El patriarcado y otras adherencias ideológicas

Cuando se cumplen diez años de la aprobación de la ley en contra de la violencia machista más avanzada, resulta que hay poco que celebrar. Ya nos advertía claramente Romanones sobre la posible resistencia de los reglamentos a la hora de descafeinar la ley desde su origen. Y tanto más, si quienes han de aplicarlas, como es el caso de la administación del PP, están en contra.   Así se puede decir que en este país hay magníficas leyes, pero la realidad es que la impunidad campa a sus anchas.  Al final caca de la vaca.

Se intuye pues, quien ha hecho naufragar la mencionada ley: el patriarcado o machismo social. No se pueden olvidar  las barbaridades misóginas que se blandieron contra las ministras del gobierno Zapatero en los corrillos de “españolazos”. Queda de ellos la carcajada estentórea o la sonrisa reprimida que generaban, entre la gente de a pié, el chiste grosero y machista. Tirando del hilo, veía la conexión  del tertuliano pepero y el entramado mediático que lo difundía, mientras  ponía sordina al drama de la violencia patriarcal. De ahí, esa reacción dialéctica y mentirosa que suma la complacencia tradicional con risotada, a la sonrisa politicamente correcta. Ese “nadar y guardar la ropa”, pasado el tiempo se viene decantando como un entramado ideológico más complejo. En torno al desprecio a la mujer, para que no se suba a las barbas, se añade la virilidad /feminidad excluyente, una religiosidad más de tradición, con un españolismo cañí y dejarse llevar.  Con ese no pensar se ha ido viciando la opinión pública, o sea la suma de la de cada cual. (De la opinión publicada ni se habla, pues ella en gran parte tiene el vicio original de servir a quien le paga).Por ahí, quizá podamos ir encontrando explicación a  parte, o casi todos, los males que hoy nos aquejan.

Niña pónle la comida a tu hermano. Es un padre de familia.¡Cállate zorra! Los hombres no lloran. ¡Ella le puso los cuernos! Eso es cosa de hombres. Él infeliz/ella lagarta. Ser un caballero español. Es nuestra tradición. ¿o traición? Te pasa lo que a mi suegra. ¡Me tengo que poner el bikini! ¡Nenaza!… Así hasta mil ocasiones cotidianas eternizando la sumisión pasada o presente de la mujer. Ocasiones que ningunean solemnes declaraciones tras cada nuevo femenicidio. Ocasiones que no reparan en el miedo callado que, más allá del enamoramiento inincial, va minando la confianza sin dejar que llegue la compenetración íntima estable en la pareja. Ocasiones en que se mantienen determinados prejuicios (sexuales, religiosos,…) sin sopesar la opinión extra-familiar. Ocasiones en que se entremezclan cuestiones de género/sexo, con creencias religiosas o de tradición, con los cambios sociales que vienen transformando nuestra vida casi a traición.

Si lo observamos detenidamente, en lo esencial hablamos de las funciones que acabará ejerciendo cada individuo en función de su género/sexo en cada comunidad (familiar, laboral, deportiva, social, polítca..). De pronto, nos damos cuenta de que, además de la creciente violencia machista, hay una creciente dispersión deshumanizadora ,de personas de distintos o del mismo sexo, para mantener privilegios. De alguna manera lo podemos sintetizar en el concepto de “patriarcado” y su pervivencia. Anclados en los privilegios del “padre de familia” y en la tradición (¿o traición) de creencias religiosas y misóginas, se proscribe diálogo y racionalidad, permitiendo el inhumano abuso, en nombre de sexo, o de clase.

Como quiera que vivimos en este país, conviene que nos centremos en cómo aquí se mantiene el patriarcado y demás adherencias ideológicas. Tal vez nos ilumine algo el episodio del autobús de “Hazte Oir”. ¿Se puede resumir e imponer  la complejidad personal en la sencillez de la anatomía sexual (pene/vagina)? ¿Se puede seguir mirando para otro lado cuando organizaciones como “Yunque”, vinculada a la anterior, aunan sexualidad con religión y patriotismo/terror? Son varias las voces que se levantan en contra de orillar los componente  democráticos que nos hemos dado para atajar el origen de tan lacerantes privilegios. Tal vez, retomando la racionalidad  y la experiencia histórica, podamos darnos la oportunidad de no recaer en pasados integrismos. Así quizá, mujeres y hombres podamos reaprender el encuentro inteligente en que como personas convivamos sin las trabas de sexo,religión, frontera o cuna. Si a eso se añade algo de solidaridad para no revestir las ambiciones con tales ideologías, nos acercamos a la utopía.

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