El islamismo apaga las Luces

El proceso contra el semanario «Charlie Hebdo» pone en tela de juicio las bases de la sociedad liberal

El juicio celebrado en París la semana pasada contra el semanario de humor Charlie Hebdo es el último episodio del conflicto aparentemente irresoluble entre la herencia de las Luces y el islam conservador, cada día más crecido, en el cual no encuentran acomodo la crítica y la ironía, traducción práctica de la libertad de expresión. Los demandantes –la gran mezquita de París y la Unión de Organizaciones Islámicas de Francia– consideran «un acto deliberado de agresión» que la revista publicara las caricaturas de Mahoma que, a principios del 2006, incendiaron el mundo musulmán; los demandados estiman que el integrismo religioso ha logrado sentar en el banquillo de los acusados a la libertad de expresión.

En la cuna de los derechos del hombre, el envite es de enorme importancia. En consecuencia, no conviene andarse con rodeos y debe quedar meridianamente claro que todo es negociable menos los fundamentos de la sociedad liberal, que es lo que los demandantes ponen justamente en discusión. Sin ellos, desaparecen el Estado moderno y la democracia, la igualdad entre los sexos, los derechos cuyo ejercicio atañe y disfruta cada individuo por separado, todo este extraordinario legado que ha rescatado a los seres humanos de la superstición, el oscurantismo, el absolutismo y la interferencia de la religión en la gestión de los asuntos públicos. En última instancia, se evapora la esencia del Estado laico, que respeta todas las creencias, garantiza la libertad de culto, pero no promueve ninguno.

Para explicar el origen del desencuentro entre Occidente y el islam –o viceversa–, el diplomático José María Ridao ha recurrido a una cita del historiador Jacques Le Goff, quien sostiene que los valores establecidos en la Antigüedad «siguen siendo instrumentos intelectuales y éticos para los europeos: la idea de naturaleza, la idea de razón, la idea de ciencia, la idea de libertad y, sobre todo, el concepto de duda y su práctica». Incluso teólogos dogmáticos conservadores tan poco inclinados al pensamiento liberal como Benedicto XVI han subrayado el papel que desempeña la razón en el seno de la tradición cristiana, de tal manera que esta se suma al esfuerzo del pensamiento racional en la lucha contra el mito religioso, según el filósofo Leonardo Rodríguez Duplá. Todo lo cual incorpora las herramientas esenciales de la reflexión crítica, aunque a la luz de algunos episodios bien conocidos de la historia de la Iglesia y de la mordaza impuesta a los teólogos de la liberación, parece adecuado poner en duda su compromiso racionalista.

OTROS, COMO EL politólogo Bernard Lewis, han escrito acerca de los musulmanes juicios tan ásperos como el siguiente: «Ellos simplemente están, y están para ser observados debido a esa esencia suya que incluye un odio imperecedero hacia cristianos y judíos». Una barbaridad que, en cualquier caso, queda muy por debajo de esta otra escrita por el orientalista sir Hamilton Gibb hace justo un siglo: «El islam es un sistema de hipocresía organizada». Excesos de esta naturaleza son posibles en la medida en que son tributarios de objetivos políticos concretos: el desarrollo del colonialismo, el reparto del imperio otomano después de la primera guerra mundial o la alianza de Occidente con el petroislam, en feliz neologismo de Dolors Bramon, por no hablar de la gestión del conflicto palestino-israelí y de la alianza de privilegio de Israel con Estados Unidos. Se trata, en suma, de «sacar una lista organizada de conclusiones a partir de un número limitado de informaciones seleccionadas, con una tendencia evidente a buscar una confirmación de prejuicios o conocimientos a priori», en frase de Edward W. Said de su libro Orientalismo.

Gibb y Lewis son solo dos nombres en una larga lista de especialistas empeñados en difundir un islam tópico que impide un conocimiento en profundidad del mismo extra limes. Los esfuerzos han sido bastante más aislados y discontinuos para ahondar en los porqués de la renuncia a la exégesis en favor de la imitación del profeta, pieza central de la corriente mayoritaria del islam, la suní, que ha contenido, cuando no, combatido, toda crítica –religiosa o no– del orbe musulmán. El resultado ha sido la perpetuación de la idea según la cual los textos sagrados prescriben tanto la práctica religiosa como la vida privada, el poder y la ley, dentro de un todo indivisible. De tal manera que aún hoy tienen amplio eco en el islamismo desorbitado las palabras de Ibn Taymiya, teólogo musulmán del siglo XIII: «Un Gobierno suní debe aplicar la sharia –ley islámica– so pena de ser combatido como apóstata». Por no hablar de los efectos que tiene la prohibición expresa de representar la figura de Mahoma, apenas quebrantada por los artistas que pintaron las bellísimas miniaturas.

EL CAMINO seguido en Occidente ha sido bien distinto a partir de las guerras de religión de los siglos XVI y XVII. El Estado laico ha costado sangre, sudor y lágrimas, y ha incubado algunos monstruos, pero, para combatirlos, no se ha sentido tentado en poner de nuevo a los dioses por delante de los hombres. De ahí la enorme dificultad de hacer extensiva al mundo musulmán la idea de Voltaire contenida en el Tratado de la tolerancia: «Cuantos menos dogmas, menos disputas y menos desgracias».

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