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Manifestación de mujeres por el asesinato de Mahsa Amini en Turquía.

El hiyab pone en jaque a Irán

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Los iraníes no son tan obedientes y temerosos como los chinos. Su historia y carácter es muy distinto

La República Islámica de Irán introdujo un código de vestimenta obligatorio para las mujeres acorde a las reglas indicadas en el Corán poco tiempo después de la llegada al poder de los ayatolás. En 1983 Jomeini impuso el uso del hiyab para todas las mujeres en público ya que indicó que sin él iban igual que “desnudas”. El hiyab es un velo que cubre la cabeza de las mujeres hasta el pecho. No es lo mismo que el chador, el nicab o el burka. El chador, que es típico de Irán, cubre todo el cuerpo, pero no la cara. El nicab es un velo que cubre la cara y se originó en Arabia Saudita. El burka proviene de Afganistán y cubre tanto el cuerpo como la cara, tapando incluso los ojos. La desdichada que lo lleva encima tiene que ver a través de una rejilla textil.

En Irán sólo es obligatorio por ley el hiyab, aunque muchas mujeres visten chador por motivos tradicionales. Según la ley toda mujer que no lo lleve puesto se expone a que la arresten y la condenen a 70 latigazos. Si es reincidente puede incluso acabar en prisión como ha sucedido con algunas iraníes. La mayor parte de mujeres de aquel país se oponen a la obligatoriedad del hiyab, pero como la vigilancia es continua y las penas altas no ha sido hasta hace unos 10 ó 15 años cuando la rebelión se ha extendido, especialmente en las grandes ciudades. Para hacer que la ley se cumpla existe un cuerpo de policía destinado al efecto. Se llama “patrulla de orientación”, aunque los iraníes se refieren a él como “guardia de la moralidad”. Aparte de vigilar que las mujeres lleven puesto el hiyab, estos guardias se encargan de perseguir el consumo de alcohol y ciertas prácticas como la música occidental, que los enamorados celebren el día de San Valentín o que las familias se hagan regalos de Navidad.

Detectar que una pareja ha celebrado San Valentín o que un joven escucha reggaetón con sus auriculares es mucho más difícil que encontrar a una mujer por la calle sin hiyab o con el hiyab mal colocado. Por ello se concentran en eso. Si ven a una le dan el alto y le instan colocarse bien el hiyab o a ponérselo. Si no quiere o si ese día el guardia está de mal humor se la pueden llevar detenida a un centro en el que la “reeducan” y le hacen firmar una declaración en la que la infractora se compromete a cumplir las normas de vestimenta de ahí en adelante. Puede parecer un formulismo absurdo, pero la declaración es importante ya que, si la vuelven a cazar, la acusarán de reincidir.

El hiyab no ha sido popular nunca, pero lo es mucho menos entre las jóvenes, para quienes la revolución islámica es algo muy lejano que hicieron sus abuelos

El rechazo del hiyab es constante desde los inicios de la república islámica, pero ha sido en los últimos años cuando las protestas se han hecho más visibles en la calle. Según las encuestas, la mayor parte de la población iraní está en contra de él. En una que realizaron en 2020 el 72% de los consultados estaba en contra, el 13% no lo tenía claro y sólo el 15% estaba claramente a favor de su obligatoriedad. No ha sido popular nunca, pero lo es mucho menos entre las jóvenes, para quienes la revolución islámica es algo muy lejano que hicieron sus abuelos. Pero para el Gobierno es un símbolo del que no quieren prescindir y menos aún ahora que se avecinan cambios.

El líder supremo de la revolución es un anciano llamado Ali Jamenei, tiene 83 años y anda mal de salud. Jamenei fue uno de los colaboradores más cercanos de Jomeini, fue a él a quien escogió para sucederle antes de su muerte en 1989. Hoy Jamenei tiene ya casi la misma edad que su mentor cuando se despidió de este mundo y, por ley de vida, no tardará mucho en hacerlo él también. Por ahora no tiene sucesor. Unos apuntan al actual presidente, Ebrahim Raisi, del ala más conservadora del régimen, que cuenta con muchos apoyos. Otra opción sería el hijo de Jamenei, Mojtaba, que es profesor de teología en un seminario y en el pasado apoyó a Ahmadineyad. Pero la solución hereditaria no sería bien recibida en un régimen cuya legitimidad descansa en haber acabado con una monarquía hereditaria.

En las elecciones iraníes sólo puede participar quien diga el denominado consejo de los guardianes de la revolución. En las de 2021 más de 600 candidatos fueron rechazados por el consejo

Como Jamenei sabe cercano su final el año pasado presionó para que Ebrahim Raisi se convirtiera en presidente en las elecciones celebradas en junio de 2021. En esas elecciones votó menos gente que nunca, un 48% cuando lo normal suele rondar el 75%. En las elecciones iraníes sólo puede participar quien diga el denominado consejo de los guardianes de la revolución. En las de 2021 más de 600 candidatos fueron rechazados por el consejo. No se trataba de opositores, sino de perfiles muy oficiales como varios exministros, el presidente de la asamblea consultiva islámica o el propio Mahmud Ahmadineyad, que fue presidente entre 2005 y 2013. Por diversos motivos, el consejo les inhabilitó y sólo dio el plácet a siete candidatos, todos de bajo nivel, frente a los cuales estaba Raisi, que era el candidato oficial y el que tenía que ganar, cosa que hizo con el 72% de los votos. Muchos iraníes descontaban que aquello era una pantomima y por eso se quedaron en casa.

