El obispo de Alcalá lucha contra el fin de la humanidad

La Iglesia católica, que parecía haber conseguido por fin una ley del aborto acorde con sus intereses, se ha comenzado a poner nerviosa ante el frenazo que el propio PP ha dado al proyecto del beato Alberto Ruíz Gallardón. Tiene la jerarquía eclesiástica muchas e ilustradas plumas sobre el tema (de hecho, plumas le sobran en todos los sectores), pero ninguna tan radicalmente afilada como la del obispo de Alcalá, Juan Antonio Reig Plà, que ha sido quien esta semana ha saltado al ruedo informativo con una fascinante teoría sobre el fin de la humanidad.

Asegura el prelado complutense, que tras la Ley del aborto, ésta y cualquiera que lo permita, existe una conspiración internacional liderada por la ONU y secundada por otros organismos como el Parlamento Europeo, que pretenden reducir drásticamente la población mundial. No dice el obispo con qué objetivo, pero no hace falta ser muy ducho en temas bíblicos como para no ver la mano del Maligno tras esta confabulación.

Cabe preguntarse, y estoy convencido de que Reig Plà debe estar muy próximo a descubrirlo, qué interés tiene el Demonio, en forma de ONU, en reducir la población mundial. Uno podría creer que cuanta más gente se amontone en el planeta, agotando sus reservas naturales y, por lo tanto, aumentando la miseria, más posibilidades tendrá Belcebú de encontrar gente dispuesta a vender su alma por un trozo de pan. De todos es sabido que, pese a lo que dicen que dijo Jesucristo, los ricos están mucho más cerca del reino de los cielos que los pobres, como lo demuestra la íntima relación que desde siempre ha existido entre la Iglesia y el poder económico.

Pero si se detiene uno un poco a pensar, llegará a la conclusión de que la clave no se encuentra en el número de personas que viven, sino en el de las que nacen. Al obispo de Alcalá, y a la Iglesia en general, se la trae literalmente floja los millones de personas que mueren de sida en África por la negativa de la jerarquía en permitir el uso del preservativo. De la misma manera que se desentendió, cuando no participó directamente, del genocidio tras la Guerra Civil, o del que hubo durante la Segunda Guerra Mundial en la que el Vaticano llegó a proteger a algunos de los principales asesinos nazis, como lo hizo después con otros genocidas como Pinochet o Videla. Está claro que los vivos ya creciditos no consiguen poner tan dura la voluntad de los jerarcas eclesiásticos por la defensa de la vida, como lo hacen los neonatos.

El principal medio para mantener la influencia de la Iglesia no ha variado desde su fundación: la mentira a través de la negación de la realidad científica. De la misma manera que a los antecesores en el cargo de Juan Antonio Reig no les tembló la mano en la hoguera ante quienes defendían primero que la Tierra era redonda y, poco más tarde, que giraba en torno al Sol; tampoco le cambia el semblante al obispo cuando asegura que “en el mundo cada vez somos menos habitantes”. Sé que los datos científicos provocan sarpullidos en monseñor, pero por si no tiene previsto para hoy otro entretenimiento carnal más placentero que el de rascarse, ahí van algunos: En los 50 años que van de 1950 a 2000, la población mundial creció un 141%. Hace dos años nació el habitante 7.000 millones y según las proyecciones de los científicos a finales de este siglo habrá 10.000 millones de personas abarrotando el planeta. Así que no hay motivo para que la Iglesia y, en particular, el prelado de Alcalá se preocupen, que niños no les han de faltar.

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