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Cruz de Louvie-Jouzon, en el Pirineo francés. / E. C.

[Francia] Cruces en la República laica

Aprovechando las vacaciones de verano, pude realizar varias excursiones en bicicleta por el Pirineo francés, entre Iparralde y el Bearne. Es una zona con un paisaje y unas gentes maravillosas, bien conocida por los amantes del ciclismo, pues está sembrada de puertos míticos del Tour, como el Mari-Blanque o el Aubisque. Pero, además, el prejuicio profesional del historiador me llevó a fijarme en otros detalles, y en concreto en las muchas cruces que siembran las carreteras y los pueblos de la zona: en algunos casos, incluso dos, una a la entrada y otra a la salida de la localidad.

Como vitoriano, pensando en la ya próxima festividad de Olárizu, me llamó aún más la atención que esas cruces francesas, como la nuestra, conmemoran la celebración de misiones populares. Como es bien sabido, este tipo de actos de difusión religiosa comenzaron en el siglo XVI en los países católicos y estuvieron vinculados a algunas órdenes religiosas, en especial los jesuitas y los capuchinos. Varios santos, como Francisco de Sales, Vicente de Paúl, Luis María Grignon de Montfort o Alfonso María de Ligorio, prestaron especial atención a las misiones populares, compuestas de actos religiosos para toda la población.

En todas partes, la costumbre era erigir una cruz al final de la misión, grabando en ella la fecha en que había tenido lugar. Por ello, me sorprendió ver las fechas de las cruces de los pueblecitos del sur de Francia, que corresponden a regímenes políticos muy distintos entre sí. Muchas de ellas se erigieron en la III República francesa (1870-1940), durante la cual se aprobaron varias leyes de separación Iglesia-Estado. Por ejemplo, la de Louvie-Jouzon, cerca del inicio del Mari-Blanque, contiene los años 1848 (en que se produjo la revolución que trajo consigo la II República francesa) y 1933, en plena III República.

Todavía hoy, Francia es el ejemplo de un Estado que aplica una laicidad completa, sin mezcla alguna entre política y religión. Según la página web de su Ministerio de Asuntos Exteriores, «el Estado es neutro desde un punto de vista religioso y se prohíbe cualquier injerencia en la vida de las distintas religiones presentes en Francia». Pese a la continuidad del carácter laico del Estado francés durante más de un siglo, a nadie se le ha ocurrido quitar ni atacar las cruces presentes en esos pueblos, en recuerdo de las respectivas misiones. Todo el mundo, cualquiera que sea su credo (ateos, cristianos, agnósticos, musulmanes, etc.) ha entendido y entiende que esas cruces son parte de la historia y del patrimonio del pueblo francés y de cada una de esas localidades, pues fueron sus antepasados quienes contribuyeron a levantarlas.

Lo mismo se puede decir de la mayoría de las cruces levantadas en muchos lugares de España y de Euskadi. Provienen de fechas distintas: muchas, como la de Ganalto o la del Gorbea, fueron erigidas con motivo del inicio del siglo XX, tras una petición en este sentido del papa León XIII, el impulsor de la doctrina social de la Iglesia. Otras, como la de Olárizu, conmemoraban una misión popular (en este caso, la que tuvo lugar en Vitoria en 1951). Sin embargo, el nombre original del monte que desde hace años se conoce como Olárizu era Kurutzemendi (Monte de la Cruz), lo que indica que mucho antes el lugar tenía relación con este símbolo religioso.

Así se entiende que fueran precisamente un grupo de aficionados al montañismo, buena parte de ellos de familias relacionadas con el nacionalismo vasco y por tanto interesados en preservar la toponimia euskérica, quienes propusieran levantar una cruz en recuerdo de la misión, sufragada por suscripción popular, «en la cumbre del monte de Santa Cruz, también llamado de Olárizu» (tal y como señaló expresamente Emilio Apraiz Buesa en su petición al Ayuntamiento).

En este sentido, la cruz de Olárizu podría incluso considerarse algo semejante a lo que los especialistas han llamado ‘low- profile resistance’ a las dictaduras, designando así por ejemplo a las actitudes de aquellos que se opusieron al nazismo con gestos en la vida cotidiana, como escuchar jazz o vestir ropa no uniformada.

Ciertamente, en el marco de una dictadura como la franquista, el gobernador civil intentó modificar el significado exclusivamente religioso del monumento, apropiándoselo para tratar de darle un sentido político. Pero el hecho de que la cruz, levantada en 1952, nunca se inaugurara oficialmente, no solo fue un ‘zasca’ (como se diría hoy) del obispo al gobernador, sino una demostración de que para el pueblo de Vitoria la cruz era, simplemente, una cruz.

Bueno es recordarlo, si eso ayuda a seguir el respeto propio de la laicidad francesa y a evitar que algunos ignorantes no solo destrocen nuestro patrimonio sino que echen piedras, sin saberlo, contra su propio tejado.

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