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El presidente de los obispos españoles emula a Becket, el arzobispo asesinado en Canterbury por orden de Enrique II

El año 1163, Thomas Becket, amigo del Rey y canciller del Reino, fue investido arzobispo. Siete años más tarde, en 1170, Becket fue asesinado por los esbirros del rey Enrique II de Inglaterra. Lo mataron en el atrio de la catedral de Canterbury. La leyenda pone en boca de aquel monarca la siguiente frase: “¿No habrá nadie capaz de librarme de este cura turbulento?”

No fue Becket, sin embargo, un cura turbulento. Su delito consistió simplemente en el intento de separar a César de Dios, siguiendo así, literalmente, la exhortación evangélica de Jesús de Nazaret. Para desgracia de muchos creyentes, gentes como Becket no han abundado en la Iglesia. Cuando siendo canciller fue nombrado arzobispo, Becket comprendió de pronto que los designios de Cristo eran muy distintos. Su conversión profunda -su búsqueda de la coherencia- le acabó costando la vida.

El secuestro de Dios
En la historia del cristianismo lo normal, de un modo u otro, ha sido casi siempre que Dios haya estado habitualmente secuestrado por el César de turno. Becket procuró modificar esta tendencia. Muchos siglos más tarde, el autor francés Jean Anouilh, publicó en 1967 su obra más célebre: “Becket o el honor de Dios”. O sea, la narración dramática del esfuerzo extraordinario de Becket por salvar el honor de Dios frente al presunto honor de tantos gobernantes –en su mayoría totalitarios- que se creyeron, o aún se creen, enviados de Dios. “Asesinato en la catedral,” de T.S. Eliot versa sobre la misma cuestión.

Bajo palio
“Francisco Franco, Caudillo de España por la gracia de Dios”, podía leerse en las monedas de legal circulación a lo largo de los cuarenta años del oprobioso franquismo. Franco consiguió también, con gran facilidad, secuestrar a Dios en provecho propio. Logró su objetivo gracias a la complicidad de gran parte de la jerarquía católica y de muchos clérigos y católicos seglares, imbuidos de la doctrina perversa del nacionalcatolicismo. El honor de Franco -en aquella época en la que los monseñores lo paseaban bajo palio- supuso, una vez más, el deshonor de Dios. Como lo sigue siendo todavía el Valle de los Caídos, hoy 20-N de 2007.

Testamento de grueso calado
El obispo de Bilbao, Ricardo Blázquez, presidente de la Conferencia Episcopal Española, despidió su mandato –no parece verosímil que sea reelegido- con un testamente de grueso calado. Pidió perdón por el papel de la Iglesia en la guerra civil. Sus palabras fueron medidas y hubo en ellas prudencia y cautela probablemente en exceso. Pero Blázquez, ayer, emuló a Becket.

Cuando…
Cuando asistimos –entre la estupefacción y la rabia- a la invasión de las competencias legítimas del Estado democrático por parte de no pocos jerarcas de la Iglesia católica española; cuando hemos de soportar el maridaje de facto entre la derecha política, que es la de Rajoy, y la derecha eclesiástica; cuando la cadena radiofónica de los obispos se ha convertido en la plataforma del odio, del rencor y de los intereses creados, Blázquez ha tenido el coraje de distanciarse de los roucos, cañizares y caminos. ¡Blázquez o el honor de Dios!

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