El Libro, laicismo, racionalidad y fe

La especie humana lleva, según parece, varias decenas de milenios sobre la tierra; cualquier forma gráfica que usáramos para representar el progreso intelectual de la especie humana vendría a ser una larga línea plana que, solo en una parte final da un salto y alcanza valores elevadísimos para cuantificar los conocimientos, las habilidades intelectuales, y el progreso material alcanzados tan solo en los últimos siglos  Hasta llegar al siglo XX coexistían en la tierra comunidades con alto nivel de desarrollo, junto a otras que, tan antiguas como estas, seguían en niveles de conocimiento como  en los primeros tiempos de aparición del homo sapiens. Los grupos étnicos que se mantuvieron con desarrollo casi nulo durante milenios son las que no fueron capaces de usar más sistema de transmisión y acumulación de conocimientos que la transmisión oral.

Y es que, además del desarrollo del individuo que solo utiliza la información transmisible genéticamente, complementada por la tradición gestual u oral que los padres pasan a sus hijos, las tribus y en definitiva la especie humana, fue capaz de generar un sistema para almacenar y conservar una exo-información  a  través de sistemas para acumular saberes; la escritura es un modo de almacenar información que no depende ya de la biología. Los libros, en cualquiera de sus formas, constituyen el sistema de acumulación de información capaz de trascender generaciones y permitir que con el paso del tiempo  las sociedades humanas que inventaron la escritura desencadenasen en pocos milenios un desarrollo intelectual (y consecuentemente material) al que no fueron capaces de unirse las comunidades ágrafas, algunas de las cuales se mantenían en su estado más primitivo hasta finales del S XX.

Las palabras escritas permitieron redactar leyes con vocación de permanencia; escribir historias (verdaderas o no) que ofrecían las imágenes de reyes poderosos o de hazañas sucedidas, posibles o imposibles. Permitían también fijar la imagen de Dios y de ese modo mantener a las poblaciones esperanzadas o amenazadas para que cualquier forma de orden fuera mantenido. Un LIBRO en particular fue escrito a lo largo de siglos y constituye, aún hoy día, una referencia importante para la organización de la vida de nuestros contemporáneos. Judaísmo, cristianismo e islamismo son religiones “vivas” para muchos millones de personas que organizan sus vidas, en mayor o menor medida, en base a dogmas extraídos de las interpretaciones (diversas) de textos que inicialmente fueron comunes para las tres religiones.

Sin embargo, sin ser capaz de realizar aquí un profundo análisis antropológico de tantos creyentes/practicantes, con la perspectiva de un simple “superviviente” de esa confusa y diversa multi-interpretación, pretendo en estas líneas aclararme yo mismo en las diferencias, nada sutiles, entre la cultura en que me he criado y las otras dos que, de una forma u otra, pudieran ser para otros alternativas opcionales pero que jamás deberían llevar (¡otra  vez; tantas veces¡) a enfrentamientos más que dialécticos.

La religión en la que se ha apoyado la cultura en la que fui (más o menos) educado es la cristiana. La base del cristianismo es, además de en la figura importante de Cristo, es la misma Biblia que tienen como referencia los Judíos (antes que los cristianos) y los musulmanes (después de éstos). Para que el cristianismo fuese una religión “de estado” hizo falta que Constantino en el año 313 estableciese, de acuerdo con el entonces papa  cristiano  Silvestre I, el apoyo del Imperio al catolicismo y su libre culto. No debemos perder de vista que el imperio romano –y su precedente griego- tenia por entonces bastantes siglos de historia y por tanto de experiencia de “organizar la vida civil y política de los ciudadanos” (o súbditos, ahora eso no importa). Aún llamamos “civilización” (hacer ciudad) a toda esa compleja manera de organizar la vida de la gente. Se trataba, podríamos decir, de un pacto entre pícaros: el Estado laico ya sabía, con la experiencia de las culturas greco-romanas, cómo organizar la vida de os ciudadanos y llevaba siglos ordenando poblaciones, ciudades-estado y regiones inmensas colonizadas; el papado aportando su capacidad de controlar las mentes e influir sobre la felicidad de esos colonos con promesas de felicidad, perdonando los pecados del vivir, y amenazando a los infieles. El negocio, con sus vaivenes, ha funcionado casi dos milenios y el “mundo cristiano” ha sido capaz de ceder a las tormentas religiosas, herejías, escisiones y multiplicación de sectas, sin que haya desaparecido lo que seguimos llamando cultura cristiana.  En esos dos milenios, en el nombre de dios, fueron cometidos horribles crímenes que ahora disimulamos; guerras, persecuciones y genocidios sobre los que hoy pasamos de puntillas pero que solo excepcionalmente han obligado a la principal iglesia cristiana, la vaticana, a pedir algún perdón histórico con la boca pequeña.

