El cardenal Sandoval, la indiferencia religiosa y el Estado laico en México

Francisco Ramírez Acuña besa el anillo episcopal del Cardenal Juan Sandoval.

Bajo el título “Crecen paganas las nuevas generaciones”[1], quedaron registradas en el anecdotario las declaraciones del cardenal Juan Sandoval Iñiguez, en torno a la “indiferencia religiosa” que, en su opinión, se vive actualmente en nuestro país: “En nuestros días, las nuevas generaciones crecen prácticamente paganas, sin ningún conocimiento o formación religiosa”.[2]

El cardenal Sandoval, de acuerdo a la citada declaración, reconoce sin cortapisas la existencia de un “grave problema” al interior de la Iglesia católica: Existe una crisis institucional y una membresía vulnerable que, en su gran mayoría, desconoce tanto su credo como los dogmas eclesiásticos en los que fundamenta sus creencias. 

Ante tales aseveraciones, resulta discutible el hecho de que el arzobispo de Guadalajara no presente ninguna autocrítica o análisis imparcial en donde ofrezca respuestas claras sobre los orígenes del “indiferentismo religioso” que, como él mismo reconoce, se vive en la actualidad, sin asumir, por otro lado, algún grado de responsabilidad ante tal situación:

Comenzamos –declara– con una constatación: La ignorancia religiosa del pueblo católico. Entre nosotros es enorme, grave y extrema la ignorancia de nuestra propia religión. Generalmente se vive una fe que han transmitido nuestros mayores y que es, por lo tanto, una fe de tradición; una fe apoyada en celebraciones multitudinarias, en manifestaciones de religiosidad popular, en peregrinaciones, etcétera, mas no es una fe que se haya asumido con convencimiento personal porque no se conoce; no se conocen a fondo sus dogmas, la enseñanza de la Iglesia y demás”.[3]

Si se agregan a los anteriores conceptos las conclusiones del “IV Plan Diocesano de Pastoral 2001-2004, publicados por la Arquidiócesis de Guadalajara, el panorama es menos alentador: “Algunos tienen para con la Iglesia un sentido de desapego o extrañeza, de pertenencia de bajo nivel: lo mínimo indispensable o sólo lo que se antoja y cuando se antoja” (parágrafo 106).

Desbandada religiosa

Ante estas afirmaciones, sin embargo, se debe puntualizar que el fenómeno del “indiferentismo religioso” no es un hecho reciente ni tampoco un caso aislado, como lo plantea Sandoval. Hace 30 años, el obispo auxiliar de Guadalajara, monseñor Antonio Sahagún López, señaló que el católico bautizado lo es sólo por “costumbre”, y que no llega al nivel de practicante: “En México, no llega ni al uno por ciento el número de quienes viven el cristianismo; son católicos, nada mas de nombre”.[4]   

El fenómeno del “indiferentismo religioso”, camina en el mismo sentido de la “desbandada religiosa”. Las estadísticas así lo confirman. En América Latina, de acuerdo a cifras publicadas por la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), alrededor de 12 mil personas abandonan cada día las filas la iglesia católica. De 1970 a 1990, 40 millones de latinoamericanos dejaron de ser católicos.[5] De acuerdo a la doctora Patricia Fortuny, “cada día que pasa, cientos de mexicanos abandonan el catolicismo tradicional y oficial y otros más abandonan totalmente las creencias religiosas”.[6]

A pesar de que el mayor porcentaje de católicos en América se concentra en México y Brasil, datos recientes revelan que el catolicismo sigue decreciendo en estos países. En México, la desbandada religiosa es una constante.

En 1950, el 98.21 % de las personas mayores de cinco años declaró ser católico, mientras que en el año 2000, el 88.73 % dijo profesar este credo, de acuerdo a cifras proporcionadas por el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI). Datos extraoficiales, sin embargo, señalan que cerca de 28 millones de mexicanos han desertado de las filas del catolicismo, y han optado por otra confesión religiosa o han dejado de ser creyentes. A este respecto, y siendo menos conservador, el propio cardenal Sandoval afirmaba en 1997, que “para el año 2000 podría haber 30% de mexicanos no católicos”.[7]

En Guadalajara, por su parte, entre 1980 y 1990, un total de 189,381 personas dejaron de profesar la religión católica, de manera oficial.[8] A nivel nacional, la CEM ha reconocido que tan solo 7 de los 89 millones de mexicanos que dicen ser católicos, son practicantes (el 6.7% de la población), de acuerdo a un reciente estudio del Instituto Mexicano de Doctrina Social.

Radiografía eclesiástica

No obstante que la grey católica decrece porcentualmente, es un hecho que la jerarquía católica en México está imposibilitada para atenderla personalmente. En primer lugar, porque la mayor parte de la citada feligresía, tiene escaso o ningún interés en acercarse a los clérigos para ser formada en la fe que dice tener. Por otra parte, quienes sí tienen ese interés (el 6.7% de la población), no alcanzan a ser atendidos dado el insuficiente número de sacerdotes (13 mil 380 en México), cuestión, por otro lado, que no parece tener solución porque las vocaciones sacerdotales no crecen a la par de la supuesta demanda del pueblo católico.

Los insuficientes sacerdotes en activo son de edad avanzada (57. 3 años en promedio) y su pronto retiro agravará aún más el mencionado déficit. No es, entonces, la “indiferencia religiosa” el único elemento responsable de socavar los cimientos de una estructura eclesiástica erosionada, que sigue viendo, de manera inevitable, el éxodo de fieles a otras alternativas religiosas.

