El voto crucificado

La Jerarquía católica tiene el derecho a la libre expresión como cualquier colectivo amparado por la Constitución. Pero no tiene derecho a la apropiación indebida de las conciencias para dirigir, en nombre de ningún poder sagrado, el voto de los electores. El portavoz de la Conferencia episcopal ha dicho que los cristianos no deben votar a partidos políticos que no defienden la vida, que admitan el matrimonio entre personas del mismo sexo o que permitan el divorcio. Descartan así la bondad y suprimen la libertad a quienes deseen lícita y constitucionalmente votar al partido que ha respondido a las exigencias sociales con estas leyes que vienen a dar respuesta a unos derechos humanos exigidos por distintos estamentos de la sociedad española.

Tanto la ley del divorcio como la minúscula  ley del aborto son fruto del Gobierno de Felipe González. Los Obispos pensaron que eligiendo a Aznar se verían derogadas estas leyes, los parques se llenarían de niños juguetones y el amor sería una constante floreciente incluso entre los matrimonios farisaicamente sostenidos por imperativo legal durante la dictadura. Pidieron el voto para Aznar y Aznar  defraudó a la Jerarquía episcopal.

Durante el Gobierno de Zapatero se promulgó una ley sobre salud sexual y reproductiva que conlleva otros contenidos que no pertenecen a la moral católica, pero sí a la demanda social de una sociedad civil, laica e independiente. De igual forma se vio la necesidad de regular el matrimonio homosexual y a esa regulación se le llamó matrimonio. El PP. quiere disimular su homofobia y ante el Tribunal Constitucional usa el subterfugio de atacar el término matrimonio, que debe seguir aplicándose según su doctrina a la unidad hombre-mujer.

Los Obispos también confunden maliciosamente la legislación sobre una muerte digna con la eutanasia. Reclaman que los sufrimientos últimos de la existencia deben ser una ofrecimiento a Dios para aplacar así su sed de sacrificio humano y canjearlo por un cielo que está próximo a la muerte. No admiten un dios cristiano amoroso y preocupado del ser humano para convertirlo en un ser  que digiere el sufrimiento de sus criaturas con el placer de un monstruo.

El PP predica una política mitrada. De hecho tienen recurridas ante el Tribunal Supremo algunas leyes aprobadas por el Parlamento. Y en consecuencia, los Obispos se sienten en el derecho de proponerlo como modelo de gobierno y por tanto debe ser votado en las urnas. Nada dicen los Obispos de su concepción liberal, desreguladora, con absoluta libertad de mercado, sin injerencias legales, que ha llevado a la humanidad a una crisis inimaginable.  Uno ha visto a los Obispos manifestándose contra el aborto, contra el matrimonio homosexual, contra la muerte digna, contra el divorcio. No los hemos visto tratando de impedir un desahucio, mezclados con los que exigen una política humana y humanizante, una condonación  hipotecaria por la dación de la vivienda, una protesta contra la especulación, un grito contra jubilaciones bancarias mientras cinco millones de parados tienen que vivir con cuatrocientos euros. Han proclamado que el movimiento 15-M no es más que un grupo de jóvenes sin dios, sin espiritualidad, sin religión, sin valores. No han sido capaces de escuchar el grito de una humanidad frustrada por unos pocos ni la alegría de unos aupada sobre la miseria de la mayoría.

Los Obispos están instalados en un mundo sin mundo, en un tiempo sin tiempo. Obsesionados con el sexo como si lo tuvieran instalado entre las neuronas. Dueños absolutos de las conciencias, con poderío para manejarlas a su antojo y en nombre de Dios, con un jabón de manos que desinfecta de los problemas realmente preocupantes. Compañeros del poder financiero y político si los dejan. Condenando a Zapatero porque se ha tomado en serio a la sociedad civil, amparando a Rajoy como supuesto cómplice de sus aspiraciones purificadoras. Exigiendo una legislación que contemporice con su visión moral de la vida. No admitiendo, por incómoda, la postura laica de la vida. No respetando las decisiones vitales de cada cual si no se atienen a una conciencia dominada por el miedo y el más allá.

Las urnas se abren a una democracia que los Obispos nunca practicaron en sus esquemas jerarquizados.

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