Pero, en todo caso, había dos organizaciones (Estado e Iglesia) que se vigilaban mutuamente y que, cada una por separado tenía intereses a veces comunes (de reparto de botín) o contrapuestos por lo que algún estado decidió crear la propia iglesia “pret a porter” como sucedió en el Reino Unido. Con en paso del tiempo los acontecimientos han venido, en el occidente cristiano, a mantener y a aumentar el papel del Estado y a disminuir la cultura religiosa que, a partir de la ilustración y el racionalismo fueron sustituidos por otra especie de nueva religión basada en la adoración de “las oportunidades de negocio” también llamado capitalismo.

La otra religión del libro, la que parece más fiel a los textos primitivos, más auténtica y antigua, el judaísmo, ha seguido derroteros bien diferentes. La propia Biblia es, sobre todo, la historia del pueblo elegido por Dios. No sabemos demasiado de los detalles acerca de cómo se organizaba la vida cotidiana de los judíos más que a través de historias personales de los protagonistas de la Biblia. A veces lo simbólico o fantástico se mezcla con lo que pudo ser realmente histórico -jamás pudo vivir, por ejemplo, un Matusalén el tiempo que se le atribuye en esos textos-. El resultado final es que, hace varios milenios, los componentes de ese “pueblo elegido” se dispersaron, no tuvieron en treinta siglos la posibilidad de crear, organizar y defender un verdadero estado en donde, con los patrones morales que son defendidos en el judaísmo, viviera en una sociedad razonablemente feliz. Pese a esa falta de Estado, los lazos sociales que mantenían a las comunidades judías en todo el mundo, fueron capaces de mantener una cohesión casi familiar pese a estar dispersas. Y de esas comunidades dispersas pero bien estructuradas socialmente con normas de conductas personales muy estrictas, surgieron muchísimos cerebros brillantes a lo largo de los siglos en todas las ciencias y artes: matemáticas, ciencias de la tierra, economía tantos campos del saber en el que finalmente han enriquecido también al conjunto de la especie humana. Junto a la conciencia de comunidad, los defensores de las esencias han desarrollado también (como en su día y durante milenios lo hicieron los católicos) unos rituales ortodoxos que intentan defender y mantener la pureza de las instituciones y tradiciones judías. El hecho de carecer de estado pero haber sido capaces de mantener su conciencia de “Pueblo Judío” les ha dotado de estructuras que, en cualquier país en donde habitaran, les ayudaran en la resolución de los conflictos cotidianos. Los rabinos han sido siempre una autoridad moral para la regulación de la vida civil, cotidiana, de sus fieles lo que a mi entender, nunca consiguieron los sacerdotes cristianos para resolver problemas diarios de sus fieles. Pero llegar a convertirse en Estado requiere, como afirman los teóricos, la concurrencia de Población, Territorio y Poder.

Finalmente el “pueblo elegido” por Dios lo fue también por el Reino Unido y por la Sociedad de Naciones. Sobre un espacio que estaba ya habitado por un pueblo antiguo, Palestina, donde después de la segunda Gran Guerra se decidió crear un estado para ese Pueblo Elegido. El mundo occidental intentó, en parte, redimirse de los pecados cometidos por muchas naciones a lo largo de la historia en las marginaciones y persecuciones a que se había sometido al colectivo judío durante milenios. En el pasado, muchos estados, entre ellos España, los había sometido a persecuciones y expulsiones; pero sobre todo el régimen nacional-socialista de la Alemania de Hitler cometió un genocidio sistemático a esa comunidad, aplicando una tecnología criminal a gran escala, sin precedentes. Con intención de propiciar una solución permanente al problema judío se creó de manera totalmente arbitraria el Estado Libre de Israel (los estudios políticos previos seguramente argumentarían suficientes razones para llegar a aquella solución de ubicación y oportunidad). La respuesta a esa creación/ocupación dio lugar a una guerra asimétrica en la que Israel dispuso de recursos y apoyos intencionales suficientes para, no sin sufrimiento, establecer un status quo en esa parte del mundo que, con todos los conflictos pendientes y una breve guerra internacional con los estados vecinos, aún perdura. ¿Podría decirse que el Estado de Israel ha fundamentado sus leyes y organizado su vida cotidiana basándose en los principios bíblicos?. Parece que, a pesar de que los religiosos ortodoxos en ese país gozan de privilegios especiales (como, hasta hoy, no tener que realizar el servicio militar allí obligatorio y en un estado de guerra permanente) sus responsabilidades son el mantener las “esencias” del judaísmo y tener muchos hijos. Por lo demás, parece, desde esta parte del mundo, que la organización de ese grupo social que fue el primero en asumir la religión del libro, modela sus leyes según patrones (además de asumir una situación de guerra permanente) no directamente en la Biblia sino en la filosofía capitalista más avanzada.

