Hay que ser políticamente incorrectos con el fanatismo, y que tiemble el misterio

Una aparente ola de incredulidad envolvió a todos los familiares, amigos, conocidos y musulmanes de buena fe de los jóvenes asesinos que salieron a la calle el jueves 17 por la tarde dispuestos a matar infieles. Y lo hicieron, en Las Ramblas de Barcelona. Y en Cambrils, lo intentaron. Previamente, y bajo el liderazgo de un imán salafista, que los captó como soldados de una secta súper secreta, los Takfir Wal Hijra, intentaban preparar artefactos explosivos para cometer una masacre, quizás en la Sagrada Familia, quizás en un acto multitudinario, ya se sabrá, y como les explotó el laboratorio, prepararon rápidamente el plan B: furgoneta y cuchillos y a la caza.

Puede decirse que estaban sedientos de sangre, y también que habían engañado a muchos –no a tantos como los que se hacen los sorprendidos, porque una buena parte de la inmigración islámica en Cataluña pertenece al salafismo-…, pero también puede afirmarse que las razones no son tan complejas como suele decirse en estas circunstancias. Aquí conviene aplicar la ‘navaja de Ockan: «en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable».

«No todos los musulmanes somos terroristas», han expresado muchos creyentes en Alá y en el profeta. «No somos asesinos», se ha leído en pancartas artesanales. Y es verdad, seguramente. También son importantes las muestras de condolencia y esas imágenes de un imán lloroso abrazándose con el padre de un niño muerto en la matanza; o el marroquí que reparte abrazos en el paseo, cerca del mosaico de Miró. O tantas expresiones de dolor y de consuelo como ha habido, y de rechazo al crimen y al odio por parte de musulmanes de a pie. «Condeno a los que muerden la mano que les da de comer», dijo uno en televisión. La clave es saber cuántos ‘no saben/no contestan hay’. O si son más los tibios. Hay un dato preocupante: informes solventes indican que Cataluña está infectada de salafistas que controlan, aseguran, más de la mitad de las pequeñas mezquitas.

Pero el huevo de la serpiente se incuba despacio en condiciones propicias. Es la fe en lo irracional, el integrismo ciego, el fanatismo, la aplicación de estilos de vida medievales en sociedades tribales, como las de los desiertos arábigos hace más o menos 1.500 años. La extrapolación a la actualidad de unos mandamientos escrito por Mahoma – que nació en la Meca en 575 y murió en Medina en 632- plantea un problema irresoluble, un conflicto en origen: no hay solución, a no ser que la interpretación de estos textos y su desarrollo no se acople a la actualidad. Civilización es sinónimo de progreso; en el mundo de lo real, el progreso no está en desandar lo andado y vivir en un eterno retorno al pasado reinventado y a los cuentos de Las Mil y Una Noches.

Hubo un poeta nacido en Siria y muerto en 1057, antes pues de la primera Cruzada, una de las mayores figuras de la literatura árabe, que ya tenía claro el asunto en aquellos tiempos, cuando las doctrinas de los seguidores del profeta, yihads y persecuciones…. Dejó escrito, como aviso para la posteridad: «Los habitantes de la Tierra se dividen en dos/los que tienen cerebro, pero no religión/ y los que tienen religión, pero no cerebro».

Otro importante intelectual, Salman Rusdhie, novelista nacido en India y con la nacionalidad británica, y el título de sir, que padeció una fatwa que le condenaba a muerte dictada por el ayatolá Jomeini (que ofrecía una recompensa de 3 millones de dólares por su muerte), firmaba en 2006 una carta conjunta con otros once escritores de orígenes musulmanes tras la polémica suscitada por la publicación de unas caricaturas de Mahoma en un periódico danés y en el francés Charlie Hebdo. Decían: «Tras haber vencido al fascismo, al nazismo y al estalinismo, el mundo se enfrenta a una nueva amenaza global de tipo totalitario: el islamismo….»

No es cierto que el yihadismo sea un fenómeno nuevo, vinculado a errores occidentales, o budistas, o animistas, o del ateísmo universal. La historia documenta que es un fenómeno nacido con la propia religión que lo sustenta. Es cierto, por supuesto, que el cristianismo también tuvo sus yihads, que aterrorizaron a Europa durante siglos, provocando grandes mortandades. Y no es menos cierto que, mientras el cristianismo se ha ido amoldando a los tiempos, casi siempre arrastrado por el empuje laico, por las luces de la razón, por la democracia y los votos, el mundo islámico permanece aferrado a los dogmas medievales nacidos entre La Meca y Medina.

Vivir en una sociedad cerrada, soportando desde niños la matraquilla, viviendo, sin ser conscientes, el odio al otro, a los infieles, dirigidos por religiosos (imanes) fundamentalistas, tiene que tener resultados demoledores de descerebramiento colectivo.

Mustafá Kemal Ataturk, el padre de los turcos, en cuanto tomó el poder, liquidó la institución del Califato y el Sultanato otomanos y los sustituyó por una república laica. Por supuesto, abolió la sharia y todas aquellas costumbres o normas que se opusieran a un gobierno progresista que sacara a Turquía del atraso y la dormidera. Sin embargo, su obra ha sido derruida por el voto popular, que le ha dado todo el poder a un islamista que vendió a Europa la idea de un islamismo democrático similar a lo que ha sido la democracia cristiana, pero que ya ha desplegado todas las velas hacia el islam tradicional. Erdogán es el califa en lugar del califa.

Hay circulando en Youtube, estos últimos años en forma de bucle incesante, un vídeo en blanco y negro subtitulado de Gamal Abdel Nasser, el padre del panarabismo político moderno, en el que cuenta a una gran multitud, en 1958, sus problemas con el líder fundador de los Hermanos Musulmanes. Nasser se desternilla de risa cuando narra cómo su interlocutor le exige que haga una ley para forzar a todas las mujeres a ponerse velos, y que él contesta, «pero si tú tienes una hija que estudia medicina en la escuela de El Cairo y no has sido capaz de ponérselo, cómo se lo voy a poner yo a diez millones de mujeres egipcias…». En otro momento del documental, Nasser trata una primera derivada del velo obligatorio: la otra exigencia de que se prohíba trabajar a las mujeres. El presidente egipcio explicó que el trabajo hacia libres e independientes a las mujeres, y les ayudaría a atravesar con dignidad la vejez….

 

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