El fundamentalismo como problema teológico y político

No hay duda que el fundamentalismo religioso ha ganado masivos afectos tanto en el Occidente cristiano como en el mundo musulmán. Dicho fundamentalismo aspira, en muchas partes, a convertirse en poder político. Ello pone en peligro las conquistas del liberalismo democrático, de conceptos como del Estado de Derecho y su laicidad. Este desenfado de la historia atenta en contra de la libertad. Como cristiano me preocupa su indebida influencia en Costa Rica. Peor aún, porque pone en entredicho el legado libertario de Jesús.  Me propongo en este articulo denunciar, desde mi personal lectura del fenómeno, la mala sombra de un fundamentalismo al acecho del poder político en nuestro país, en el fondo autocrático y represivo.

Nosotros, Dios, y la verdad absoluta

Dios es y seguirá siendo el eterno “desconocido”, un “desconocido” siempre omnipresente que lo ha sido desde la edad de la caverna; sea para ser negado, sea para ser deificado, o,  para ser puesto en el altar de un sonoro “yo no sé”.

Dios, en cualquiera de sus formas, es una categoría histórica fundamental de la humanidad; un hecho consumado del lenguaje. En todo caso, Dios es y debe ser ante todo una mayúscula interrogante. Son las preguntas -mejores entre más heterodoxas sean- las que pavimentan la conversación sobre Dios y la conversación con Dios según sea la apetencia de los interlocutores que tendrán donde escoger entre infinitas variables.

Si Dios es la totalidad, lo absoluto, donde el tiempo y el espacio, como medición matemática, desaparecen,  entonces, ¿quién es uno para saber petulante quién es Dios?, ¿quién es uno para hablar arrogante en nombre Dios?; porque aspirar a poseer la verdad total carece de sentido si aceptamos nuestra pasmosa ignorancia, y si  comprendemos que el bello arte y la acuciosa ciencia no hacen otra cosa que desnudar lo microscópico que es el entendimiento humano por más avances o cumbres conquistadas a escala de la modestia humana.  Con frecuencia olvidamos que somos mortales, vulnerables y limitados. Con esto quiero decir que el fundamentalismo cristiano miente cuando clama poseer la verdad sobre Dios, como se tiene un llavero en el bolsillo o en una cartera.Miente cuando habla cuando habla de profetas y apóstoles, de ungidos y enviados especiales, porque el cristianismo de Jesús pretendió ser práctico y no una cantera de iluminados, tampoco una quimera de postulados finos y complejos propios del pensamiento helénico.

El todo del Evangelio es el amor, el prójimo y la comunidad, nunca el poder político.

El cristianismo de Cristo -con muy pocos adherentes en un principio- fue una doctrina optimista para los pobres y las viudas, los leprosos y los ancianos, para los niños y los enfermos mentales (los poseídos de entonces), sujetos de exclusión social todos ellos.  En la época, por ejemplo, el pobre estaba excluido de todo favor divino. Este mensaje de perfectibilidad, cuya abierta ventana mira a los mandamientos de amor como única forma de vencer la ultrajada naturaleza humana, fue y es esperanzador. La entrada al camino de Cristo tiene una puerta exclusiva: el amor y el servicio al prójimo. Sin prójimo no hay Dios, no hay Cristo.  Es fácil hablar del amor; pero trabajoso es practicarlo. Practicar y practicar el amor es la doctrina de Jesús; eso es el todo del cristianismo de Cristo. Jesús no fundó una iglesia. Instruyó en lo que pudo a un discipulado complejo y contradictorio; algunas veces poco o nada fiel. Subrayo que es bueno distinguir entre el cristianismo institucional y el cristianismo de Cristo que se diferencian, precisamente, porque primero se adhirió  a la política institucional y fue poder político. En cambio, el cristianismo de Jesucristo jamás tuvo en mente el ser poder político, el tener un gobierno o reinar en un territorio. Los fundamentalistas, tristemente, se dedican a edificar emporios de poder económico y gerencias políticas autoritarias que ambicionan el poder del Estado.

Los cristianos no somos los “únicos seres espirituales”.

No hay nada más alejado del cristianismo que el querer ser “secta escogida”.  En mi teología no es el dogma lo que cuenta sino la belleza y la bondad de corazón. ¿Quién está excluido de acceder a estas virtudes?  Nadie. Todos estamos en capacidad de practicar la fraternidad. Los cristianos debemos comprender que no hay ningún “pecado” en ser ateo, agnóstico, o de cualquier otra fe, porque la bondad no se haya en el dogma sino que habita en el corazón, en el proceder de cada persona para con el prójimo y la comunidad. El fundamentalismo es doloroso porque es  sectario, porque es excluyente y castigador.

Nadie tiene el monopolio de cómo leer e interpretar la Biblia

La Biblia (el Libro) es una memoria o una crónica espiritual escrita por el ser humano, en una conversación entre lo moral y la búsqueda de Dios. Buscar y encarnar la identidad de Dios es el camino correcto, es el bien supremo, pero es una identidad que necesita ser buscada, encontrada a cuentagotas -como lo testimonia la historia- en el propio corazón humano y recorrida en el accidentado camino de los milenios, solo para darse cuenta uno de los pocos pasos de párvulo recorridos. Dios será reconocido cuando el bien personal y el bien común ya no sean barreras infranqueables entre sí, cuando la paz sea la norma entre los seres humanos y la de éstos con la naturaleza.

La Biblia es, ante todo, el libro de las dudas, los dilemas y los esfuerzos para dar con el paradero de Dios. Ubicar el paradero de Dios no solamente es una labor para identificarlo, sino también una tarea para ubicarlo en una infinidad de contextos personales, sociales e históricos.  Las narraciones orales y luego los textos y mitos que se plasmaron en la Biblia, recogen miles de años de memorias y tradiciones semitas en el contexto económico de la esclavitud.

La Biblia no es un libro de historia aunque esté ubicado en la historia, aunque contenga hechos históricos; la Biblia es una cosmogonía y una colección de libros sobre la moralidad y no sobre filosofía. La exégesis bíblica es una tarea lenta y común de la humanidad, como pasa con los más antiguos textos del hinduismo, los Vedas, o, los del budismo en idioma Pali, o, más recientemente, -hace más de mil años-, con el Corán. Como todo texto, éstos nacieron para ser interpretados; es más, si no hay interpretación no hay texto.

Las diversas lecturas de la Biblia son interpretaciones entre muchas; solo eso.Los fundamentalistas condenan y absuelven sin reparo con sus interpretaciones literalistas y descontextualizadas. Hacen con ello una teología barata que intentan trasplantar a la política con los más sectarios criterios.

Corolario

Dios quiera que los partidos fundamentalistas cristianos no tomen completamente nuestras instituciones democráticas. El cristianismo no es una doctrina del poder político.  En la realidad histórica ello ha sido el yerro del cristianismo institucional.  Ello ha traído mucho dolor. No significa que los cristianos debamos abstenernos de la política, pero otra cosa muy distinta es imponer “valores cristianos” al resto de la sociedad porque no es propio que lo sea en una democracia. Personalmente pienso que la interpretación liberadora de los Evangelios tiene hoy una formidable luz: la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Allen Pérez es Abogado

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