En nombre de la tradición

Suelen ser las tradiciones coartadas perfectas para perpetuar en las sociedades pautas, sistemas de creencias, falacias o incluso barbaries mantenidas durante siglos

Un tema controvertido el de la tradición. Los seres humanos somos animales de costumbres. Y no es sólo una cita popular, sino una idea que refleja la realidad del comportamiento de nuestro sistema psíquico y conductual. La repetición de una idea o de una conducta las convierte en un reflejo automático que se consolida en nuestro sistema de creencias o en nuestro modo de actuar. Es la base de la clínica psicológica; el cambio de hábitos de pensamiento o de conducta para conseguir, a través de la repetición de otros nuevos, la transformación oportuna y deseada. Es muy entendible, por tanto, y especialmente desde el punto de vista psicológico y emocional, el apego desproporcionado que tienen las sociedades a lo que llaman sus tradiciones.

Y suelen ser las tradiciones coartadas perfectas para perpetuar en las sociedades pautas, sistemas de creencias, falacias o incluso barbaries mantenidas durante siglos porque se alinean con los intereses del poder, aunque sean contrarias a la decencia, a la ética más elemental o a la razón. De tal manera que suelen constituirse en pretextos, defendidos por los sectores sociales y políticos conservadores y reaccionarios, para frenar el progreso, la evolución y los cambios. Pensemos, por ejemplo, en el Partido Popular y su defensa enconada de cualquier cosa, por tremenda que sea, que huela a tradición.

La Iglesia católica, por descontado, es la gran enemiga del progreso, es la gran defensora de lo que llaman “tradición”, y se acogen a ese argumento para beligerar con saña contra cualquier evolución social y contra cualquier progreso democrático. Desde sus púlpitos y sus espacios mediáticos, que son muchos, hacen la guerra contra todo aquello que es susceptible de ser afín al progreso; contra cualquier Ley o cualquier proyecto que suponga un adelanto o una novedad, si transgrede sus medievales y obsoletos dogmas, centrados todos ellos en lo contrario, en anular el librepensamiento, la razón, los derechos humanos y el avance social. Las religiones, de hecho, son de facto las grandes defensoras del pensamiento irracional y único (tiranía) y las grandes propagadoras del odio al “diferente”, es decir, al que ha pensado un poco y se ha alejado de sus preceptos.

En nombre de la tradición se mata, se expolia, se generan guerras, se tortura, se perpetúan hábitos crueles y perversos. En nombre de la tradición unos treinta millones de niñas en el mundo sufren ablación de clítoris cada año. En nombre de la tradición se sigue lapidando a mujeres que no siguen las misóginas normas del Islam. En nombre de la tradición se lanzan desde las torres de las iglesias católicas cabras, pavos y otros animales, como macabra forma de divertimento. En nombre de la tradición turbas de insensibles se divierten viendo torturar y asesinar a un toro. En nombre de la tradición se han encendido, durante muchos siglos, hogueras, se ha perseguido a millones de seres humanos, se ha sometido a las personas, se ha invalidado la libertad, se ha subyugado a las mujeres, se ha criminalizado a los homosexuales y se ha expandido el odio, la incultura y la necedad. Decía el periodista y escritor noruego Helge Krog que la Iglesia acepta el progreso sólo en aquellos lugares o circunstancias en que no puede ya impedirlo.

Lo curioso es que suele ocurrir que los que se hacen expertos en negar la libertad ajena se dedican a reivindicar la propia. Tal es el caso del burka, símbolo atroz e implacable del sometimiento y la cosificación de las mujeres por parte del pensamiento religioso. Tal es el caso de la mal llamada “libertad religiosa”, oxímoron que pretende aliar conceptos absolutamente contradictorios (porque si algo hace la religión es anular la libertad), así como marginar la libertad de conciencia, que es la que hay que reivindicar. Y tal es el caso de esos absurdos trajes de baño de las musulmanas que se han puesto de moda para las mujeres sometidas al Islam. Embutidas desde los pies hasta las cejas en unas escafandras horribles que cubren todo su cuerpo, pretenden reivindicar el uso de ese esperpento como un derecho de libertad personal. Como si el sentenciado a morir en el garrote vil reivindicara el garrote vil como un derecho y una elección personal.

Algunos levantan la voz exigiendo respeto a esas tradiciones que son la muestra viviente de la misoginia más repugnante y atroz. Por mi parte, todo el respeto a las mujeres con burka y su sucedáneo playero, pero todo mi rechazo y toda mi repugnancia para el ideario que hay detrás. Es obvio que esos hábitos expanden la convicción de la vergüenza y la indignidad femenina. Es obvio que son una consecuencia directa del odio a la mujer y de la misoginia religiosa que la relega a un espacio de humillación y de bajeza. Es obvio que esas escafandras de buzos en los cuerpos de las mujeres musulmanas son un atentado ideológico contra los presupuestos de igualdad y fraternidad que coronan cualquier ideario democrático. Yo no quiero ver esclavas, quiero ver en las calles y en las playas a mujeres libres, a mujeres emancipadas y capaces de erigirse en las dueñas de sus actos y de sus vidas. ¿Tolerancia? Me adhiero a la idea de Karl Popper, quien, en su obra “La sociedad abierta y sus enemigos”, defiende la idea de que la tolerancia es un valor básico en cualquier democracia que hay que proteger de manera firme y escrupulosa, y en nombre y en defensa de la tolerancia hay que no tolerar a los intolerantes. Porque tolerar la intolerancia es formar también parte de ella.

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