El análisis: ¿Es la democracia cristiana la segunda gran perdedora de la crisis?

La crisis económica está provocando en Europa un reflujo de las ideologías de raíz religiosa y, por consiguiente, también de los valores éticos más agresivos. Alemania, Italia y España asisten a un progreso de los programas laicos y liberales, y este ascenso provoca que la democracia cristiana pueda convertirse en la segunda gran perdedora de la crisis.

En realidad, la gran crisis ha afectado en primer lugar a la socialdemocracia, que aún no se había rehecho del desconcierto sembrado por la desaparición del viejo referente, el socialismo real. Deseosa de no ser criminalizada por la ortodoxia financiera, acabó desorientándose en un vago paternalismo que contribuyó a reforzar la crisis en cuanto ésta se hizo presente. Pero es dudoso que la democracia cristiana se haya beneficiado o vaya a beneficiarse con claridad de aquel derrumbe.

Realismo a la fuerza

En Alemania, en concreto, la crisis está constituyendo un baño de realismo. Los grandes principios de la CDU, la Unión Demócrata Cristiana, a la que pertenece la señora Merkel, han perdido fuerza desde 2007.

En efecto, la CDU se autodefine como "partido popular del centro" y defiende sus raíces social-cristianas, liberales y conservadoras. Así, uno de los aspectos centrales del programa es el papel de la familia como núcleo de la sociedad. Sin embargo, Merkel no dudó en pactar con los liberales del FDP para formar gabinete, pese a que su líder, Guido Westerwelle, era un firme defensor de los derechos de la comunidad homosexual. De hecho, el que llegara a ser vicecanciller alemán presentó en público a su pareja durante la celebración de un cumpleaños de Merkel.

Kohl, brillantísimo canciller entre 1982 y 1998, imprimió una impronta laica a la CDU pero Merkel ha ido más allá. Ligada en esta legislatura al FDP, con grandes vacilaciones ideológicas y ahora en situación precaria, la canciller está desnaturalizando la tradición conservadora de su partido.

De hecho, ante el desconcierto de sus correligionarios y el asombro del SPD socialdemócrata, ha tomado algunas decisiones insólitas (desaparición del servicio militar obligatorio, renuncia a la energía nuclear, establecimiento de un salario mínimo…) que facilitaría la formación de la una "gran coalición" si las circunstancias lo exigieran.

La sombra vaticana

En Italia, el partido de la democracia cristiana fundado por De Gasperi en 1942 en clara connivencia con el Vaticano, había estallado hecho añicos en la primera mitad de los noventa, víctima de los escándalos de corrupción. El testigo de la derecha fue tomado hace unos tres lustros por Berlusconi, quien, pese a su escandalosa trayectoria, ha tenido también el respaldo del Vaticano, un actor permanente en la vida pública italiana.

Evidentemente, la llegada del tecnócrata Mario Monti podría reducir definitivamente la influencia vaticana en el país transalpino, colocando a la Santa Sede en una posición marginal. Sin embargo, el vaticanismo no cede. De momento Monti ya ha tenido que rendir pleitesía al clericalismo. Uno de sus primeros gestos tras su designación fue su ostentosa asistencia a la misa del domingo, acompañado por su esposa y en la iglesia de San Ivo, el templo de los senadores. Además, han empezado a sonar nombres de posibles ministros de significación católica, entre ellos el de Stefano Zamagni, colaborador de Benedicto XVI y que podría asumir la cartera de Economía.

En este contexto, L'Osservatore Romano ha dado gran realce a la llegada de Monti y a sus consultas para formar gobierno. E incluso se ha recordado que, anticipando la caída de Berlusconi, las más influyentes asociaciones católicas se reunieron en Todi (Umbria) a mediados de octubre para analizar el futuro papel político de los católicos en cuanto se acometa la reorganización inevitable del centro-derecha. La Santa Sede no aceptará de buen grado su pérdida de influencia, pero todo indica que en Italia se ha abierto definitivamente paso la laicidad política.

La herencia de Zapatero

España, el otro gran país católico y contrarreformista del Sur de Europa, ha presenciado también una disminución de la influencia de la Iglesia. Los últimos estertores del ascendiente vaticanista se produjeron en la legislatura 2004-2008, cuando, retirado Aznar (un poco vehemente católico), el sector más reaccionario de la curia pretendió controlar al entonces débil Mariano Rajoy a través del aparato mediático eclesial.

Rajoy sobrevivió a aquel asedio y, una vez fortalecido en la cúpula del PP y hoy a punto de convertirse en presidente del Gobierno, se ha liberado de aquellos corsés y de la influencia del sector más cristiano de su partido, con Jaime Mayor Oreja al frente. Pese a la ambigüedad que el oficialismo conservador ha mantenido en campaña, es improbable que el PP reforme la vigente ley del aborto o suspenda la figura del matrimonio entre personas del mismo sexo, a menos que el Tribunal Constitucional se pronunciara en contra de dicha denominación. Y eso es difícil de creer con la actual composición del órgano.

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