Este papa va a matar a Rouco Varela

Las palabras del papa Francisco sobre la homosexualidad han dado la vuelta al mundo. Ocuparon titulares , desataron sonrisas y, sin duda, alarmas entre el clero más conservador y en algún cardenal ultramontano español que nos es muy cercano (físicamente, se entiende). ¡Qué diferencia de tono! El primero irradia bondad; el otro, mala uva, testosterona religiosa.

La novedad es que el jefe de la Iglesia Católica no considera la homosexualidad un pecado en sí misma. Aunque hablaba sobre todo de los sacerdotes gay (y de las monjas, se supone) tiene efectos en el mundo civil. Para Francisco, ser homosexual no es un problema; la cuestión está en el uso que se hace de esa orientación. ¿Los iguala entonces a los heterosexuales? Todo cura está sometido al voto de castidad, sean cuales sean sus gustos y tendencias. Parece un avance, aunque sea disfrazado de amabilidad.

Una frase dicha de pie en un avión de regreso a casa no es una encíclica, pero ofrece datos sobre la forma de pensar de este hombre, más próximo al párroco de pueblo que al príncipe Maquiavelo. Nada que ver con las dobleces que se atribuyen a la Curia vaticana, cuyo representante más visible es Tarsicio Bertone. De regreso de Brasil, bañado en multitudes como Juan Pablo II, Francisco tiene ahora la autoridad para impulsar un cambio, al menos una limpieza.

Jorge Mario Bergoglio no ha necesitado consultar tratados de fe antes de responder al periodista; se ha limitado a aplicar su sentido común y algo tan esencial como escaso: la humildad.

"¿Quién soy yo para juzgar?". Otra frase peligrosa, de doble y triple uso. Para juzgar hay que tener capacidad de juicio y ser misericorde, otro valor en desuso, también entre los religiosos.

Hay quien se atreve a proclamar que este pontífice va a revolucionar la iglesia, como hizo Juan XXIII con el Concilio Vaticano II. Otros advierten contra el exceso de entusiasmo de algunos medios. Sostienen que el papa no ha dicho nada nuevo sobre el asunto, que se es solo su manera de expresarse.

Es cierto que Francisco no ha movido un milímetro la frontera del dogma. No legaliza los homosexuales ni aprueba las bodas ni las adopciones. Tampoco que las mujeres puedan ser sacerdotes como en los inicios del cristianismo en los que hubo sacerdotisas e incluso obispas. Fueros los concilios posteriores los que determinaron qué era legal y qué ilegal, los que decretaron qué es ortodoxia y qué merecedor de hoguera. En la interpretación llega el rigor, los extremismos, el poder político. Sucede en otras religiones; también en las dictaduras.

En cuestiones de dogma todos los papas son conservadores; varían los decires, quizá el ordenamiento de las prioridades. Los papas son como los presidentes de Estados Unidos: se sientan en la cúspide de un sistema que no se deja cambiar, que vigila al nuevo presidente, que bloquea sus políticas. Si ese bloqueo fracasa se pasa al plan b. El margen siempre es estrecho para el papa o para Obama.

Para los laicos y ateos las palabras de un papa católico, teóricamente dirigidas a más de 1.165 millones de personas, son importantes; contienen carga política que afecta a sus libertades, protegiéndolas, incautándoselas.

En España, por ejemplo, una versión decimonónica de la Iglesia, la que encarna el cardenal Rouco Varela, tiene influencia en un Gobierno que se declara católico y dispuesto a enmendar la enseñanza pública y aconfesional para darle gusto al príncipe de la iglesia. Rouco no debe estar muy feliz con Francisco. Lo que no es bueno para Rouco es bueno para el resto de la humanidad.

Suena bien que un papa jesuita diga que uno de los problemas de la Iglesia es que sus obispos no pisan la calle. Sucede también a los políticos, todo el día encaramados en su coche oficial de la casa pagada al escaño regalado por quien hace las listas. Y le sucede a los periodistas que con los recortes de gastos y de atrevimiento se han convertido en hombres y mujeres orquesta todo el día detrás del ordenador oliendo calle reducida a unos pocos megabytes.

Bergoglio y aborto

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