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El Papa llega a Madrid en días de tregua tensa entre Gobierno e Iglesia

La relación del Estado con el Vaticano ha mejorado desde que Ratzinger es Papa El Pontífice ha logrado del Ejecutivo una mejora de la financiación estatal

Benedicto XVI llega este mediodía a Madrid, donde será recibido por los Reyes, a los que se añadirá el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, que, además, acudirá mañana a visitarle al palacete de la nunciatura, donde se aloja. No parece que hayan hecho mella en el presidente las palabras del Papa, pronunciadas en noviembre, en las que afeaba a Zapatero el haber propiciado que España haya vuelto, en su opinión, al anticlericalismo previo a la guerra civil, cuando se quemaban iglesias. En realidad, las manifestaciones efectuadas en el avión que le trasladaba a Santiago de Compostela no reflejan el estado de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, que disfrutan de una entente cordiale, salpicada periódicamente de los reproches de la jerarquía eclesiástica española a cuenta de las iniciativas legislativas del Gobierno. El pacto de no agresión, o más bien el enfrentamiento de baja intensidad, no ha dejado ni vencedores ni vencidos.

Cuando el Papa alemán, que accedió al trono de San Pedro en abril del 2005, viajó por primera vez a España en julio del 2006, para presidir el Encuentro Mundial de las Familias que se celebró en Valencia, las relaciones bilaterales entre la Iglesia y el Gobierno echaban chispas. Un año antes los obispos se habían manifestado por las calles de Madrid contra la reforma del código civil que legalizaba el matrimonio homosexual, una protesta que colmó el vaso de la paciencia del Ejecutivo con los obispos, liderados por el cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela.

CONCILIADOR / Lejos de echar gasolina al fuego, las discursos del Pontífice adoptaron un tono conciliador que decepcionó a los halcones del episcopado y al principal partido de la oposición, el PP, con el que compartían estrategia. La táctica del Papa surtió excelentes dividendos meses después, cuando la Iglesia española consiguió cerrar una mejora del sistema de financiación que le había negado el Gobierno de José María Aznar durante los ocho años que estuvo en el poder.

La distensión, que Zapatero confió a la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, se cocinó a fuego lento en la Moncloa y no tardó en hallar la complicidad del secretario de Estado del Vaticano y número dos de Ratzinger, Tarcisio Bertone, al otro lado de la trinchera.

La aproximación no impidió que el Ejecutivo acometiera algunas de las reformas previstas en su agenda social, como la agilización del divorcio o la reforma de la legislación sobre el aborto, al tiempo que renunciaba a sacar adelante la ley sobre la libertad religiosa, que ha quedado en agua de borrajas, al igual que la regulación de la muerte digna, tras la que los obispos veían el fantasma de la eutanasia, o el proyecto que pretendía dejar sin financiación a los colegios que separan al alumnado por razón de sexo, en su gran mayoría de corte católico. El combate ha acabado en tablas. Ahuyentado el fragor de la batalla, es de prever que Benedicto XVI eché mano esta vez más que nunca de la cortesía para despedir a Zapatero.

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