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El Evangelio según El Brujo

Coproducción del Centro Dramático Nacional y El Brujo. Músicos: Javier Alejano, Daniel Suárez, Kevin Robb y Juan de Pura. Interpretación y dirección: Rafael Álvarez ‘El Brujo’. Fecha: sábado 8 de octubre. Lugar: Gran Teatro. Lleno.

El Gran Teatro abre la temporada teatral de la manera más deseada: agotando entradas y ofreciendo producciones de peso. Para la ocasión especial la visita la protagonizó Rafael Álvarez El Brujo, que en coproducción con el Centro Dramático Nacional representó El Evangelio de San Juan.

De los cuatro Evangelios que componen el Nuevo Testamento, el de San Juan está considerado el más filosófico. Los acontecimientos protagonizados por Jesús de Nazaret son narrados de forma que no existe gratuidad alguna en cada hecho. Todo lo que ocurre son signos evidentes de la conexión entre la naturaleza divina y humana de las personas. Jesús es hijo de Dios porque sus actos lo elevan por encima de lo terrenal y es transmisor de la palabra que despierta las conciencias para ver lo que hay más allá. Se presenta como el último eslabón hacia la evolución definitiva del ser humano. Sin embargo, su mensaje lleno de simplicidad es imposible de asimilar por quienes lo siguen. La gente lo aclama por sus prodigios y no aprecia lo que hay detrás de ellos. San Juan intenta revelar el significado de lo ocurrido, su simbología y el misterio que rodea a la figura del Maestro. Tras un estudio concienzudo de lo escrito por el evangelista, Rafael Álvarez intenta mostrar su visión personal y objetiva (si es que en esta vida es posible serlo) del hombre quizá más influyente de la historia del mundo.

La puesta en escena es atractiva. Los altibajos en la iluminación, un par de proyecciones al fondo, la presencia de música en vivo y los justos elementos que componen el mobiliario están al servicio del dinamismo necesario para apoyar la narración. Salvo las intervenciones de los músicos para las transiciones y algún que otro efecto para subrayar la acción, el resto lo pone El Brujo. Su maestría es innegable. Pocos profesionales son capaces de mantener la atención de un auditorio durante las cerca de dos horas y media que duró la función. El público disfrutó de cada momento y el actor lucentino lo agradeció interactuando con él, tanto que reconoció haberse prolongado en la primera parte del espectáculo. Finalmente recibió la ovación merecida por su labor.

Siguiendo la huella de San Francisco, juglar de Dios y Los misterios del Quijote, El Brujo presenta este último espectáculo como cierre a una trilogía marcada por una línea interpretativa juglaresca, donde el actor usa todas sus habilidades artísticas con el fin de transmitir historias conectadas a las tradiciones del pueblo al que se dirige. Para hacerlo posible es imprescindible que el narrador sepa cómo mantener el equilibrio. La comicidad justa, el lenguaje no excesivamente coloquial pero tampoco ñoño, la gestualidad adecuada… Un conjunto de tareas que Rafael Álvarez domina con gran exquisitez. Aunque, tratándose del personaje a quien ha dirigido su espectáculo, posiblemente no todo el mundo pueda ver con buenos ojos su trabajo. Actuar conlleva un riesgo y en esta ocasión El Brujo lo hace con letras mayúsculas.

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