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Hablando con muertos

Aprovechando que mañana es el día de Todos los Santos, he pensado dedicar el presente comentario al tema de los Difuntos, que la Iglesia católica llama 'fieles' sin que nadie sepa a quién son leales los muertos, más allá de a la tierra que los cobija, y de qué manera podría ser infiel aquel fiambre tan feo que la palmó como un pajarito en la cama. La idea del presente artículo me la dio un reportaje en este mismo periódico sobre una princesa de rancio abolengo que hablaba con los muertos. Lo que en principio no parecía ser más que una extravagancia de la gente de sangre azul, había merecido serios reproches de la jerarquía católica hacia la parlona Mara Luisa de Noruega, princesa por la gracia de Dios, que hizo unas declaraciones asegurando que era «capaz de percibir la presencia de espíritus y hablar con ellos», ya que no la resultaba «muy difícil ponerse en contacto con los muertos». Si el trabajo periodístico hubiera acabado con una princesa hablando con los difuntos como el que habla con la frutera en la plaza, no habría llamado mi atención, porque ni me preocupa con quién pega la hebra cada uno ni me importan un higo chumbo las tontunas que le pasen por la cabeza a Su Alteza Serenísima o como quiera que se llame.
Lo que me resultó chocante fue la aparición en tromba de la jerarquía católica reprendiendo a la susodicha pava por llamar a los muertos de vez en cuando. Así, el muy noble señor arzobispo de Tunsberg, Laila Riksaase Dahl, no se cortó un pelo diciendo «que los muertos pertenecen exclusivamente a Dios y deben descansar en paz», para añadir seguidamente que «tratar de alterar eso puede liberar fuerzas ocultas que desconocemos». Jodo, Floro. El remate a la faena eclesiástica llegó de la mano de otro monseñor, el de Stavanger, Erling Pettersen, quien declaró a un diario noruego que «contactar con los muertos puede conducir a un tipo de religiosidad muy poco sano». A pesar de mis principios republicanos, nada más leer ambas declaraciones decidí ponerme del lado de la princesa en aplicación del famoso axioma: mira quién fue a llamarle puta a la Zapatones.
No me digan que no resulta chocarrero que la Santa Madre Iglesia critique a una princesa por comunicarse con los muertos, que es lo que llevan haciendo ellos desde algo más de veinte siglos. Cualquier sacerdote, obispo y demás familia se pasan la vida hablando con gente más muerta que Carracuca, desde San José María Escrivá de Balaguer al Padre Hoyos, pasando por San Sebastián, que tiene playa. Y no solo hablan, sino que piden cosas materiales como la lluvia para las cosechas, o tan inmateriales como la salvación del alma. Concluso pensando que la reacción de la curia solo puede ser competencial, porque de otra manera no se entiende cómo pueden criticar a la princesita por hablar con los fieles difuntos, mientras ellos les llaman para pedir y nos invitan a los demás a hacer lo propio. Pura envidia.
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