El mal de altura del Papa

Al parecer, algunos viajes en avión animan al Papa a ser locuaz cuando habla con los periodistas que le acompañan. Tal vez sea un fenómeno atribuible a la avanzada edad del Pontífice, aunque, quien sabe si volar a treinta o cuarenta mil pies de altura, y estar más cerca del cielo, le hace ser más proclive para sembrar unas prédicas más contundentes y atrevidas que de costumbre. Sea cual fuere la razón, algún extraño mal de altura debe influir en el representante de Dios en la tierra; no hay más que recordar lo sucedido hace poco más de un año cuando, sobrevolando el continente africano, el Pontífice afirmó que los preservativos no servían como método para combatir el sida.

Sobre los cielos de España
Es posible que, animado por el ambiente de confraternidad que se respiraba en la cabina del avión que le llevaba de Roma a Santiago, el Papa no tuviera pelos en la lengua a la hora de afirmar que "en España ha nacido un laicismo y un anticlericalismo fuerte y agresivo como el de los años treinta" y añadiera la necesidad de una “reevangelización” de nuestro suelo patrio.

Con sus palabras, el insigne “peregrino” confirió a su visita un matiz impropio de la diplomacia entre dos países que, en teoría, atraviesan un “buen momento”, e incurrió en una injerencia que desdeñaba al Gobierno muy a pesar de su deferencia al aparcar, recientemente y de momento, la reforma de la Ley de Libertad Religiosa.

¿Aconfesionalidad o Laicismo?
Constitucionalmente, España es un país aconfesional desde el momento en que el Estado decidió mantener acuerdos con varias confesiones religiosas a diferencia de los estados laicos en los que separación entre lo religiosos y lo estatal es neta y absoluta.

Esta aconfesionalidad (que no laicismo) confiere a la Iglesia Católica unas prebendas económicas muy a pesar de que actual Gobierno se muestre proclive al laicismo. En cualquier caso, si llegado el momento, nuestro país decidiera ser laico, sería una coyuntura ante la que el Vaticano no tendría siquiera que opinar so pena de incurrir en una intromisión en los asuntos internos del Estado español.

Anticlericalismo fuerte y agresivo
Si España fuera ese Estado laico “fuerte y agresivo” que el Papa denunció mientras peregrinaba a Galicia a bordo de un jet, los gastos de su periplo español habrían hecho mella en las atiborradas arcas de ese minúsculo Estado embutido dentro de Roma, en la misma medida que se ha mermado la maltrecha economía española que se abastece con los impuestos de quienes, entre otros, se sienten laicos y hasta anticlericales.

Como en los años treinta
Mucho miedo debe tener el Papa a perder los privilegios que el catolicismo goza en España cuando se ha atrevido a comparar la situación de nuestro país con la de los años treinta, en clara alusión a los tiempos de la segunda república.

Veamos Santo Padre, usted no es quien para opinar sobre el posicionamiento religioso de un país constitucionalmente aconfesional y menos cuando está en él de visita y a gastos pagados. Sepa usted que la Constitución confiere a los españoles el derecho a ser budistas, advaítas vedantas, miembros de la cienciología, protestantes, judíos, musulmanes, aconfesionales, laicos y hasta anticlericales sin que pase nada de nada. Es un derecho que nos asiste en base a muchos años de trabajo y consensos para llegar a ser libres después de sufrir cuatro decenios de dictadura.

Reevangelizar España
En esa España que quiere usted “reevangelizar” resultan hoy impensables, por imposibles, algunas de las barbaries cometidas antaño tales como la quema de iglesias o la persecución de curas y monjas, sin duda unos hechos deleznables que no habrían sucedido sin una guerra que los republicanos no iniciaron y que en ningún momento formó parte de su código ético e ideológico. Pero, para qué hablar de guerras si usted conoce perfectamente sus sangrientas consecuencias siendo que el país del que ostenta la jefatura de Estado ha promovido y alentado cientos de ellas a lo largo de la historia.

Contra la avaricia, generosidad
Dejando a un lado las tropelías cometidas por ambos bandos durante la guerra civil española, quiero informarle, Santo Padre, que el progreso de nuestra nación hace insalvable el abismo que separa los años treinta de la primera década del siglo XXI. Nuestro Estado de derecho es muy benévolo con el catolicismo cuando, en base a una moderna Constitución, les permite el derecho a tener sus propios seminarios, colegios y universidades, algo impensable, dicho sea de paso, en los años treinta. Es por ello que recomendaría al Jefe de Estado del Vaticano que no juegue con fuego ni pida más de lo que se le ofrece, pues su avaricia –el tercero de los pecados capitales- podría alentar el laicismo que tanto teme y poner en peligro muchas de las prebendas que aun disfrutan.

Sería aconsejable que la Iglesia Católica ejercitara esa virtud que sirve para combatir la avaricia -tercero de los pecados capitales- y que no es otra que la generosidad. Tal vez así dejarían de exigir que el Estado español les subvencionara y mantuviera mas todavía de lo que lo hace con los impuestos de muchos ciudadanos que no se sientes católicos.

Democracia vaticana
Resulta incongruente que el Papa advierta del peligro del laicismo para nuestra democracia cuando el Vaticano ignora esa forma de gobierno al mantener una estructura tan medieval como patriarcal, machista y netamente antidemocrática basada en una estructura de poder que tradicionalmente se ha opuesto a los avances de la humanidad que hacían peligrar sus intereses o la fe con la que controlar a sus fieles.

Es la cúpula católica un grupo de presión que ancestralmente ha castrando el libre albedrío aprovechando la indefensión del ser humano como ente inmerso en un grupo social tan mal estructurado como sometido a la tiranía de los poderosos y el miedo.

Como religión e instrumento de poder, el catolicismo ha impuesto en la historia de la humanidad, a golpe de espada, un credo con el que ha cristianizado y arrasando culturas y civilizaciones más antiguas que el propio cristianismo.

¿Es ésta la “reevangelización” que propone Benedicto XVI para que España no sucumba al laicismo y al anticlericalismo? ¿Justo la misma que el catolicismo aplicó en el cono sur americano desde finales del siglo XV y con la misma energía que sus hombres de Dios, monjes soldados, derrocharon en las cruzadas en Tierra Santa?

Silencio oficial
Muy a pesar de que Rubalcaba, que aguardaba pacientemente la llegada del avión papal a Santiago, conociera ya las declaraciones de Ratzinger antes de que el Papa pisara suelo español, la prudencia y el silencio se impusieron como respuesta diplomática a lo que sin duda era una clara injerencia en los asuntos internos de nuestro país. Está claro que al Gobierno le ha cogido desprevenido las declaraciones del Papa Ratzinger y que, tras la sorpresa inicial, ha optado por esperar a que finalice la visita del Pontífice antes de hacer una valoración y pronunciarse al respecto, algo que sin duda se hará.

Colofón
Muchos no creyentes han manifestado su irritación porque la visita de Benedicto XVI se haya costeado con fondos públicos. Aunque son muchos quienes lo justifican alegando que el Sumo Pontífice es un jefe de Estado a quien se debe recibir como tal, la balanza de argumentos se desequilibra si recordamos que Jesucristo enfatizó en la separación entre “lo de Dios” y “lo del César” alegando, además, que su reino no era “de este mundo”. Pero este razonamiento, del que solo planteo unas breves premisas a modo de sugerencias, nos llevaría a una disquisición demasiado extensa y creo que ya he rebasado con creces la extensión de este artículo.

Alberto Soler es escritor y licenciado en Medicina

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