El Arzobispo y la perfecta casada

“Ni Putes Ni Soumises” es un movimiento feminista francés de crítica al papel atribuido a la mujer en los barrios obreros de las grandes ciudades galas, nacido en 2003. La obra en la que se recoge su ideario la firma su presidenta Fadera Amara, -musulmana practicante y laicista, asociación de términos, creyente practicante y laicista, difícil de normalizar en la España post-nacionalcatólica en la que vivimos-, junto con la periodista Sylvia Zappi y se publicó el mismo año en que nació esta asociación feminista. La traducción española del libro Ni putas ni sumisas, es de 2006 y, en su celebración, la periodista Ruth Toledano recordaba la definición de los dos términos del título: “Putas: las que se atreven a transgredir las normas, simbolizadas por el maquillaje y el vestir, impuestas por los hombres. Sumisas: las que asumen, temerosas o confundidas, la opresión y reclusión que los hombres les imponen”. Por mucho que el uso de la palabra “hombres” resulte en ambas definiciones peyorativo, simplista y mezquino, el influjo de este movimiento, tanto a nivel político como jurídico, ha sido positivo y muy loable en relación a la visibilidad que otorga de las diferentes instancias que pervierten y violan los derechos atribuibles a la igualdad efectiva de género y a las iniciativas legislativas desarrolladas.

Todo esto me ha acudido al pensamiento, no sé si como bálsamo terapéutico, como añoranza de la vitalidad social ajena o como ambas cosas a la vez, al leer la entradilla con la que la editorial del Arzobispado de Granada acompaña la traducción del libro que acaba de publicar: Cásate y sé sumisa.  La autora, versión católica de las mamachicho, es una periodista afincada en Roma, llamada Costanza Miriano (@costanzamiriano), que dedica 214 páginas, en su edición española, a ofrecer la actualización de La perfecta casada de Fray Luis de León.

Ya en la presentación que la autora recoge en su blog, llama la atención que se autodefina por tres notas: la cuantía de su maternidad –tiene cuatro hijos-, ser esposa con un solo marido y, por supuesto, ser sumisa. La primera y la tercera son comprensibles: la maternidad y la sumisión es fuente de santidad para las mujeres católicas, aunque virgen y madre solo hay una. Se entiende menos su expresión “con un solo marido”; ¿Qué quiere decir la adalid católica de las mujeres casadas?, ¿pretende distinguirse de quienes ilegalmente practican la poligamia femenina? ¿O acaso insinúa que hay mujeres que tienen relaciones extramatrimoniales, cual viles meretrices? No sé, no sé…

Sea como sea, regresando a su obra –parte de un díptico acompañado de Cásate y da la vida por ella– lo que pretende la autora es proponer “un cambio de paradigma en la relación de pareja y avanzar hacia otro fundamentado en el servicio y la sumisión”. Además, nos muestra cómo “el hombre debe encarnar la guía, la regla, la autoridad. La mujer debe salir de la lógica de la emancipación y abrazar con júbilo el rol de la hospitalidad y del servicio”. La intención de la autora queda muy clara desde la presentación de la obra: “Ahora es el momento de aprender la obediencia leal y generosa, la sumisión. Y, entre nosotras, podemos decirlo: debajo siempre se coloca el que es más sólido y resistente, porque quien está debajo sostiene el mundo”. Desde luego no cabe más coherencia y responsabilidad cristiana. Y quien se escandalice por estas palabras es que en realidad no conoce el suelo que pisa, ni qué nos traemos entre manos cuando hablamos de educación, de espacio público y religión.

Efectivamente, ya la Biblia, como libro de los libros, “enseña” en las Cartas de San Pablo, lo siguiente: “…porque la mujer casada está sujeta por la ley al marido mientras éste vive…”, (Rom. 7:2); “… porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón…”, (I Cor. 11:9); “…que vuestras mujeres callen en las asambleas; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos…”, (I Cor. 14:34-35); “…las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador…”, (Ef. 5:22-23); “…la mujer aprenda en silencio con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en trasgresión. Pero se salvará engendrando hijos, si permanecen en fe, amor y santificación, con modestia…”, (I Tim. 2:11-15). La última cita constituye un buen resumen de todo lo anterior: “Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos…”, (Col. 3:18).

Por más que tendamos por naturaleza a socorrer al enfermo, quién quiera libremente asumir esta doctrina religiosa que lo haga. Pero compete a las instituciones públicas velar por los espacios de libertad de la conciencia, especialmente, entre menores de edad, sin olvidar que el Estado Vaticano no ha firmado la Declaración sobre la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer, proclamada por la Asamblea General de la ONU en 1967.

Una vez más la Iglesia Católica española, de mano del Arzobispo de Granada, Francisco Javier Martínez, baila con ritmos premodernos y descompasados en sociedades secularizadas y plurales. No habrá paz social sin la protección real de la igualdad de todas las convicciones. Pero en España, de nuevo, la Iglesia se dedica a publicar obras que violan los más elementales principios de autonomía moral, libertad y dignidad de la mujer. El problema, en el marco de la libertad de expresión, presenta un doble cariz: judicial y político. Por un lado, obras como las que edita el Arzobispado de Granada violan la legalidad -y la moralidad pública-, hecho sobre el cual cabría esperar que se pronunciase la Fiscalía, como ya lo hizo, con buen criterio, cuando el Imán de Fuengirola hace unos años justificó pegar a las mujeres porque así aparecía en el Corán. Por otro lado, desde la perspectiva política, el problema de fondo es en cambio que su financiación se realiza a través de la Hacienda Pública, entre otros muchos medios, gracias a la cual el Estado recauda dinero de todos los españoles para ponerlo al servicio de esta organización privada con ánimo de lucro. Ni el libro de la señora Miriano se regala, ni tampoco es gratis visitar buena parte de sus edificios “destinados al culto”, por no hablar de su negocio con las inmatriculaciones, con los colegios concertados o con los fidelizados catequistas de la enseñanza obligatoria y postobligatoria.

Confiamos en que la autora de Cásate y sé sumisa no publique otro libro sobre mujeres solteras y virginidad o sobre viudas y castidad. De las divorciadas imaginamos lo que piensa: si al menos fueran Magdalenas…

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