Raisi prometió acometer reformas económicas, crear empleo, construir viviendas y acabar con la corrupción, pero ninguna de estas promesas se ha materializado. En lo que se ha puesto muy serio es en hacer cumplir las leyes contra la inmoralidad. ¿Por qué se preocupa por unas leyes tan impopulares? En la mente de Raisi el hiyab es un símbolo no negociable, algo así como uno de los pilares de la república islámica sin el cual el orden político se vendría abajo, por lo que quien se opone a él es un disidente y hay que combatirle.

Han pasado 40 años y la población se ha más que duplicado. En 1979 era de 37 millones de habitantes, los mismos que España en aquella época, hoy es de 88 millones

En los últimos meses, el régimen se ha mostrado inflexible para perseguir lo que han bautizado como la “gran sedición” que, según ellos, hay detrás de las protestas antihiyab. Desde el Gobierno se ha alentado a los partidarios del régimen a enfrentarse con aquellos que desafíen las reglas de vestimenta. Pero es que el Irán de 2022 no es el de 1979. Han pasado 40 años y la población se ha más que duplicado. En 1979 era de 37 millones de habitantes, los mismos que España en aquella época, hoy es de 88 millones. La cantidad de iraníes que recuerdan la revolución es cada vez menor. Los nacidos en los 70 no la recuerdan porque les pilló de niños, los nacidos en los 80, 90 y en este siglo ya no han conocido otra cosa. La edad media en Irán hoy es de 32 años, es decir, que el iraní medio nació en 1990, once años después de la revolución.

El país, a pesar de sus muchas restricciones, está conectado a la red de forma masiva. El 84% de la población hace uso de internet de forma regular. El cambio se ha producido en la última década ya que en 2010 la penetración era de sólo el 15%. En España, para tener una comparación, el 93% de la población accede a internet, en 2010 era el 66%. Ese cambio en Irán ha sido fundamental. Los jóvenes iraníes comprueban por sí mismos que lo de su país es una anomalía, que los jóvenes occidentales no sólo viven mejor, sino que además son libres de vestir y de relacionarse entre ellos como quieran.

Eso ha abierto los ojos también a generaciones anteriores, como la nacida en los 80 o en los 70, que habían pasado toda su vida aislados de occidente y sometidos a la propaganda incansable del régimen. Los nacidos en los 60 o los 50 son más reacios porque ellos si recuerdan la revolución y toda su mística. El resultado es que los jóvenes salen a la calle, protestan, toman fotos, lo graban en vídeo y lo difunden en las redes sociales. Esos vídeos nos llegan hasta nosotros, pero antes se han visto millones de veces en Irán.

El Corán deja claro que las mujeres de los creyentes deben ir tapadas con un manto, pero no baja tan al detalle como para decir si han de ir tapadas completa o parcialmente

El Gobierno no encuentra el modo de poner el cascabel al gato porque, aunque trata de restringir el acceso a ciertos servicios de internet como Facebook, Instagram, Twitter o YouTube, los iraníes son consumados maestros en saltarse las restricciones mediante redes privadas virtuales. El Gobierno carece de los medios que tienen los chinos para crear un cortafuegos nacional. Los iraníes, además, no son tan obedientes y temerosos como los chinos. Su historia y carácter es muy distinto. Raisi ha culpado a Occidente de estar organizando las protestas y de engañar a sus jóvenes. No puede aceptar oficialmente que ese movimiento ha nacido en la propia sociedad iraní.

Con el hiyab hay además un debate religioso. No todos los estudiosos del Corán coinciden en que se trate de un mandato explícito de Mahoma. Aseguran que el Corán impone una vestimenta modesta a los fieles, pero no que obligue a llevar hiyab a las mujeres. Lo cierto es que si nos vamos al texto encontramos que no es así, que el Corán deja claro que las mujeres de los creyentes deben ir tapadas con un manto, pero no baja tan al detalle como para decir si han de ir tapadas completa o parcialmente. Es un tema que debaten con ardor los teólogos musulmanes, pero nunca han llegado a un acuerdo.

En Irán hay muy pocos téologos e imanes que rechacen el hiyab. Algunos se han atrevido a pedir que se quite la obligatoriedad para las extranjeras que visiten el país, pero más allá no llegan. Algunos seguramente lo piensan, pero no van a decirlo en público sabiendo como saben que lo del hiyab es una cuestión de Estado. El régimen niega la existencia de una demanda popular en la sociedad iraní para que el hiyab sea optativo. Tiene que negarlo porque de lo contrario abriría un debate que no quiere abrir. Temen que si relajan las leyes religiosas les pidan más cambios. No están dispuestos a ceder ante la presión, menos aún cuando se trata de activistas de base, a quienes tacha de peleles manipulados por la propaganda y las maquinaciones occidentales.

En eso están ahora mismo. A Jamenei no le queda mucho en este mundo y, aunque está intentando dejar todo atado y bien atado, la realidad demográfica terminará por imponerse de un modo u otro. Irán puede aplazar las reformas, pero no impedirlas a medio plazo. Si el régimen sigue cerrado sobre sí mismo todo lo que conseguirá es que los enfrentamientos civiles aumenten en intensidad y, una vez desparecida la generación que hizo la revolución, los iraníes vuelvan a levantarse contra el Gobierno, pero esta vez para acabar con él.

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