El neoliberalismo como nueva religión

La sociedad española ha vivido durante las tres últimas décadas un intenso proceso de secularización, que se deja sentir en muchas de las manifestaciones sociales, pero especialmente en estas fiestas de Navidad y Año Nuevo. Unas fiestas que muchas personas han dejado de celebrar en su sentido cristiano para celebrarlas en el marco de una nueva religión, la del neoliberalismo, que es la religión del consumo.

En la década de los años 20 del siglo pasado escribía Walter Benjamin un lúcido artículo bajo el título ‘‘El capitalismo como religión’’, en el que consideraba el capitalismo no como una mera construcción religiosamente determinada (así lo caracterizó Max Weber en Ética protestante y espíritu del capitalismo), sino como un “fenómeno esencialmente religioso”. El cristianismo de la Reforma, más que favorecer el surgimiento del capitalismo, lo que hizo fue transformarse en capitalismo, cuyos rasgos fundamentales son, a juicio de Benjamin, los siguientes: a) es una religión del culto, quizá la más extrema por su utilitarismo; b) la duración del culto es permanente; c) hay una autogeneración del éxito, una ebria celebración de los balances y de los beneficios y una orgía del consumo; d) la laboriosidad cúltica no conoce fronteras; e) lejos de liberar de la culpa, el culto capitalista culpabiliza por sí mismo; f) Dios debe ser ocultado, invisibilizado.

Lo que Benjamin dijera del capitalismo es aplicable hoy –y con creces– al neoliberalismo, que se configura como un sistema inflexible de creencias y funciona como religión monoteísta de tendencia rígida y deshumanizadora. En ella el Mercado suplanta al Dios de las religiones monoteístas y se apropia de sus viejos atributos: omnipotencia, omnipresencia, omnisciencia, providencia. Aparece como un Dios único y celoso, que no admite rival, ni divino ni humano. Proclama que fuera del mercado no hay salvación, mientras que excluye de la salvación a la mayoría de la población del Tercer Mundo y a amplios sectores del Primer Mundo: en total, más de dos terceras partes de la Humanidad.

La religión monoteísta del mercado tiene sus textos canónicos que exponen la doctrina económica ortodoxa. Son las obras de Hayek y Friedman, padres del neoliberalismo, en las que se establece una visión del mundo de marcado carácter dualista, ya que disocia hechos y valores, ética y economía, individuo y sociedad, trabajo y placer, libertad e igualdad. Esta religión considera apócrifos los textos que critican su doctrina económica, y los califica de demagógicos.

Celebra sus asambleas litúrgicas en las reuniones del G-8, BM, FMI, OMC, donde se toman las decisiones sobre la economía mundial, que afectan en su mayoría a los países subdesarrollados. Estos, que no intervienen ni pueden ejercer el derecho de veto en dichas asambleas, se ven obligados a aceptarlas y ponerlas en práctica so pena de terribles sanciones que repercuten severamente en las mayorías populares, ya de por sí marginadas. Reprime las manifestaciones de los movimientos de resistencia global por considerarlas atentatorias contra el sagrado orden establecido.

La religión del mercado dispone de eficaces vías de influencia en la opinión pública, como son las llamadas “biblias de inversores y especuladores de bolsa” (Ignacio Ramonet), que anuncian el “evangelio de la felicidad” del neoliberalismo y defienden la privatización como solución a todos los problemas. Sus sacramentos son los productos comerciales que se publicitan a través de una atractiva simbólica venal cargada de mensajes subliminales orientados a crear necesidades que la mayoría de la ciudadanía no puede satisfacer, y a motivar el consumo de manera compulsiva.

Los templos profanos de la nueva religión son hoy los bancos, a cuyos mostradores y ventanillas se acercan los clientes con el mismo respeto y las mismas reverencias que las personas creyentes en sus templos, y las grandes superficies comerciales, verdaderos lugares de peregrinaciones masivas de consumidores de todas las ideologías y credos. La nueva religión practica sacrificios, pero no en símbolo, como las demás religiones, sino en todo su realismo. En el altar de la globalización neoliberal se sacrifican diariamente vidas humanas, las de los marginados y excluidos del sistema por el propio sistema, y la vida de la naturaleza a través de la tala de los bosques, de la contaminación del aire, de los ríos, de la vegetación, de los cultivos, etcétera. Y todo ad maiorem capitalismi gloriam. Si en la religión de Jesús de Nazaret predomina la misericordia sobre los sacrificios, en la religión del mercado imperan estos sobre aquella. Si allí se establecía el perdón de las deudas, aquí se impone el pago hasta el último céntimo.

Esta religión cuenta con un “alto clero supranacional”, representado por organizaciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio, que goza de un poder no legitimado democráticamente. Un clero que predica, con fervor y celo misioneros, un credo económico único, al que se ha convertido la mayoría de los Estados del planeta, incluidos los más pobres. Se les pretende convencer de que solo la recitación y la práctica de ese credo pueden salvarlos del caos en que viven sumidos. Para entrar en el santoral de la prosperidad el poderoso y temido clero neoliberal impone como penitencia severos ajustes estructurales.

Ninguna religión fue capaz de extender de manera tan eficaz y universal su credo como la del mercado, que cuenta con flamantes teólogos entre sus filas. Uno de los más destacados es Michael Novak, quien, tras intentar demostrar que el capitalismo es el mejor modelo económico por las riquezas que genera, la excelente distribución de las mismas y el logro de los mayores niveles de felicidad, osa decir que la tradición judeo-cristiana es el suelo de ese sistema económico y constituye un aliciente para la “ética de la producción”.

Otro flamante teólogo de la religión del mercado es Michel Camdessus, ex secretario general del Fondo Monetario Internacional y hoy asesor del Vaticano en materia de ética económica, quien presenta a los empresarios cristianos como “los administradores de una parte en todo caso de esta gracia de Dios –el alivio de los sufrimientos de nuestros hermanos– y los procuradores de la expansión de su libertad”. También propone la necesidad de celebrar las bodas entre el mercado mundial y el reino de Dios como condición necesaria para una mayor producción y un mejor reparto de los bienes.

Para llegar a estas conclusiones, que se dan de bruces con la realidad y no resisten el más mínimo análisis empírico, los teólogos de la religión del mercado se apropian del lenguaje de los teólogos y las teólogas de la liberación –hasta el punto de comparar a la Businness Corporation moderna como “una extremadamente despreciada encarnación de la presencia de Dios en el mundo” (Novak)–, no sin antes vaciarlas de todo contenido liberador real. Hacen suya la opción por los pobres, pero solo de forma retórica, cuando en la teoría y en la práctica legitiman el sistema que causa la pobreza. Hay que estar muy atentos a esta nueva religión y a sus teólogos, porque deja muchos cadáveres por doquier y eso resulta incompatible con el Dios de la vida de la mayoría de las religiones.

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