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El buen recuerdo

No se puede decir que la ley de Memoria Histórica haya topado con la Iglesia un rato antes de que fuera votada en el Congreso de los Diputados, que es lo que cree una católica amiga mía que no sale de su indignación por la claudicación de las fuerzas políticas ante la jerarquía eclesiástica al dejar que los símbolos franquistas campen por sus fueros en la casa del Señor. La ley viene topando con la Iglesia desde sus orígenes y que finalmente las huellas de la dictadura en las paredes de sus templos no supongan para ella un perjuicio económico no es sino un episodio más.

Tampoco debería asombrarse mi amiga porque los nacionalistas de CIU y PNV acudan en auxilio de los obispos: los nacionalistas de derechas son casi siempre más de derechas que nacionalistas, del mismo modo que los nacionalistas de izquierdas son más nacionalistas que de izquierdas. Eso le pasa a mi amiga por olvidar que también hay beatas que rezan en catalán y en euskera y que con el cirio detrás de los prelados conservadores no sólo va la derecha del PP. Pero mi amiga, que es católica muy ejerciente, parecía esperar de mi una condena a la permanencia de signos y símbolos franquistas en los espacios religiosos.

Siento defraudarla. Yo estimo que la ley ha quedado más completa salvaguardando el ejercicio de memoria histórica que supone la presencia imborrable de cualquier testimonio de la vinculación de la iglesia española con el franquismo y su entusiasta complicidad con la dictadura. Es más: supongo que la Iglesia pretende así ser leal con su propia historia y no hurtar a las generaciones venideras las evidencias de su simpatía con el Caudillo.

Tiene enterrados en sus presbiterios a verdaderos genocidas y no es justo pedirle que los exhume en actos de ingratitud con ellos. Es más, eso es lo que justifica que nunca se haya visto necesitada de pedir perdón y que la reconciliación signifique para ella que los demás se avengan a dar por buenos sus propios desafueros. Peor me parece que de la biografía de algún beato reciente se omitan las páginas que hablan de sus provocaciones políticas y se exalte sólo que fue perseguido por su fe aquel que lo fuera especialmente por sus actos políticos, aunque ni por una cosa ni por otra se justifique ningún asesinato.

Dejemos, pues, que la Iglesia se recuerde a sí misma, satisfecha, cómo actuó en el pasado. Eso ya no es lo peor; lo peor es que de los comportamientos de algunos de sus miembros en el presente no se vislumbre nada bueno para el futuro. Comprendo que le duela a mi amiga, católica de la cruz y no de la espada, pero supongo que su relación personal con Dios no se verá afectada por eso y que, a pesar de todo, rezará por sus obispos. Al menos para que sólo se condenen lo justo.

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