Homofobia y odio

Sea como sea, lo que constatamos una vez más es que el ideario religioso y fundamentalista impregna al gobierno, a sus miembros y a las instituciones públicas que regentan.

Desde que nos gobierna el Ejecutivo de Rajoy, el confesionalismo más tenaz está firmemente instalado en el Estado; es algo que venimos comprobando desde el mismísimo día en que se erigió con el poder. Y desde ese mismo día los españoles estamos siendo testigos de numerosas manifestaciones de todo tipo, por parte de ministros y altos cargos, que demuestran el fundamentalismo, la irracionalidad y el acientifismo de que hacen abiertamente gala. Desde plegarias y absurdas rogatorias a santos, a donaciones multimillonarias a organizaciones sectarias catalogadas como “ultra”.

Una nueva “perla dialéctica” en ese catálogo asombroso de improperios fundamentalistas acaba de ser emitida, la semana pasada, por el ministro del Interior, miembro, según diversos medios, de la secta Opus Dei, que, como casi todos sabemos, no se caracteriza, precisamente, ni por su moderación ni por su espíritu democrático. El ministro, participando en un coloquio sobre religión y espacio público en la Embajada española en Roma, hizo una acalorada defensa de la subordinación de la vida pública a la religión, la católica, claro. Es decir, vuelta al franquismo.

En este mismo espacio tuvo ocasión de reiterar su desacuerdo con el rechazo del Tribunal Constitucional al recurso que presentó el PP ante la Ley de matrimonio de personas del mismo sexo que aprobó el ejecutivo Zapatero en 2.005. Y dijo que no usaba “argumentos confesionales” sino que acudía a un “argumento racional” para oponerse a la protección del Estado a ese tipo de matrimonios. Su “argumento racional” era éste: con los matrimonios homosexuales la pervivencia de la especie humana no está garantizada. ¿Es ésta la racionalidad del señor ministro del Interior? Yo lo que percibo es una manifiesta homofobia.

¡Veámos! Si estuviéramos en el período prehistórico del Paleolítico Inferior (…porque el Superior ya es muy moderno para el señor ministro) quizás se podría considerar su razonamiento como “racional”. En esos tiempos la especie humana luchaba, como todas, por su supervivencia. A partir de ahí, la supervivencia de esta especie que llamamos inteligente y racional (no sé hasta qué punto de manera certera) ya estaba más que garantizada (para desgracia, por cierto, de la supervivencia del planeta y del resto de especies). A día de hoy, alrededor de tres millones de años después, si hay un problema para la especie humana con respecto a su pervivencia es precisamente el contrario al que argumenta el ministro: la desmedida superpoblación humana del planeta.

Los datos están ahí. En octubre de 2011 la ONU emitía una alerta por superpoblación mundial, al haberse alcanzado la increíble cifra de 7 mil millones de habitantes en el mundo, y, con toda probabilidad, se superarán los 10.000 millones en este mismo siglo. Y el problema no es que se haya multiplicado de manera exponencial la población mundial en un solo siglo, el verdadero problema es que esta superpoblación provoca un gran deterioro del entorno, un gran descenso de la calidad de vida y la extinción del hábitat natural y del resto de especies. El documento de la ONU alertaba como crítico este problema no sólo para la humanidad, sino para el mismo planeta Tierra. Y enfatizaba en las nefastas consecuencias de un mundo superpoblado en términos de igualdad, oportunidad y justicia social.

Por otra parte, el señor ministro del Interior no ha tenido en cuenta, al exponer su “argumentación racional”, que, si se opone a los matrimonios homosexuales por poner en peligro, según él, la pervivencia de la especie humana, en la misma línea argumentativa debería de oponerse al celibato clerical, y al celibato que imponen, de manera obligatoria, a muchos miembros de la organización religiosa fundamentalista a la que supuestamente pertenece. Sin embargo, según él, los homosexuales deben contribuir a la perpetuación de la especie, no los heterosexuales que renuncian a la procreación en base a dogmas religiosos injustos, tiranos, inhumanos y obsoletos.

Sea como sea, lo que constatamos una vez más es que el ideario religioso y fundamentalista impregna al gobierno, a sus miembros y a las instituciones públicas que regentan. El laicismo democrático, que debe garantizar la asepsia confesional de todas las instituciones del Estado, en este país es inexistente. Y lo contrario al laicismo es el fundamentalismo, y el fundamentalismo es, en esencia, odio. Odio al diferente, odio al que no se atiene a las pautas rígidas que pretende imponer como únicas, odio al pluralismo, odio a la diversidad, odio a las personas, odio a la moral natural, odio a la vida, odio a la libertad. Decía Spinoza que el odio más irracional y más profundo suele ser el odio teológico, curiosamente un odio que emana de los que predican el amor falsamente. Porque el amor verdadero es, como decía el sabio Jiddu Krishnamurti, ayudar al otro a ser libre.

Coral Bravo es Doctora en Filología

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