El dinero del diablo

En su más reciente novela, «El dinero del diablo», el historiador mexicano, Pedro Ángel Palou, hace serios cuestionamientos sobre el papa Pío XII y su silencio ante el Holocausto.

Eugenio Maria Pacelli fue papa en 1939 y murió en 1958. Antes se desempeñó como secretario de Estado durante el período papal anterior.
El papado de Eugenio Maria Pacelli, Pío XII, inició en 1939 con la polémica muerte de su antecesor Pío XI (periodo papal 1922-1939), de quien hubo serios y aún no comprobados rumores de que fue asesinado. Desde entonces su papel como el pastor mayor de la Iglesia fue controvertido y políticamente complicado. Testigo de la invasión nazi en Roma, se le ha acusado históricamente de no haber denunciado lo que ocurría con la persecución de los judíos, apatía que algunos, como la primera ministra israelí Golda Meyer, desmintieron al comprobar que efectivamente Pío XII había ayudado a varias familias de judíos escondiéndolas en los mismos predios del Vaticano. Eran judíos, pero conversos, aclararían después sus grandes detractores, como Paolo Pasolini, quien le dedicaría versos como: “Lo sabías, pecar no significa hacer el mal; no hacer el bien, esto es lo que significa pecado. ¡Cuánto bien podías hacer! Y no lo hiciste: no ha habido más grande pecador que tú”.
Que la Iglesia desconocía por completo todo lo que estaba sucediendo con los judíos ha sido la razón con la que por décadas se ha justificado el silencio de los dos períodos papales, el de Pío XI y Pío XII, que fueron testigos del asenso de Hitler al poder y del Holocausto. Sin embargo, por estos días y sumándose a una corriente que han nutrido investigadores, historiadores y novelistas respetados como John Cronwell, autor del ensayo El papa de Hitler, y a Under his very Windows, de Susan Zuccotti, se une el escritor mexicano Pedro Ángel Palou con un nuevo libro, El dinero del diablo, que se adentra en el período en el que Eugenio Maria Pacelli aún no era Pío XII, y se desempeñaba como el secretario de Estado y más cercano consejero del papa Pío XI. Una época inexplorada por la literatura existente y que, según esta novela editada por Planeta, deja ver que la montaña de fango puede cubrir completamente a este papa que, paradójicamente, es uno de los candidatos de la Iglesia a ser beatificado

Mientras usted escribe este libro (algo más de dos años), el tema de Pío XII se vuelve a poner en la agenda pública.

Cuando yo estoy investigando sale un libro muy polémico, Under his very Windows, de Susan Zuccotti, que a mi juicio deja muy claro el papel de la Santa Sede durante el Holocausto. Esto coincide también con el proceso de beatificación del papa Pío XII, que es otorgado al jesuita Peter Gumpel —el postulado de la causa— e inmediatamente eso genera una reacción por parte del rabino jefe de Haifa, Shear-Yashuv Cohen, quien dice que no es posible ni siquiera que se esté pensando en  beatificar a un hombre que “guardó silencio ante el Holocausto”.

Luego, el mundo recibe el anuncio de que van a clasificar los archivos del Vaticano dedicados a Pío XII, y van a ser reabiertos hasta 2014. La razón, simplemente, que son muchos —ocho millones— y que se deben organizar. Y la semana pasada el director del Archivo Vaticano mandó una interesante misiva que decía que nos estamos equivocando todos: “Acaban de salir unos libros que están hablando muy mal del papa Pío XII y vamos a demostrar muy pronto la santidad de este hombre”.

Usted decide abordar un período particular, entre 1929 y 1939, época en la que Eugenio Maria Pacelli aún no era el Papa, sino que se desempeñaba como el secretario de Estado de Pío XI.

Yo tenía una necesidad narrativa muy fuerte: que el lector se diera cuenta de que antes de 1940 estos hombres estaban perfectamente informados de todo lo que hacía Hitler. La idea de que el papado y sobre todo el papa Pío XII no conocía lo que estaba pasando con los judíos es una exculpación histórica muy absurda. El papa Pío XI tenía espías que eran parte del Instituto para el Patrimonio Racial, cuando se empezaron a hacer los primeros experimentos fuertes de eugenesia, matando y esterilizando judíos desde 1934. Algunos de los enfermeros eran sacerdotes infiltrados. Eso duró más de 10 años y el Papa lo supo en los primeros meses.

Tan bien conocida era esta situación que el Papa se trae a John La Farge al Vaticano para escribir una encíclica. Él era famoso en Estados Unidos por la lucha antirracista y sus estudios científicos que reunían religión y biología. Pío XI necesita un tipo con bases científicas para escribir la encíclica y denunciar a Hitler.

¿Pero cuál es la razón que encuentra usted para el silencio del papa Pío XI si incluso quería escribir una encíclica?

Mientras por aquí entraba un obispo alemán a decirle al Papa lo que estaba pasando, luego entraba por otra Pacelli diciendo que esa información era errada y poniendo de manifiesto que acababa de llegar una gran remesa de dinero. Hitler le mandó casi una remesa del 8% de los impuestos de todos los católicos alemanes al papado desde que llega al poder hasta que sale, y eso se lo manda como pago a Pacelli porque él es el encargado de fraguar la desintegración del Partido Católico Alemán, coalición que no dejaba subir a Hitler al poder.

El dinero que llega desde Alemania es el pago al “favor de favores”. Por eso cuando los judíos cuestionan que vayan a beatificar a Pío XII (Pacelli), el argumento es por mucho más que por guardar silencio. Él, durante sus años de secretario, fue fundamental para la misma llegada al poder de los nazis.

¿Pero tal era la confianza que le profesaba el papa Pío XI a su secretario?

Él era un gran teólogo y los veía a todos muy sospechosos, incluyendo al propio Pacelli, porque no le creía al principio, pero luego le cede todo porque le parece un tipo muy eficiente, y finalmente su secretario de Estado tenía que ser muy eficiente. Pío XI era un hombre vital, mientras que Pacelli era todo lo contrario. Débil, se lavaba las manos más de 30 veces  al día. En una de las fábricas que compró para el Vaticano, conoció a un científico que le diseñó una crema de dientes que erradicaría para siempre las bacterias, pero esa pasta le hizo perder todos los dientes. Era obsesivo con el aseo.

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