Esta derecha de sotana y sacristía no respeta la libertad de creencias ni la de asociación

«¡Zapatero es masón!», soltó de pronto la periodista opusina Pilar Urbano, en el programa La Noria, hace unos meses, después de haber hablado de su polémico libro sobre la Reina.

La obsesión de la derecha extrema por la masonería -según ha declarado a El Plural Miguel Ángel de Fururia, Gran Maestro Provincial de Madrid- sólo “se curaría en el diván del psiquiatra”.

Recios y viriles
Pero los cavernarios desprecian a los psiquiatras, “que están más locos que sus pacientes”, acostumbran a decir con socarronería casposa, recelosos además de ciertas peligrosas modernidades. Recios y viriles, odian a la masonería y la utilizan como arma arrojadiza contra el actual Gobierno. Tras cazar a Mariano Fernández Bermejo, inmediatamente han cambiado de munición y disparan ya contra el nuevo ministro de Justicia, Francisco Caamaño, al grito de “es masón”, “cuidado que es masón”.

La “cáscara amarga”
Los capellanes y los obispos de la COPE se frotan las manos. Don Federico y César Vidal han descubierto que Caamaño es otro zapaterista de la “cáscara amarga”. O sea, que el sucesor de Bermejo es un tipo de ideas avanzadas, libre pensador, liberal en el sentido genuino del término y, por descontado, masón.

Días de gloria
Los curas trabucaires y sus voceros mediáticos están, pues, de enhorabuena. Les esperan días de gloria. La masonería es un filón inacabable para la demagogia conservadora. Franco era un adicto a propagar que la masonería era la madre de todos lo males. El 6 de febrero de 1961, por ejemplo, le comentaba a su primo y secretario privado, Franco Salgado-Araujo: “La masonería, que está incrustada en muchas dependencias estatales de Norteamérica y de la mayoría de las naciones occidentales, es la institución que más favorece al comunismo, y ataca a los gobiernos que no siguen a rajatabla las reglas de la democracia inorgánica (…); pero en cambio son indulgentes con los de tipo comunista, a los que adulan con mucha frecuencia”.

El malvado New York Times
El 12 de febrero de 1959, el dictador estaba indignado con una información sobre la España franquista que había publicado días antes el New York Times. “He leído el periódico y es el baluarte de la masonería internacional; de ahí procede su antipatía y sus constantes ataques al régimen español”, le dijo a su primo, persona de su máxima confianza. La masonería ciertamente fue una de las coartadas más empleadas por el llamado Caudillo, junto al comunismo, el socialismo y los separatistas, a la hora de defender su siniestro tinglado.

El Movimiento
Esta derecha montaraz, heredera sociológica del Movimiento Nacional, que exige para sus supuestos y abundantes corruptos el beneficio de la duda o la presunción de inocencia, condenó a patadas a Bermejo, presentándolo como el paradigma de la perversidad porque había participado en una montería –actividad en todo caso legal y muy frecuentada por Franco, Fraga Iribarne y no pocos dirigentes peperos- y había cometido una falta de carácter administrativo, pero en absoluto penal.

¿Y qué, si lo es?
Esta derecha de sotana y sacristía, que en diciembre de 1957, quería hacer cardenal a Franco, vuelve ahora a arremeter contra la masonería, sin respetar la libertad de creencias ni la de asociación que garantiza la Constitución democrática de 1978. ¿Es masón el ministro Caamaño? ¿Y qué, si lo es? ¿Y qué, si no lo es?

Batalla perdida
Los discípulos de la Inquisición buscan todavía masones para llevarlos a la hoguera de la intransigencia, al sanedrín de los cancerberos de la ortodoxia integrista. Pero por mucho que insistan, tienen perdida la batalla. A la inmensa mayoría de los españoles les importan un rábano si Caamaño es o no masón. No lo juzgaremos por eso. Es muy libre de serlo o de no serlo. Lo juzgaremos por su tarea.

La privacidad
Sabemos que es dialogante y mucho más partidario de los acuerdos que de las disputas. Le deseamos éxitos. Aborrecemos hurgar en la privacidad de los ciudadanos, aunque sean ministros. Detestamos el ejercicio de comadrear, que tanto mola al facherío. ¡Masón o no masón, suerte Caamaño!

Enric Sopena es director de El Plural

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