El devenir de la Humanidad

El hombre ha intentado a lo largo de la historia dar explicaciones de su existencia y su esencia, pero nada se ha dispuesto como idea total y absoluta que pueda dar una explicación definitiva. Algunos ofrecen incluso teorías para después de la muerte, alegando un supuesto juicio final para premiar a los justos y castigar a los malos. Otros se han erigido en profetas o mensajeros de Dios; pero, difícil resulta explicar la infinidad de religiones, sectas e iglesias, con sus divisiones y distintas doctrinas que han provocado incluso guerras y matanzas inexplicables. Es cierto que la religión, como lazo del hombre con el más allá, siempre ha existido de una u otra forma. Ya en la cultura antigua de Egipto existía el Libro de los Muertos (salida del alma hacia la plena Luz del Día), que anunciaba un juicio final tras el viaje al otro mundo con una serie de conjuros para resucitar tras la muerte; o los templos del imperio azteca y las religiones orientales, con celebraciones en las que ofrecían sacrificios para satisfacer la voluntad divina.

Frente a tal cúmulo de culturas diversas a lo largo de la historia de la humanidad intentando conseguir la explicación de nuestra existencia, hay una cosa realmente cierta: el progreso del hombre no se debe tanto a ideas de la transcendencia ni del más allá (de lo que nadie sabe nada cierto), sino de la razón y de la ciencia del más acá, en el mundo donde nacemos, vivimos y morimos. El descubrimiento de la rotación de la tierra y del orden planetario no se debe a las religiones sino a científicos como Copérnico o Galileo Galilei, frente a la intolerancia de la Inquisición; el descubrimiento de la circulación de la sangre no se debe a la religión sino a Miguel Servet, que fue quemado vivo por orden del intransigente reformista Calvino. Baruch Spinoza renunció al dios judeocristiano, siendo expulsado de su comunidad judía, por no confiar en ese dios que inspiró a la monarquía absolutista, tras los dictados de los cardenales Richelieu y Mazarino o el obispo Bossuet, ministros y pedagogos de los reyes Luis XIII y Luis XIV de Francia, quien llegó a proclamarse el Rey Sol, como centro del universo y representante de Dios en la tierra, según las enseñanzas de tales eclesiásticos, que disponían la política, aplicada según las Sagradas Escrituras, en beneficio propio y el despotismo de la monarquía.

El mundo ha sufrido las ineptitudes de ciertos gobernantes gracias a las doctrinas infundadas de religiones, unidas siempre al poder secular, de forma directa o indirecta, alcanzando a los sistemas políticos, sociales y económicos, bien mediante teorías tan diversas como la de la predestinación calvinista, con sus consecuencias en el liberalismo económico, o bien la del comunismo marxista por reacción indirecta al calificar a la religión como opio del pueblo.

En definitiva, frente a los avatares que asolaron durante tantos siglos a la humanidad, debemos partir del punto primordial de que el hombre es producto de la propia naturaleza. Tan sólo hay algo que nos diferencia del resto de los seres vivos, cual es la razón humana, fuente de la sabiduría y de la ciencia que nos hace evolucionar, pero que también nos puede llevar a la propia perdición y destrucción por una actitud impropia y repugnante de ciertos humanos. En algo tenían razón quienes describieron la creación del hombre en las denominadas sagradas escrituras; pues, si Dios existe, como Ente superior y Razón suprema, creó ciertamente al hombre a imagen y semejanza suya. Lo que de verdad importa, pues, es acelerar el estudio y la investigación científica y racional en todo lo que hace más humano al hombre, es decir la propia inteligencia que nos puede liberar de la miseria, de la incultura y la debilidad.

Los primeros pasos ya se han dado, con descubrimientos tan importantes como los que revelan los misterios de nuestra biología. La salud es lo más importante de esta vida para poder vivir con dignidad frente al sufrimiento y el mal. Lo segundo en importancia es conseguir alcanzar la razón de las imperfecciones de la naturaleza en general, y de la naturaleza humana en particular. Algunas veces las imperfecciones pueden provenir de los desmanes y actividades impertinentes de los humanos contra la propia naturaleza. Pensemos en las barbaridades ocasionadas al medio ambiente, producto muchas veces de la propia insensatez del hombre (bombas atómicas y nucleares, contaminaciones atmosféricas…). Por eso, tras la sanidad, hemos de encontrar el medio de racionalizar la actividad del hombre y de proporcionar los medios sociales y económicos mediante nuestra sabiduría para conseguir una humanidad más justa dentro de un orden de respeto a la propia naturaleza de la que formamos parte, si no queremos saltar por los aires gracias a nuestro empeño en destruirnos a nosotros mismos. Para ello, se requiere de una pedagogía y una ética acorde con los principios universales de la paz y la convivencia, no sólo utópica sino real.

Ciertas culturas de la antigüedad afirmaban que los dioses y semidioses existían, pero en su mundo no en el nuestro (quienes no se metían con nosotros para nada). Luego, la religión judeocristiana nos habló de que Dios enviaría a un Mesías para redimirnos. Otras religiones también hablan de profetas enviados por Dios a la humanidad. Esas religiones, que han influido en las culturas más cercanas de las últimas etapas de la historia, se han diferenciado de aquellos antepasados que decían que los dioses vivían en su mundo sin importarles los asuntos de los hombres. No sé qué hubiera sido mejor, si haber continuado con tales ideas, que duraron tantos miles de años, o la de haber recibido al supuesto mensajero divino o mensajeros -pues varios son los que se han atribuido tal misión en nombre de Dios-, habiéndola luego liado unos contra otros con odios, divisiones y guerras de religión. Lo mismo cabe decir por las controversias de ideologías políticas o sociales, que también han originado no menos contiendas que aquellas. Los hombres son los únicos seres humanos que se pelean por las ideas; en eso tenemos desventaja sobre los otros animales no racionales, que desconocen el sufijo de los ismos.

Reafirmemos nuestra identidad y abracemos la razón como punto de partida, como hizo Descartes, buceando en la ciencia y en la investigación para descubrir los misterios de la naturaleza donde estamos, en lugar de buscar en otro mundo platónico las ideas perfectas que aquí no existen. Sólo así avanzaremos en las cuestiones que científicamente nos llevan al progreso. Pongamos orden y concierto en nuestras vidas y respetémonos unos a otros. Después vienen otras cuestiones como la vida en sociedad y el respeto mutuo en base a las normas y leyes que nos hemos dado dentro de lo que denominamos un orden justo, pues al ser imperfectos no hay más remedio que poner unos límites en nuestra actividad, que nos permita una convivencia en paz.

P.D. Dedico este artículo a todos los que usan de su entendimiento para, mediante la ciencia y la investigación, avanzar en el progreso de la humanidad y a todos los que se esfuerzan por encontrar la clave de un mundo mejor y de convivencia en paz.

Juan Cardona Torres es Doctor en Derecho.

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*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.
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