El laico beneficio de la duda

Al país le costó demasiado dolor la cobardía de la mayoría de los prelados sin contar la complicidad de la cúpula eclesiástica con el genocidio.

La deuda que tiene con la humanidad una institución de 2000 años de existencia terrenal no se salda así nomás. A Francisco lo ampara el laico y materialista-dialéctico beneficio de la duda. Se sabe: en esta parte sur del mundo, la única invicta es la esperanza. Amén, como dijo Hebe. A pocas horas de iniciar su papado resulta inconveniente predecir sus políticas. Cómo estar en contra de lo que se desconoce, como acostumbra por aquí la oposición. No obstante, todavía no bastan sus edificantes gestos de austeridad, ni los de una élite católica mundial muy volcada a la derecha que, por esta vez, optó por un cardenal de la periferia, que fue a "buscar al fin del mundo", como enfatizó Jorge Bergoglio. Una certeza, sin embargo, asoma obvia: el nuevo Papa viene a reconstituir la dañada imagen de la Iglesia, acaso potenciar su declinante peso político y, eventualmente, devolver a la curia su histórica cuota de poder.

A propósito, qué dirá Wikileaks dentro de algunos años, cuando se filtren los archivos secretos y se eche luz sobre las profanas alianzas que se dieron en el cónclave. El jesuita será el campeón de los pobres, como dijo Obama, pero qué resultado arrojará la raíz cuadrada del poder Vaticano.

Las viejas intenciones políticas de la Iglesia y el formato ideológico que las sostiene exceden largamente las implicancias que quieren darles a los zapatos gastados del curita. Como nadie, la Iglesia sabe que la demagogia supone una inexcusable contraprestación: que alguien (uno o millones) la crean a pie juntillas. Pese a todo, la suma bondad del padrecito que nació en Flores y llegó en subte hasta el ventanal mayor de la Plaza San Pedro se da de bruces con la declaración del vocero vaticano.

Según Federico Lombardi, todas las acusaciones que se hicieron sobre Bergoglio son difamaciones de la "izquierda anticlerical", vertidas por una "publicación caracterizada por su cariz calumnioso y difamatorio". Primer error. El tiempo dirá si el traspié más que táctico fue del Papa o del aparato de comunicación del Estado católico. En cualquier caso, más trabajo para Francisco. Tocado.
Alguien tendría que haberle dicho al vocero que Página/12 fue el único diario de circulación nacional que se puso a disposición de las víctimas del genocidio y denunció la impunidad en tiempos en que el perdón y el olvido fueron políticas de Estado en la Argentina. Qué raro que no lo haya recordado la SIP todavía. El dolor de tantas familias laceradas y la herida en el cuerpo social argentino merecen un trato muy diferente al dado por una institución cuyos dirigentes más encumbrados gesticulan al mundo su intención de transformarla desde la raíz.

Resulta paradójico que la Iglesia, cuya razón de ser es moral (pequeño detalle), les saque el cuero a sus críticos, y desestime las sospechas que nublan la estela de Francisco con una apelación apenas formal a la ley penal argentina. Efectivamente, la justicia no juzga la cobardía, el miedo, los dobleces en la subjetividad de las personas, sino su comportamiento criminal. No hacía falta que Lorenzetti lo volviera a recordar. Si en el Juicio a los Comandantes de las tres primeras Juntas Militares los jueces necesitaban encontrar los inhallables cuerpos de las víctimas para certificar evidencias y dictar de mala gana condenas con penas irrisorias, qué se le puede pedir a un tribunal que debe calificar penalmente las más recónditas tribulaciones de un jesuita con fueros.

Es, por lo menos, una contradicción ética que el Vaticano desatienda de un modo tan mundano las objeciones a la falta de valentía, de compromiso cristiano y de solidaridad más elemental con los hermanos y hermanas de la Iglesia (y también con laicos, fieles de otras religiones, y hasta pecadores y marxistas irrecuperables) victimizados por la dictadura. La Catedral estuvo abierta toda la noche para celebrar la asunción de Francisco, pero cerraba las puertas con candado a las Madres de Plaza de Mayo en 1977. Al país le costó demasiado dolor la cobardía de la mayoría de los prelados, sin contar la abierta complicidad de la cúpula eclesiástica argentina y vaticana con el genocidio.

Desde luego, reconforta que el nuevo Papa hable bien de los "gobernantes de América Latina, porque trabajan unidos por la Patria Grande", según contó la presidenta Cristina Fernández, y todavía más que Francisco recurra a esa expresión (más que un término geográfico, un concepto político) porque "era la que utilizaban San Martín y Bolívar". Al revés de muchos de los enemigos del proceso latinoamericano, el Papa sabe que el eje progresista que manda en la región está suficientemente fuerte. Su definición, hasta ahora desconocida, acaso le servirá para emprender una nueva evangelización en el continente, al tiempo que le impone una distancia por ahora inexpugnable a quienes insisten en desestabilizarlo, y que dos papados atrás encontraron eco en el Vaticano. Difícil que el pueblo que todavía llora a Hugo Chávez olvide que Juan Pablo II mandó a su embajador en Venezuela a dar reconocimiento de Estado al golpista Pedro Carmona, en abril de 2002.

Por lo demás, la formalidad de la presidenta, quien trató con suma cordialidad al Papa aunque sin dejar de observar la distancia y el marco institucional que les impone el vínculo, también es un mensaje. Si bien el encuentro fue cálido, Cristina le pidió por Malvinas y trató a Francisco no como un compañero peronista, sino como un estadista neutral y equidistante en la disputa con Gran Bretaña. Que nadie se confunda: Francisco y Cristina son dos cuadros políticos, de relevancia supranacional, a cargo de las más altas responsabilidades de Estado. Aunque parezca una obviedad (o incluso una tontería), es precisamente ahí donde hay que situar el encuentro entre los mandatarios, como son en definitiva: uno elegido por ciento y pico de cardenales, la otra por un pueblo de 40 millones de habitantes. Se explica entonces la comitiva oficial que viajó a Roma, incluido el presidente de la Corte Suprema, no tanto las continuas declaraciones a la prensa de un muy entusiasta Ricardo Lorenzetti. Yo creía que estando separados el Estado y la Iglesia, su justicia (la más celosa garantía de legalidad) debía estarlo aun más.

A veces a muchos nos cuesta entender demasiado algunas cosas. Pero hay urgencias que se vuelven perentorias. ¿Cómo explicarles a nuestros hijos, jamás bautizados, por qué estuvo cerrada el martes su escuela estatal?

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