¿Estado Laico?

Si uno lee algunos diarios digitales (de derechas) puede sobresaltarse con la interpretación que están haciendo de la nueva ley de libertad religiosa que impulsará el Gobierno de Zapatero. Frases como “el acorralamiento de lo católico”, o “la guerra contra el crucifijo” y textos escritos e interpretados en clave bélica aportan poquísimas ideas al debate y por supuesto nada de análisis. Qué lastima, porque nos estamos renunciando a un debate interesantísimo. Porque definir qué tipo de Estado queremos, qué tipo de laicismo deseamos, qué relaciones entre Estado e Iglesia se perpetuarán debería interesarnos (y mucho).

El Gobierno de Zapatero ha decidido retrasar la nueva ley hasta después de la visita del Papa a España prevista para noviembre, esta norma no supondrá una ruptura con la Iglesia Católica ni mucho menos. La ruptura llegaría si realmente se eliminaran los privilegios históricos que mantiene la Iglesia -sobre todo si se modificara su financiación-. Esa sí sería una separación más drástica entre Estado y confesiones. Pero eso salpicaría muchas otras cuestiones difíciles de replantear, cómo el papel de la iglesia en la educación española, los servicios sanitarios, los servicios sociales, por poner un ejemplo.

La idea del Gobierno no es romper con lo católico, es profundizar en un Estado un poquito más laico donde se respete la libertad religiosa de los individuos, sean católicos, musulmanes, ortodoxos o evangelistas… Un Estado en el que no haya ministros que juren ante la Biblia, en el que el hospital reserve espacios para la ciencia no para la fe, donde haya desfiles religiosos sin tricornios. Sería de agradecer una separación mayor de la que conseguirá la ley y antes de llegar a ello ojalá tuviéramos debates mucho más profundos. Debates en los que recuperemos las opiniones de algunas de las mentes más lúcidas, como la de José Saramago: “La cuestión del laicismo no pasa, por tanto, de una primera escaramuza. La auténtica confrontación llegará cuando finalmente se enfrenten creencia y no creencia, yendo ésta última a la lucha con su verdadero nombre: ateísmo. Lo demás son juegos de palabras.

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