El panorama antes planteado puede resumirse de la siguiente manera:

  1. Poco a poco la iglesia católica está perdiendo terreno en el mundo, y sobre todo en sus antiguos feudos en el viejo continente.
  2. Los jóvenes se alejan cada vez más de la iglesia católica, y los católicos en general dejan de ser practicantes.  
  3. A nivel mundial, las órdenes religiosas van disminuyendo.
  4. Las encíclicas del Papa o muchos de sus llamados, son prácticamente ignorados por los feligreses.
  5. La feligresía católica sigue otras pautas de conducta y de moral, que son ajenas a los dictados de su jerarquía.
  6. En muchísimas parroquias del mundo –escribe el jesuita Salvador Freixedo– “el 80 por 100 de los católicos no acude al templo, ni se interesan por la llamada ‘vida parroquial’”.[9]
  7. La mayor parte de los creyentes católicos no considera que los obispos representen sus intereses e incluso llegan a estar en desacuerdo con ellos.
  8. La jerarquía católica ha perdido su capacidad de influir sobre la conciencia de sus fieles, aunque mantengan una presencia pública y se les invite a actos oficiales.

Otro de los problemas que incuban al “indiferentismo religioso”, es la existencia en el país de cerca de dos mil sacerdotes católicos casados, y el hecho de que la CEM no sabe que hacer con ellos y con el problema colateral que este hecho representa; Hoy, alrededor de 90% de las mujeres que abortan y toman la píldora anticonceptiva, son católicas. La escasez de curas, el colapso del sacerdocio en muchos países y los escándalos sexuales suscitados al interior del clero, han causado desencanto en grandes sectores de la sociedad. Se podría enumerar aquí una larga lista de “causas y efectos” que la jerarquía católica se ha negado a reconocer, pese a que ésta persista en el afán de encontrar, sin éxito, a los “responsables” de sus desaciertos y fracasos. 

 

Iglesia católica y Estado laico  

En el contexto anterior, sin embargo, la jerarquía católica mexicana sigue interviniendo abiertamente en política, aunque un amplio sector de la sociedad se pronuncie en desacuerdo con esta injerencia y perciba que la actual estrategia episcopal (apoyada en el Gobierno Federal y en los medios de comunicación que tradicionalmente están a su servicio), sea un continuo y sistemático ataque al Estado laico, con lo cual estaría buscando la forma de recuperar los privilegios que la élite jerárquica disfrutó sin contrapesos hasta la época de la Reforma en el siglo XIX.

La jerarquía católica, ante este panorama, está enfocando todas sus baterías (cabildeos, negociaciones, alianzas, excomuniones, etcétera), para lograr que el artículo 24 constitucional sea modificado. El “cambio” constitucional que la CEM pretende, se encuentra en el apartado que habla sobre “libertad de creencia y culto”, concepto que sería suplido por el de “libertad religiosa”. Desde esta óptica, los jerarcas recuperarían y ampliarían diversos privilegios, entre los que destacan:

Introducción de educación religiosa católica en las escuelas públicas; subvención estatal para los ministros de culto y para sus actividades litúrgicas; la operación de capellanías militares en las instalaciones castrenses; el control directo de medios de comunicación electrónicos, entre otros pliegos petitorios.

Las anteriores pretensiones no solo quebrantarían el Estado laico, sino que amenazan con querer implantar una moral religiosa a la sociedad, cuando nuestro país es plural y democrático, y no quiere el regreso a un Estado confesional o a etapas oscurantistas ya superadas.

En otras palabras, la jerarquía católica pretende trasladar el culto, la instrucción religiosa y el confesionario, a las escuelas públicas, ante su evidente fracaso en el terreno de la catequesis en nuestro país y la consiguiente desbandada religiosa, como atinadamente lo reconocen el cardenal Sandoval y los obispos mexicanos en su conjunto. Paradójicamente, las declaraciones aquí señaladas se presentan en un país que se autoproclama como el principal “bastión del catolicismo” para el Estado Vaticano.

Buscar los orígenes de la desbandada, indiferencia e ignorancia religiosas en nuestro país, no es difícil. Los elementos aquí comentados nos pueden dar una pauta para entender la debacle moral, pastoral y catequética (confesa), que experimenta la Iglesia católica en este incipiente siglo XXI. Lo nefasto y reprobable es que, ante el fracaso moral en comento, los pastores de la grey católica encabecen una fanática cruzada contra de las minorías y pluralidad religiosas, el Estado laico y sus valores de respeto, los cuales son ejes rectores en una sociedad pluralista que, hoy día, se precia de ser democrática.

NOTAS  

[1] El Occidental, 12 de septiembre de 2005, p. 10ª.  

[2] Idem.  

[3] Semanario, edición 441, 17 de julio de 2005, p.3.  

[4] Excélsior, 30 de enero de 1979, p. 1ª.  

[5] Proceso, 6 de mayo de 1996, p. 27.  

[6] Patricia Fortuny, Creyentes y creencias en Guadalajara, p. 26.  

[7] El Occidental, 13 de octubre de 1997, p. 16ª.  

[8] Cf. INEGI.  

[9] Salvador Freixedo, Mi Iglesia Duerme, p. 18.

 

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