La tercera cultura religiosa basada en EL LIBRO, el islamismo, es la más moderna de las tres que analizamos. Para el Islam los protagonistas de esos textos antiguos fueron asumidos sin demasiada dificultad, por ejemplo asumiendo que Cristo, uno de los protagonistas del Nuevo Testamento, quedase transformado en solo uno más de los profetas. Del éxito de su expansión puede dar idea el que, pese a su juventud relativa, el Islam es una profesión de fe que siguen más de 1800 millones de personas en el mundo. Su aparición se produjo en un contexto geográfico en el que las aglomeraciones humanas organizadas, en el sentido que damos a nuestras antiguas ciudades, eran más bien escasas y la sociedad en que se expansionó no poseía una previa estructura social compleja; de manera que el islamismo vino a rellenar muchas de las necesidades que conllevaba la vida cotidiana de los colectivos sobre los que creció. Se habla de “Ciencias Islámicas”; nunca se ha hablado de “ciencias Cristianas ni de “Ciencia Judía”(al contrario, en el orbe cristiano aparecieron en el pasado con frecuencia las contradicciones ciencia/fe dando lugar a procesos penales que terminaban a veces con el fuego para los discordantes). Y ello deviene a que en el Islam resulte fácil llegar a que la organización basada en esa Fe alcance a casi todas las esferas de la vida cotidiana. Desde la forma de organizar la vida personal (compromiso de estar casi permanentemente rezando) la estructura de la familia y, a nuestro juicio, la inaceptable diferenciación de los papeles de hombre-mujer, la poligamia, todas las relaciones sociales y económicas están reguladas por la sharia (conjunto de leyes islámicas) o las fatuas (sentencias pronunciadas por responsables religiosos, no jurídicos) hasta llegar a definir en muchos casos la propia naturaleza del estado. Son varios los estados que se autodefinen como “Estado Islámico”. Resulta difícil en este contexto el intentar compatibilizar una cultura laica con la que está regulada por las normas religiosas. La permeabilidad que en nuestros días existe en los entornos académicos y comerciales propicia que muchos profesionales de los países de cultura islámica convivan, estudien y negocien con lo que simplificando llamamos “occidente”. Y sin embargo, algunos de los líderes (a veces tiranos) que rigen estados totalitarios, o sus esposas, han recibido formación universitaria, sobre todo en UK o USA, lo que no parece ayudar a “racionalizar” (al menos desde nuestro punto de vista) los sistemas políticos de algunos de esos estados que en este momento más nos preocupan tanto por su propia política o por las relaciones con sectas o ideologías terroristas que podrían estar apoyando.

En definitiva y como conclusión, parece que existe un desequilibrio entre las tres culturas del libro para abordar una relación racional (y sobre todo pacífica) que propicie una convivencia inevitable, y deseable, entre hombres y mujeres de cualquiera fe o base cultural religiosa. La racionalidad de la vida social (por qué no llamar “vida laica” a aquella que no esta contaminada desfavorablemente por los prejuicios religiosos) resulta más difícil en esa cultura en donde la religión lo impregna todo. Cristianos y judíos seguramente llegan al agnosticismo o al ateismo sin traumas y desde estas dos posiciones la aceptación de una cultura racional es más fácil. Ello sin menoscabo de entender que la nueva religión que en estos momentos condiciona toda la política mundial (el capitalismo) deba ser sometida a las revisiones o cambios que la izquierda lógicamente intenta imponer para superar las contradicciones de ese sistema. Desgraciadamente, sin embargo, parece que esa racionalidad tardará en llegar más de una generación.

Eduardo Peris Mora

Profesor Universidad Politécnica Valencia

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*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.
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