El infierno está lleno de curas

Hace unos meses, la Fiscalía General del Estado recordó a la Iglesia que debe poner en conocimiento de la justicia cualquier denuncia o sospecha de abusos que llegue a sus oídos
Como en toda organización inflexiblemente jerárquica, la Iglesia prefiere lavar sus trapos sucios en casa

Solo Dios sabe lo que pasa en el seno de la Iglesia católica. O tal vez ni Él.

Como en toda organización inflexiblemente jerárquica (el ejército, la mafia, las bandas terroristas), la Iglesia prefiere lavar sus trapos sucios en casa y con la puerta bien cerrada. El problema es que, según parece, no hay lavadoras en el mundo para tantísima mugre. Y, a medida que pasan los años, la porquería se va acumulando en la casa del Señor, desbordando las ventanas y derramándose a la vía pública. A la vista de todos.

Hace unos meses, la Fiscalía General del Estado recordó a la Iglesia que debe poner en conocimiento de la justicia cualquier denuncia o sospecha de abusos que llegue a sus oídos. La iglesia respondió con la omertá. Si realmente existe un registro con los abusos cometidos por curas españoles, permanecerá, como los códices litúrgicos de la Edad Media, tras una vitrina antihumedad en las catacumbas de algún templo sagrado.

En los últimos siete años, los abusos denunciados en nuestro país no han dejado de aumentar. Uno en 2012. Dos en 2013. Tres en 2014. En lo que llevamos de 2019 suman ya más de treinta. El coraje de las víctimas que se atreven a contar y a revivir su pesadilla está fuera de toda duda. El sufrimiento que han padecido y que todavía padecen es evidente para cualquiera salvo para la jerarquía católica, siempre del lado del débil salvo cuando el débil fue violado por uno de los suyos.

Que la Iglesia ha hecho y hace obras de enorme importancia social es una obviedad en la que se escudan quienes pretenden enterrar sus pecados. Tal vez hayan roto unas cuantas vidas, pero ahí está Cáritas. Es posible que cobijen a depredadores sexuales, pero Vicente Ferrer. No hace falta ser teólogo para ver las deficiencias éticas del razonamiento.

Se preguntan algunos, y es una pregunta legítima, cuándo se convirtió la Iglesia en un refugio de pederastas. Tal vez lo fue siempre, quizás está en su naturaleza. O tal vez sean solo unas pocas manzanas podridas entre una multitud de hombres y mujeres justos demasiado acostumbrados a mirar para otro lado. No hay manera de saberlo.

En dos mil años de historia opaca hay tiempo de sobra para cometer toda clase de tropelías. Tenemos un buen registro de las que perpetraron fuera de las alcobas, pero apenas intuimos lo que ocurrió dentro. Una cosa sí parece clara a estas alturas: el infierno debe de estar lleno de curas.

José A. Pérez Ledo

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