Enseñanza de la religión: obligación del Estado

Pedirle a un Estado no-confesional que enseñe una determinada ‘confesión religiosa’ es pedir lo que ese Estado no tiene por qué enseñar.

COMENTARIO: La única obligación del Estado sería que la escuela enseñe el hecho religioso como elemento histórico, cultural, artístico,… pero discrepamos en que deba entrar a "valorar positivamente el hecho religioso". Esto sería entrar a defender una opción, frente a las convicciones no religiosas, que tienen su historia, que también debían formar parte de esa enseñanza histórica y cultural.


El Estado debe, pues, enseñar la religión. Pero debe también vigilar lo que con ese motivo se enseña. Porque una clase de religión puede ser un semillero de ciudadanos ejemplares o un adoctrinamiento de fundamentalistas fanáticos.

EL artículo 27 de la Constitución española dice que «los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que los hijos reciban la formación religiosa y moral que vaya de acuerdo con sus convicciones». Esto quiere decir obviamente que el Estado tiene la obligación de enseñar la religión en sus planes de estudio. Lo cual responde a un derecho de los padres. Y además es un asunto capital en los tiempos que estamos viviendo. Porque la religión, bien enseñada, es indispensable en la formación cultural, histórica, artística, social y política de los ciudadanos. Un individuo que no tiene ni idea de religión, ¿cómo puede entender la historia de Europa o enterarse de lo que hay en el museo del Prado? Desde este punto de vista, la asignatura de religión debe estar en los planes de estudio de nuestro país. Y debe ser una asignatura igualmente obligatoria para todos, con su calificación correspondiente, como las demás asignaturas.

El problema está en determinar los contenidos que debe tener esa asignatura de religión. Por supuesto, debe ser una asignatura que esté de acuerdo con las convicciones de los padres. Pero, ¿qué convicciones? Aquí está el nudo de la cuestión. Por lo pronto, el artículo 27 no habla de 'creencias', sino de 'convicciones'. Habla de convicciones porque aceptar una religión es siempre una decisión libre. Pero no habla de creencias porque toda 'creencia' religiosa es 'confesional'. Creer es confesar una determinada fe. Y, si se trata de fe judía, cristiana o islámica, estamos hablando de una 'confesionalidad excluyente', es decir, se trata de la fe en un 'credo' que excluye a los demás. Porque Yahvé es el único Dios, un Dios 'celoso', que no tolera rivales (Ex 20, 5). El Dios cristiano es «un Dios y Padre de todos, que está sobre todos» (Ef 4, 5). Y el Corán afirma que «No hay más Dios que Alá» (sura 6, 102). Ahora bien, desde el momento en que enseñamos una 'confesionalidad excluyente', estamos diciendo que sólo quienes piensan como yo están en la verdad y en camino de salvación, mientras que todos los demás están en el error y en camino de perdición. O sea, seguimos fomentando la confrontación, que tanta sangre ha costado a los largo de la historia. Es evidente que el Estado no tiene obligación de enseñar eso. Es más, tiene obligación de enseñar lo contrario, es decir, debe enseñar el valor fundamental de la 'igualdad' de todos y el respeto a las diferencias. Pero eso no es lo que enseña ni el 'credo' judío, ni el cristiano, ni el islámico.

El Estado debe, pues, enseñar la religión. Pero debe también vigilar lo que con ese motivo se enseña. Porque una clase de religión puede ser un semillero de ciudadanos ejemplares o un adoctrinamiento de fundamentalistas fanáticos. Además, la religión es la única asignatura para la que no existe titulación universitaria. La teología fue excluida de las universidades en España el 21 de octubre de 1868. El aprendizaje de la religión pasó así a los seminarios, quedó en manos del clero católico y ha sido, hasta hoy, confesional. Y confesional excluyente. Con los peligros que eso entraña, como acabo de apuntar. Peligros que no son hipotéticos. Sabemos que son peligros reales y muy graves, que la historia del pasado y la experiencia del presente se han encargado de demostrar.

Además, si hablamos de religión 'católica', la cosa se complica. Porque entonces no estamos hablando sólo de las relaciones entre el Estado y una religión, sino además de la relación del Estado con otro Estado, el Vaticano, cuyo jefe actual, el papa Benedicto XVI, dijo el pasado 24 de junio ante el presidente de la república italiana que «las realidades temporales se rigen según las normas que les son propias, pero sin excluir las referencias éticas que tienen su fundamento último en la religión». Es decir, si el Estado enseña catolicismo, tiene que enseñar por eso que, en todo lo que se refiere al comportamiento de los ciudadanos, la última palabra no la tienen los poderes del Estado, sino la religión, cuyo jefe en la tierra es el papa. Pero, ¿se puede enseñar eso en un Estado de derecho?

Entonces, ¿qué religión tendría que enseñar el Estado? Lo que el Estado puede y debe enseñar es: 1) La naturaleza y la importancia del hecho religioso. 2) La historia de las grandes tradiciones religiosas de la humanidad. 3) El análisis antropológico, filosófico, sociológico y psicológico de la religión. Todo esto, desde una metodología científica, rigurosa y crítica. De manera que a la asignatura de religión pueda asistir lo mismo un creyente que un agnóstico o un ateo. Pedirle a un Estado no-confesional que enseñe una determinada 'confesión religiosa' es pedir lo que ese Estado no tiene por qué enseñar. Ni debe enseñarlo, si es que de verdad quiere respetar la igualdad de derechos y el pluralismo de creencias de todos los ciudadanos. Para enseñar las creencias, están los rabinos, los sacerdotes, los pastores o los imanes. Y que cada uno vaya, si es que quiere libremente, a que le adoctrinen en la 'confesión' que prefiera. Pero no que los estudiantes se vean obligados a asistir a una clase de religión para sacar nota. En este país llevamos ya muchos años con ese proyecto y a la vista están los resultados que ha dado: generaciones de ciudadanos que no pisan las iglesias, que están hartos de sermones y que viven de espaldas a lo que enseña la Iglesia. Si el fracaso escolar es preocupante, en materia de religión es estrepitoso. ¿Y nos empeñamos en seguir tropezando en la misma piedra?

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