha en la cuestión identitaria y la izquierda se presenta perpleja, contradictoria y dividida sobre la mejor forma de hacer frente al desafío de garantizar las libertades sin parecer blanda o dubitativa.


(1) THE GUARDIAN, 24 de agosto.
(2) «France ‘burkini’ bans are more than religion or clothing». AMANDA TRAUB. THE NEW YORK TIMES, 18 de agosto.
(3) «France’s Burkini Bigotry». THE NEW YORK TIMES, 18 de agosto.
(4) THE GUARDIAN, 24 de agosto.
(5) LE FIGARO MAGAZINE, 19 de agosto.

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