Francisco, el papa de los gestos admirables

Estaba lejos de casa cuando Benedicto XVI dimitió, y me tocó nuevamente estar lejos cuando Francisco asumió como papa de la Iglesia Católica. Esta vez eran unas largas vacaciones; así pude escapar bastante al torrente de admiración acrítica, estúpida o patéticamente excusatoria que llevó consigo, triunfante, la barca de la iglesia con Jorge Bergoglio recién puesto al timón.

No es que hayan faltado críticas. Las hubo y muchas, pero se han centrado en lo que Francisco personalmente hizo o dejó de hacer durante la dictadura militar, en su ya infame carta a las monjas carmelitas donde llamaba a una “guerra de Dios” e indirectamente llamaba a los activistas por el matrimonio igualitario instrumentos del Demonio, o (en el caso de los que apoyan al gobierno kirchnerista) en sus operaciones políticas contra los Kirchner. Los defensores de Francisco han podido salir del paso de estos cuestionamientos sin demasiados problemas. El asunto de la dictadura se “resolvió” mostrando testimonios de personas a las que Jorge Bergoglio ayudó a escapar de la dictadura o el del Premio Nobel de la Paz certificando que Bergoglio no fue un colaboracionista, denunciando una campaña sucia por parte de un sector de la izquierda anticlerical y haciendo hablar al jesuita sobreviviente del incidente que se le endilga a Bergoglio desligándolo de toda responsabilidad. Que una persona pueda ayudar a unos y hacer la vista gorda con otros no se le ocurrió a nadie; que el mismo Premio Nobel de la Paz haya dicho hace sólo ocho años que Bergoglio no debía ser elegido Papa porque había sido —como mínimo— “ambiguo” ante la dictadura, que cualquier cosa (desde un caso de pederastia hasta el lavado de dinero) sea para los católicos prueba de una “campaña sucia”, o que el sobreviviente y único acusador directo de Bergoglio esté en un monasterio de clausura de su orden bajo votos de obediencia, tampoco. Con respecto a la casi surrealista referencia al demonio y la guerra divina, he notado con desconcierto que incluso los que no son papafranciscanos acérrimos defienden al papa con un argumento que se resume en “Pero si es un líder católico, ¿qué querías que dijera?”, como si la libertad de pensar y elegir las palabras de manera de no incitar a interpretaciones extremas quedara anulada al ponerse la mitra episcopal.

Los papafranciscanos incluyen a más de un ateo y hasta a unos cuantos anticlericales típicos, que han quedado genuina e ingenuamente embelesados ante la “humildad”, la “austeridad” y algunos de los gestos de Francisco, que —bien vale aclarar— no han tenido aún ningún efecto visible y concreto sobre la Iglesia o sobre los millones de fieles de los cuales ésta se alimenta, si se descuenta la donación (presunta) del equivalente del pasaje de avión a Roma por parte de dos senadores argentinos, que se ocuparon de publicitar ampliamente su renuncia a viajar a la asunción papal. La autoasumida “pobreza” de Francisco, su sonrisa afable, su trato de igual a igual con personas sin jerarquía, sus zapatos negros de marca barata, sus viajes en transporte público en Buenos Aires, ¡hasta el hecho de que compre el diario en la esquina y tome mate como cualquier argentino!, han transformado el cargo de líder de la Iglesia Católica a sus ojos.

Y aquí es donde tengo que criticar, y criticar en serio. Me importa, francamente, un comino si Francisco es amable o despreciativo con los cartoneros, con su diariero o con los obispos sobre los que ahora gobierna cual rey feudal sobre sus reyezuelos vasallos (el modelo de gobierno de la Iglesia es precisamente ése y no otro). No podría importarme menos si lava los pies a doce hombres pobres en Semana Santa, en un ritual muy conmovedor para algunos pero que no me mueve un pelo a mí. Me parece suprema y abrumadoramente falto de significado que pida pobreza y abnegación a los sacerdotes y lo ejemplifique no usando zapatos de Prada. Sobre todo me tiene sin cuidado que esos gestos sean planeados o espontáneos. La personalidad del pontífice y sus acciones y dichos accidentales pueden influir en su iglesia y en la visión que otros tienen de su iglesia, pero no me influyen directamente a mí, porque yo no soy parte de esa iglesia.

Que los papafranciscanos festejen y se festejen por tener un “papa de los pobres”, mientras ellos mismos comen todos los días y mandan a sus hijos a escuelas católicas carísimas, y mientras los pobres y marginales —echados en brazos de la Iglesia por un Estado ausente y una ciudadanía que los rechaza— reciben catecismo y limosnas en vez de educación sexual y anticonceptivos. Que crean que no usar zapatos rojos o renunciar a la limusina papal es importante, mientras el Banco Vaticano sigue lavando dinero de la Mafia y los obispos de todo el mundo, incluyendo y especialmente los del Tercer Mundo, viven como príncipes, a veces sostenidos por el mismo país que los cobija. Que los admiradores del nuevo papa —agnósticos de corazón tibio, ateos sin formación o con demasiada formacion y católicos “liberales”, “moderados” o de nombre— se alegren porque Francisco trae para la Iglesia un cambio, como si la Iglesia pudiera cambiar hacia algo distinto que su propia preservación o le interesara luchar por algo más que el poder propio. Francisco trae consigo un cambio de imagen, seguramente, pero ¿en qué puede beneficiarnos que la imagen de la Iglesia mejore?

Cada obispo argentino (como Jorge Bergoglio hasta no hace más de dos años) recibe del Estado una asignación mensual equivalente al 80% del sueldo de un juez federal de primera instancia; no tengo la cifra exacta, pero está en el orden de diez veces el salario mínimo. Cada obispo emérito (como Jorge Bergoglio desde su renuncia al episcopado hasta su asunción como papa, y quizá todavía) recibe el 70%. La pobreza y la austeridad podrían empezar por casa. Las leyes que reglamentan y ordenan esas asignaciones escandalosas fueron firmadas por miembros de la última dictadura, y pueden ser derogadas. ¿Por qué no llama Francisco a su nueva admiradora, Cristina Fernández de Kirchner, y le pide que haga ese gesto, que les serviría políticamente a ambos, especialmente luego de que el sector anticlerical del kirchnerismo quedase descolocado ante la admiración bobalicona de su intrépida líder, que fue mucho más allá de las exigencias del protocolo, por su antiguo enemigo? Y ya que está, que le pida estudiar la posibilidad de derivar progresivamente los subsidios que el Estado paga a las escuelas católicas privadas hacia la construcción y mantenimiento de escuelas públicas laicas, gratuitas, y al mejor pago de los maestros que hoy enseñan en ellas en condiciones espantosas. Tal sugerencia sería una interferencia de la Iglesia en política, asunto del cual la Iglesia siempre se lava las manos, pero no más grave que los mensajes del propio Bergoglio contra el matrimonio igualitario, por nombrar sólo un asunto de los muchos en los que ha intervenido.

Vuelvan aquí, fans de Francisco, cuando su precioso papa haya hecho eso o la mitad de eso o algo, cualquier cosa, que signifique algo más que un rito o un cambio de vestuario. Estoy esperando.

Bergoglio saluda

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