El arzobispo infernal

¡No hay derecho! Que no, que no lo hay. ¡Pues no va el obispo de Alcalá de Henares, que bien merecería por eso ser elevado a cardenal-ya, y condena a los homosexuales al Infierno! Yo me huelo que hay gato encerrado en esto; estoy convencido de que como en su organización no hay dios que no lo sea, quieren ellos solitos, más algunos descarriaos de por aquí abajo, gozar de todos los infernales placeres que en dicha plaza por tradición se despachan.
 
Pero el sinvivir que aun así tengo se debe a que, como gran científico que soy, también me pregunto: ¿y si por casualidad no tengo razón, y si mi hipótesis es falsa y no hay gato que valga? ¿Y si salvo el papa -¡vamos, por la pinta sobre todo!- y algún que otro embestidor más, los demás son gente decente que va a misa cuando la dice y de flor homosexual no tiene ni un pelo de gato?
Pues sepa el señor obispo –insisto: para mí ya cardenal, y si para los demás no, será por pura envidia- que en tal caso su imperial afirmación aún me alarma y me enoja más: porque entonces es usted, cardenal, un discriminador profesional, un tipo sin escrúpulos que nos quiere arrebatar los placeres a un montonazo de mortales que teníamos depositadas todas nuestras esperanzas –bueno, casi, que algunas las gastamos aquí- en el pedazo de infierno ése que acoge a todo buen pecador con los brazos abiertos. ¿Me obligará Vd., ¡ay, Cardenal, mío!, a tener que volverme homosexual para ir derechito a tan provecta institución y gozar sin distingos de su bien ganada fama de sus placeres? ¡Pues le advierto, como intachable cabezón que soy, que no fuerce la mano no vaya a ser que me haga un gusto nuevo y me homosexualice en mi ser, amén! Por cierto, que ante lo inminente de dicha eventualidad si se sigue poniendo terco ya desde aquí le doy cita para allí, porque seguro que vuecencia no deja escapar semejante oportunidad de pasar el resto eterno de sus noches en un ambiente mucho más adecuado a su alma, en lugar de pasar como un incomprendido, como ahora. Y hasta me consagraría la primera noche en cuerpo y cuerpo a vuesamerced de no ser porque imagino que cambiar de gusto no significará perderlo.
 
De todos modos tengo que reconocer que un pelín de cabreo con usted igual lo mantengo en mi nueva vida, porque ha sido gracias a la proverbial tolerancia de que el corverío vaticano hace gala, y por la que sin duda merecen estar a la diestra de dios-padre (no importa si el propio o el de la competencia, que aquí son todos uno y trino), por lo que me habré convertido al homosexualismo, yo que hasta ahora era ciento por ciento un hétero ejemplar. Eso sí, lo que no tengo es ninguna duda: si para ir al infierno necesita uno volverse homosexual, que me indiquen la oficina donde se registran los cambios de preferencia sexual que me voy derechito a hacer el cambio.
 
Lo que no termino de entender del todo es por qué a vuecencia, a los vuecencia de vuecencia, y al vuecencia máximo, les ponen tanto –quiero decir, no me vaya a malinterpretar: les acoquinan tanto- los homosexuales. ¿Es sólo por pura y simple competencia? ¡Acabáramos! Haberlo dicho, hombre de dios (con perdón, claro). Pero yo creo que no debe preocuparse tanto, porque la horda aumenta sin parar y seguro que no les faltará el pan, digo, el… en fin, ya sabe usted a lo que me refiero. Y, luego, está dejando escapar un detalle: ¿está seguro que de todo ese ejército de efebos con los que ustedes sacan tan a menudo lustre a su viril –y homosexual, so pillín- órgano no acabará alguien seducido, aunque sea por su hipocresía y no por su encanto, da lo mismo, e integrando por tanto sus revolconas huestes, con lo que se garantiza la existencia de un material nuevo o renovado con el que practicar?
 
Ah, ¡y está usted pecando, Señorito! No sé de qué pero por aquí huelo a pecado. ¿No era alguien de su cuerda el que dijo algo que así como Dejad que todas las criaturas se acerquen a mí? (Fíjese bien que dijo todas las criaturas, y no todos los curas). Y seguro que lo de criaturas iba por los homosexuales, porque si no, ¡oh Santo Teólogo!, habría dicho sin más todos los hombres y todo bicho viviente. ¿No fue el recién resucitado el que lo dijo? Claro, que si lo dijo mientras estaba muerto, entonces me callo, porque tampoco puede uno ir por ahí haciendo caso a todo lo que diga un muerto, por muy hijo de su padre que sea. Si es así, palabrita de niño-jesús que no he dicho nada.
 

Dicho todo lo cual, Ilustre Cardenal de la no menos ilustre Santa Madre Iglesia y perfecto hijo de la misma, celebrando una vez más el paso a la modernidad de la institución en su conjunto, con sus perpetuas lecciones de tolerancia o su encendido amor a la libertad –que el otro día un tocayo de cargo suyo en la catedral de Pamplona equiparaba a la más voluntaria obediencia a la autoridad… eclesial-, etc., no me queda sino desearle a su alma y a usted personalmente que sea lo más feliz que pueda y cuanto antes, es decir, que no deje para mañana su cita postrera con su dios si lo puede hacer hoy. Y es que creo mi primer deber de pre-homosexual advertirle que, como no sea junto a él, en el infierno que dibujó Dante no hay círculos lo bastante cavernícolas como dar cabida a sectarios como usted.

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