En el banquillo: La Ley de Libertad Religiosa

La futura Ley de Libertad Religiosa ha abierto un debate en el seno de la sociedad que no consigue sumar seguidores tibios. O todos moros o todos cristianos
 
Cargo
Se acusa a la futura ley de Libertad Religiosa de un laicismo de mentirijillas suprimiendo símbolos religiosos católicos de las escuelas públicas pero permitiendo el velo islámico a las alumnas.
 
Fiscal
Ante todo, señores del jurado, yo creía que existía en España libertad religiosa. Como existe libertad de reunión, expresión y manifestación. Pero veo que la generación del Zapatero, ahora en el poder, entiende que no. Que en España no hay libertad de religión. Que ni musulmanes, hebreos, budistas o mayomberos pueden ejercer con libertad sus creencias. Así pues, debo entender, señores del jurado, que las mezquitas son de chocolate; las sinagogas de papel cartón y los gallos que se despescuezan en las misas de santo por los babalaos son de goma. Aquí, por lo visto, no hay libertad religiosa. Y estos muchachos tratan de instaurarla.
 
La Constitución que todavía rige la vida de los españoles consagra la libertad de religión. Desde que los padres de la misma la redactaron y aprobaron allá por el setenta y ocho. Treinta años más tarde estos chicos entienden que aquella libertad no es tal y que la de verdad es la que ellos articulan en la futura ley. Lo hacen sin que nadie se lo haya pedido. Al calor de cierto solano multicultural que, a codazos de progresía barata, desplazará a todo lo que huela a sacristía y agua bendita. Ese parece ser el objetivo del debate: quitar crucifijos de las escuelas públicas pero, en cambio, permitir realidades religiosas tan evidentes como lo es el velo islámico.
 
Es curiosa la iniciativa socialista de esta futura ley. Porque no arranca de una necesidad perentoria, de una urgencia social reclamada por nadie. Hay un montón de firmas populares recogidas por la plataforma «Todos somos Marta» para endurecer las penas o, en su defecto, que se cumplan íntegras para delitos de índole sexual que intimidad a la sociedad. La Junta, por ejemplo, ya se ha pronunciado al respecto diciendo que no, que se pasa las firmas ciudadanas por el arco del 28-F y que hay leyes tan puras que los hombres no pueden tocar. Miles de firmas piden lo contrario. Pero la que se revisa es la libertad religiosa, la que arremete contra los crucifijos de los colegios públicos y permite que el velo islámico se siente en los pupitres o se suba a la tarima para dar clases. O todos moros o todos cristianos, señores del jurado. Esa futura ley me parece deshonesta, parcial, sectaria y un frontal ataque contra la tradición judeocristiana de nuestra cultura. Es posible que discutiendo «crucifijo sí o crucifijo no» la gente caiga menos en el paro que nos come y en los índices tan negativos de nuestra economía. Creo que es un debate de mentirijillas y pido la condena de sus instigadores.
 
Defensa
Hay veces, señores del jurado, que una iniciativa de calado político como es la futura ley de libertad de Religión no parte desde el pueblo. Sino de la ilustrada conciencia social de algunos políticos. La realidad de España hace treinta años no es la de ahora. Hoy han llegado a nuestros pueblos, capitales y barrios personas de tierras distantes y religiones distintas a la mayoritariamente seguida por los españoles. Y eso, pese a la libertad de culto existente, fuerza las costuras de la antigua convivencia, pidiendo mangas más anchas para la perfecta inserción de los recién llegados.
 
Señoras y señores del jurado: es verdad que a esta ley no la respaldan las miles de firmas que la plataforma «Todos somos Marta» ha recogido para que se endurezcan las penas por delitos de índole sexual. Pero yo creo que la propuesta de la retirada de crucifijos de los colegios públicos (ojo, solo y exclusivamente de los colegios públicos) no atenta contra nada y contra nadie. Puesto que la Constitución que el señor fiscal cita recoge el carácter aconfesional del Estado español.
 
Siendo coherentes con esa definición constitucional me parece irrelevante la polvareda levantada por la retirada de crucifijos de lo alto de las pizarras de las escuelas públicas. No se está diciendo no a la cruz de los católicos. Los alumnos y alumnas que profesen esa fe pueden llevarla en su pecho como medallas. Lo que se está pretendiendo con la eliminación de la cruz es ampliar el campo educacional a otras confesiones que conviven con nuestros hijos en las escuelas desde hace diez o quince años. No creo que eso atente contra la dignidad de nadie. Más bien defiende la dignidad de todos.
 
Es verdad, señor fiscal, que la futura ley no entiende el velo islámico como un signo externo religioso incompatible con los principios aconfesionales de la escuela pública. Y no lo hace porque, realmente, es así. Otra cosa es que las escuelas públicas españolas quitaran el crucifijo y colocaran en su lugar una cita del Corán en bellos caracteres cúficos. Ahí estaríamos hablando de desnudar a un santo para vestir a otro. Pero no es el caso. El velo es una opción individual del creyente como lo es la cruz en el pecho o la estampa de un Cristo en el forro de un libro de texto. Yo no veo ninguna mentirijilla en este debate y menos en una futura ley religiosa que dejará a los símbolos católicos como una opción individual y personal. Y no como el exponente de una grave contradicción moral y política entre lo que es un Estado aconfesional y una escuela pública presidida por la cruz católica.

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